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26.01.2024 Teatro  
Las cicatrices del odio

Precedida por conatos de censura y protestas, Altsasu de María Goiricelaya, producida por La Dramática Errante, llegó finalmente al Teatro de la Abadía de Madrid para ofrecernos una visión poliédrica del mediático “caso Alsasua”. La propuesta planteada como un teatro documento, entre la ficción y el documental, tiene como objetivo restañar heridas interpelando al espectador sin enjuiciar.

En la madrugada del 15 de octubre de 2016 varios jóvenes agreden a dos agentes de la Guardia Civil fuera de servicio y a sus parejas a las puertas del bar Koxka en el pueblo navarro de Altsasu. Ni los agentes ni sus novias sufren lesiones físicas de gravedad salvo un tobillo roto, sin embargo, la violencia ejercida atrae inmediatamente la atención de los medios y el incidente se convierte en un asunto de estado que concluye con el procesamiento de ocho jóvenes abertzales por delitos de terrorismo ante la Audiencia Nacional.

María Goiricelaya, autora y directora de Altsasu, para reflejar el relato de todas las partes implicadas propone un texto híbrido en el que combina transcripciones del juicio seguido ante la Audiencia Nacional con fragmentos de ficción. Lo interesante de su propuesta es que hay un esfuerzo de contextualización. No podemos adentrarnos en el problema vasco sin entender algo de su idiosincrasia propia. Para ello Goiricelaya presenta a modo de prólogo un retrato de los Momotxorros o el carnaval ancestral de Altsasua. Una pincelada breve que nos permite adentrarnos en una cultura y un entorno diferente y rico en tradiciones.

A partir de aquí se sucede un relato vibrante y ágil que nos adentra en la agresión que sufrieron los agentes esa noche de octubre y lo que siguió a continuación. Lo que podría considerarse jurídicamente hechos probados, se respeta en su representación. No se maquilla quién comienza la agresión, ni por qué lo hace. Tampoco se matiza el clima hostil contra las fuerzas armadas ni la presión angustiosa que sus familias sufren. Pero el otro lado se retrata con la misma fidelidad. Florece la persecución ideológica, la identificación social del nacionalismo abertzale con el terrorismo o el sufrimiento adicional impuesto a las familias de los condenados. Goiricelaya da voz a todas las partes y todas se expresan con libertad. Para subrayar esta posición toma una sobresaliente decisión creativa, que tiene un peso determinante en su voluntad de ofrecer un relato ecuánime. Sólo cuatro actores (excelentes Nagore González, Egoitz Sánchez, Aitor Borobia y Ane Pikaza) representan a todos los personajes.

Un mínimo cambio en el vestuario diseñado por Betitxe Saitua, transforma a los agresores en víctimas y a éstos a su vez en jueces. Ésta es una decisión dramática de enorme interés que interpela al espectador y con la que pretende abatir prejuicios identitarios. El relato no se plantea con un “los unos” y un “los otros”. No hay identificación de posiciones. Todos podemos ser todos y finalmente todos debemos tratar de entender las diferencias.

La versatilidad de ese lenguaje se refleja en el escenario, que se presenta desnudo y en el que seis simples taburetes permiten domar un espacio extraordinariamente bien iluminado por David Alkorta.

No soy capaz de valorar si el planteamiento dramático es puramente objetivo, pero sí es equilibrado y lo suficientemente imparcial y libre de prejuicios como para permitir al espectador tomar el partido que considere adecuado. Altsasua persigue hacer preguntas y señalar las discrepancias en los relatos de cada parte, pero no enjuicia, no valora y no concluye con ningún discurso. Emocionan y duelen las heridas de cada lado y la constancia de que tras la fractura social habita el odio. La huella de una cicatriz que tiene dos orillas.

El día del estreno en Madrid algunos manifestantes a la puerta del Teatro de la Abadía pretendían impedir la función. Ante la prensa y entre gritos, manifestaban que no verían la obra. Reconozco que esa negativa rotunda a presenciar lo que se pretende cancelar me sorprendió. ¿Cómo podemos enjuiciar aquello que nos negamos a conocer? Paradójicamente eso es lo que este montaje pone de relieve y esa es su indudable finalidad como sobresaliente pieza artística.

Altsasu se cierra como empieza. Regresamos al carnaval, al ancestro, a esa identidad propia que unos pretenden neutralizar y otros reivindican. Regresamos al origen de la propia obra y del conflicto, y asistimos sobrecogidos a la llamada desgarrada de los cuatro actores antes del fundido negro: “Ama”, gritan. Gritan madre, origen, tierra.

Abandonamos la sala acompañados por la música de Cecilia todavía conmocionados por la realidad de una fractura que debería dolernos a todos y agitados por el ritmo vibrante de este montaje. La letra de la canción resuena “esta España mía, esta España nuestra” y mientras me alejo del teatro se me clava un posesivo en la reflexión: nuestra, la nuestra, la de todos.

Crítica realizada por Diana Rivera Miguel

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