
El Teatro de la Comedia de Madrid se lanza a la aventura de la innovación dramatúrgica con El castor que lloraba. Propuesta disruptiva con la que Cabosanroque traslada a nuestros días una muy particular relectura de El gran teatro del mundo de Calderón de la Barca.
El castor que lloraba es un espectáculo artesanal y para elegidos. Solo treinta y dos espectadores por función que llegan a la sala tras salvar, ascensor mediante, las cinco plantas del edificio con sede en el número 14 de la madrileña calle Príncipe. Previamente te piden que decidas cual será tu propia aventura, si “cuna” o “sepultura”. Ooops. ¿Cómo?
Así nos quedamos mi acompañante y yo. Elegimos cuna, por instinto de supervivencia. Pero ya quedaba claro el mensaje de la obra, el mismo que el del texto barroco de Calderón, en versión de Lluís Homar, que disfruté semanas atrás en la sala principal de este teatro. Nacemos y morimos, principio y final, tabula rasa que iguala las múltiples circunstancias y diferencias que generan desigualdades y jerarquías entre cuantos formamos la especie humana. Ahora bien, ¿cómo nos exponen esta cuestión Laia Torrents y Roger Aixut, los integrantes de Cabosanroque?
Con cuatro escenarios con visión a lo peep-show y otros tantos asientos, cuales sillas de barra de bar, cada uno de ellos. Estos suman dieciséis, si queréis saber qué hacen mientras tanto los otros tantos, tendréis que acudir. Un pequeño mundo construido junto con Kike Blanco en el que se suceden varias proyecciones audiovisuales con un fuerte corazón conceptual. No hay un recorrido único, según factores -que no voy a explicar para no hacer spoiler- los allí presentes seguimos recorridos aleatorios. ¿El propósito? ¿Alegoría de cómo cada vida es diferente? ¿Recurso para personalizar al máximo la experiencia?
Cuatro visualizaciones que aúnan factura audiovisual y manualidad ingeniosa con toques de dinamismo para sugerir, provocar e incitar… qué ¿Figuración o abstracción? ¿Mensaje narrativo o emoción irracional? ¿Dónde queda el espíritu del auto sacramental del siglo XVII en este despliegue de modernidad tecnológica y posmodernidad intelectual? No tengo respuestas concretas. Tampoco tengo claro que Cabosanroque tuvieran un propósito preciso en este sentido.
Ir más allá de lo establecido requiere saltarse normas y reglas, y ahí es donde sitúo El castor que lloraba. No se trata de si me gustó o no, lo importante es si me provocó algo o no. Y creo que sí. ¿Qué? Vuelvo a lo anterior, no lo sé. Pero queda ese poso, ese qué sé yo que me barrunta horas después mientras escribo esta reseña intentando encontrar los términos correctos para atenerme a lo que vi, percibí, sentí y pensé.
El castor que lloraba es para un público elegido. En primer lugar, para los que tengan la suerte de conseguir entrada para sus dos funciones diarias antes de que se agoten. Y después para los que estén dispuestos a dejarse sorprender y a partir de ahí valorar en qué se han visto inmersos. Como decía Calderón, la vida es sueño y no hay mejor muestra de ella que el teatro.
Crítica realizada por Lucas Ferreira




