
El Umbral de Primavera de Madrid programa durante el mes de noviembre La primavera de los monstruos, de Máximo A. Huerta, donde el café de especialidad, fantasmas del pasado y un futuro incierto se infusionan en frío.
La autoría, dramaturgia, dirección y música original de La primavera de los monstruos es de Máximo A. Huerta: interpretada por Antonio Aguilar, Constanza A. Aránguiz, Lucas Ferraro y Félix Usellini. Diseño de iluminación y escenografía de David Meneses, vestuario de Constanza A. Aránguiz y creación audiovisual de Nessuno Collective.
El Eco de Minerva es un local de café de especialidad de Madrid donde confluyen las existencias de su camarero (Antonio Aguilar), un actor en busca del sentido, sea lo que eso sea; al que llega a consumir una cantante de ópera (Constanza A. Aránguiz) que está perdiendo la voz, y un homeless argentino (Lucas Ferraro) aferrado a la actualidad de la prensa escrita. Amenizando su existencia, un pianista (Félix Usellini), hilo musical del lugar, o eco de eventos del pasado.
La primavera de los monstruos es un proyecto ambicioso cargado de metafísica y psicología, que de tanta carga teórica lo recibo como espeso y críptico, aunque el propio texto se esfuerce en disfrazármelo de algo liviano y accesible; o quizás es que precisamente en ese prólogo teorizador a cargo de un fantasma andrógino, el foco del espectáculo erróneamente me coloca en un lugar al que luego no se llega.
El juego del eco, lo eco y el ego es la superficie de un viaje que me plantea distintos planos existenciales de sus personajes, los cuales confluyen en un lugar liminal como es estos locales que aparecen en las grandes ciudades, como la mala hierba, donde menos se les espera. Los cafês de especialidad son espacios despersonalizados, gentrificadores y liberales, característicos del momento actual y signo de un proceso de cambio social que nos aboca a la estandarización, el consumo rapido y el capitalismo mas feroz. Y los cuatro personajes en su busca de sentido en El Eco de Minerva caen precisamente en el lugar que simboliza su existencia, un café pretencioso que les hará pagar caro sus egos y todo lo que esto ha provocado a otros en su pasado.
¿Es La primavera de los monstruos una obra sobre el karma, donde la espada de Damocles es empuñada por un actor precario que a fuerza de espressos ridículamente caros, elaborados con bayas colonialistas y extractivistas; les practica fast-psicoanálisis y en realidad El Eco de Minerva es un purgatorio hipster para cis-heteros millenials? Pues probablemente no, aunque hubiese estado divertido. ¿Es esta lectura fruto de un proceso de cold brew post-función, en la que mi estado mental actual me mantuvo entre la disociación y el sobresfuerzo mental, durante la representación, haciéndome sentir ignorante porque no me quedaba claro si estaba entendiendo lo que Máximo A. Huerta me quería contar? Ciertamente, sí.
El vodevil que pretende ser La primavera de los monstruos no es tal cuando la ligereza y frivolidad no las capto, y la teorización sobre el eco-ego me transporta precisamente a un terreno pantanoso que solo abordaría desde la ironía y la broma, como el chascarrillo de que en Madrid ya hay hasta homeless argentinos. Las interpretaciones de todo el elenco están precisamente en ese registro que está desarrollado el texto, y únicamente el silencio del pianista, únicamente roto por una píldora de sabiduría a forma de cierre, me transporta a esa primavera, a un resquicio de luz y buen ánimo donde los monstruos dejen de regodearse en su desgracia y comiencen una etapa de sanación y optimismo.
Crítica realizada por Ismael Lomana




