
El Teatro del Soho Caixabank de Málaga acoge el estreno en España de uno de los musicales más importantes del siglo XX: Gypsy. Antonio Banderas dirige a una compañía de más de 50 artistas para dibujar la historia de Mama Rose y sus hijas June y Louise, durante la decadencia del vodevil americano. Personalidades complejas, relaciones tóxicas, ambición personal y sacrificio artístico, en uno de los títulos que forjaron el Broadway que conocemos.
Ligeramente basada en las memorias de la stripper «Gypsy» Rose Lee, el musical Gypsy reune los talentos de tres gigantes teatrales: partitura del todoterreno Jule Styne y libreto y letras de Arthur Laurents y Stephen Sondheim, que acababan de estrenar West Side Story, para contar la historia de dos niñas y su madre, empeñada en convertir al menos a una en una estrella del vodevil. Era 1959 y llegaba el final de los musicales con personajes planos que cantaban canciones desligadas de su psicología porque realmente no la tenían. Algo que reflejaba el momento en que transcurría la obra, entre los años 20 y 30, cuando el viejo vodevil llegó a su fin y muchas de sus viejas glorias acabaron dando con sus huesos en el circuito de burlesque.
Gypsy era también una obra hecha a la medida de la reina del descaro, Ethel Merman, la mayor estrella de Broadway, para quien escribieron los autores y con cuya falta de sutileza tuvieron que lidiar en mayor o menor medida. Mama Rose, la singular protagonista de la pieza, está hecha para ella. A esta han seguido otras grandes actrices como Angela Lansbury, Bernadette Peters o Patti LuPone.
Todos estos elementos hay que tenerlos en cuenta para valorar oportunamente lo que Antonio Banderas ha hecho en el Teatro del Soho Caixabank de Málaga. Para empezar, la temeridad de estrenar en España Gypsy, vaya por delante, todo un hito. Porque pese a tener algunas de las piezas más emblemáticas del musical americano clásico («Everything’s Coming Up Roses», «Some People», ese maravilloso «Rose’s Turn» final…), Gypsy alterna números corales espectaculares («Broadway», «All I Need is the Girl», «You Gotta Get a Gimmick»…) con otros íntimos y de pequeño formato («Small World», «Little Lamb»), sin un protagonista claro y temas repetitivos al tratar de representar la decadencia del mundillo y la falta de brillantez de Mama Rose.
Porque Mama Rose cree que es brillante, pero no lo es. Y cree que puede hacer de sus hijas estrellas a cualquier precio. Y oscila entre lo entrañable y el monstruo, al borde de un abismo que el espectador detecta mucho antes que el resto de los personajes, pero siempre con un carisma personal. Y ahí es donde Antonio Banderas y Marta Ribera, la gran dama del teatro musical español elegida para interpretarla, han decidido hacerlo a su manera. Porque hubiera sido demasiado fácil tirar de la parodia y hacer al gran ogro de guiñol, ese arquetipo de la madre de la artista. Pero dibujar esa falta de brillantez y esa relación tóxica con sus hijas desde el talento de Ribera es complejo. Como lo es para Lydia Fairén y Laia Prats restringirse en sus primeras actuaciones y reservar para el momento adecuado sus espectaculares voces, desarrollando paso a paso unos personajes maravillosos. Nadie se atreve ya a hacer una Sally Bowles de Cabaret mediocre, como era realmente el personaje original, porque después de Liza Minelli nadie entiende ya el personaje así.
El Gypsy de Antonio Banderas evoluciona desde lo interpretativo, desde la actriz antes que desde la cantante, desde la necesidad antes que del lucimiento, reivindica el teatro de teatro musical sin menospreciar la segunda fase, pero rehuyendo estereotipos, poniendo en valor ambos. Y para ello construye cada escena teniendo en cuenta su lugar dentro del arco de decadencia, de desarrollo de los personajes y de matices interiores antes que entregarse al gran espectáculo por el espectáculo…
Y dándolo absolutamente todo en cada una de las grandes secuencias de grupo, con un elenco impecable, un magnífico Aarón Cobos como Tulsa (gran número de danza), un reivindicable Carlos Seguí como Herbie y unas extraordinarias e hilarantes Carme Conesa, Marta Valverde y Lorena Calero como las tres strippers que enseñan a Gypsy a tener «su toque» personal. Por mencionar a los que tienen momentos personales más destacados, pero es que todo, todo el mundo en esta función está de lujo, en el escenario y en la orquesta Larios Pop del Soho que dirige cada día el maestro Arturo Díez Boscovich. Como maravillosas son las proyecciones de Juan Gómez-Cornejo y Carlos Torrijos con las pinturas de José Luis Puche y la escenografía de Alejandro Andújar, con esas telas escénicas con transparencias y texturas que recuerdan a las que llevan las protagonistas en sus diferentes etapas, y ese vestuario riquísimo de Antonio Belart y Rafa Garrigós.
Banderas se ha arriesgado. Podría haber hecho un «Fantasma de la Ópera» comercial, pintar con brocha gorda y permitirse una Rose más brillante desde el principio, más mala a la que quieres querer. Pero él y Marta Ribera han optado por un desarrollo pausado del personaje, de la madre arrolladora que lo hace todo por sus hijas a la tóxica que pierde los papeles a la que tiene el ataque de nervios en el que fantasea con su propio éxito. Han atendido al texto, a lo que dice sobre Mama Rose más allá de la imagen que Merman y sus sucesoras plantearon del papel emblemático, y lo han construido desde cero.
Y es que Antonio Banderas hasta se ha permitido integrar, para el espectador atento, pequeños guiños escondidos a otros musicales clásicos, desde Oh, Kay! a This Is The Army o Stage Door Canteen. Este Gypsy es un Gypsy de autor. Conducido por mujeres y liderado por sus personalidades y voluntades. Un Gypsy de equipo. De riesgo. Porque las rosas tienen espinas, y vale la pena pincharse un poco para disfrutar de toda su belleza.
Crítica realizada por Marcos Muñoz




