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29.11.2023 Críticas  
Una reposición de altura

El Gran Teatre del Liceu de Barcelona celebra el 25 aniversario de su reapertura con la reposición del Turandot de Giacomo Puccini que dirigió Núria Espert en 1999. En esta aclamada producción orientalista y colosal- ahora revisada en colaboración con su nieta Bárbara Lluch -profundiza en el misterio de una protagonista fría y cruel que se humaniza gracias al amor.

El escenario del Gran Teatre del Liceu vuelve a vestirse, 24 años más tarde, de una China antigua y exótica con la llegada de Turandot de Puccini. El Teatre recupera la producción que inauguró la temporada 1999-2000 del actual Liceu y que volvió a abrir sus puertas tras el catastrófico incendio del 31 de enero de 1994. Firmada por Núria Espert, la ópera se sitúa en la ciudad imperial de Pekín, donde la princesa Turandot protege su virginidad bajo un juramento: sólo podrá casarse con aquel hombre de sangre real que resuelva tres enigmas que ella misma dictará. Quien fracase morirá. Una historia fantástica, sangrienta y mágica ambientada en la antigua China que Puccini dejó sin completar en 1924, pero que ha pasado a la historia como una de las mejores óperas del repertorio universal.

En esta ocasión, Alondra de la Parra y Diego García Rodríguez dirigen una colosal partitura que toma vida con el Coro y Orquesta del Gran Teatre del Liceu, el Coro Infantil del Orfeó Català y un gran elenco que cuenta con nombres destacados como los Elena Pankratova y Ekaterina Semenchuk (en el rol de Turandot), Michael Fabiano y Martin Muehle (encarnando a Calaf), Vannina Santoni, Maria Agresta, Marta Mathéu y Adriana González (como Liù), Siegfried Jerusalem y Raúl Giménez (como El Emperador Altoum), Marko Mimica y Adam Palka (como Timur), Manel Esteve, Moisés Marín y Antoni Lliteres (como Ping, Pang y Pong; respectivamente) y David Lagares (como Mandarín).

Turandot es una obra sobradamente conocida, y de tantas veces que se ha representado podemos pensar que todo se ha dicho, que todo se ha hecho. Pero cada vez que una nueva producción de Turandot sube a escena, nos damos cuenta de nuevos matices y sensaciones que Puccini consigue que recorran nuestro cuerpo hasta llegar a un ansiado final de éxtasis. La historia comienza como un puro cuento ensoñador que, cuadro a cuadro, va creando un bagaje de emociones que fluctúa en nuestro interior para acabar explosionando en el fantástico final que la directora mexicana Alondra de la Parra consigue llevar a cabo. Cuidando nota a nota, la orquesta del Liceu capitaneada por de la Parra nos lleva a un éxtasis emotivo que nos deja bien servidos.

Junto al gran trabajo de la orquesta, la noche del estreno, en los roles principales pudimos disfrutar de una gran diosa Turandot interpretada por Elena Pankratova. La soprano dramática se metió el público en el bolsillo desde el primer momento que apareció en escena. Su pose de diosa fuerte, dominante y con un punto de arrogancia hizo las delicias del público en lo que a interpretación de personaje se refiere. Pero fue cuando empezó a interpretar la partitura de Puccini, cuando todo el público se rindió a sus pies por una sobrante perfección vocal. Fue quien más aplausos y ovaciones se llevó en la noche del estreno.

Por su parte, Michael Fabiano fue el encargado de interpretar al Príncipe desconocido Calaf. El tenor supo defender un personaje juguetón y astuto haciéndolo cercano y creíble. Efectivamente, Calaf es un príncipe pero no lo sentimos así. Su perfección y color vocales es ideal para este personaje y así lo hizo sentir en escena. Lástima que la presión le pudo en el Nessun Dorma, el cual no acabó de despegar finalmente, dejando al público frío en sus aplausos. Fabiano inicio el aria con ímpetu y seguridad pero, mientras iba avanzando, parece que la seguridad quedó relegada a un segundo plano para acabar atacando la nota final de la forma más segura posible. Eso hizo que el crescendo que había conseguido desde el inicio del aria desapareciera. Aun así, Fabiano defendió un más que solvente Calaf.

Junto a ello, la soprano Vannina Santoni defendió una inocente y amorosa Liù que arranco grandes aplausos por su perfección vocal. Manel Esteve, Moisés Marín y Antoni Lliteres fueron una de las delicias de la noche con sus interpretaciones de Ping, Pang y Pong. Su canción, perfecta para jugar el rol cómico, convenció al respetable que les agradecieron el gran trabajo en escena en los aplausos finales. Por último, me gustaría destacar el trabajo del bajo Marko Mimica como Timur, padre de Liù, quien nos dio una interpretación corporal realista de Timur y, cuya capacidad vocal nos sorprendió por su seguridad.

Por su parte, el Coro del Gran Teatre del Liceu dirigido por Pablo Assante, volvió a poner el foco sobre sí mismo ofreciéndonos unas interpretaciones espléndidas que, a día de hoy, siguen dándome cálidos escalofríos. Junto a ellos, alabar el gran trabajo del Coro Infantil del Orfeó Català, dirigido por Glòria Coma. Un lujo disfrutar de ambos en escena.

Pero si debo dar crédito a alguien en esta ópera es a los equipos técnicos. Empezando por la fastuosa y bella escenografía del ya fallecido Ezio Frigerio, pasando por la colorista iluminación de Vinicio Cheli y el llamativo y vistoso vestuario de Franca Squarciapino, todos y cada uno de ellos, trabajaron para que el público consiguiera sentir aquella sensación que, posiblemente se sintió en 1999.

El día del estreno de esta Turandot, la responsabilidad de estar a la altura de un hito operístico de la ciudad condal se notaba en el ambiente. Todos querían estar presentes y, así pudimos notarlo cuando, una hora antes del inicio de la función, al intentar acceder al recinto, la cola que se iniciaba en la puerta del Liceu, subía por la Rambla y giraba en la Calle Hospital hasta llegar a la Plaça de Sant Agustí. La expectativa y la emoción se trasmitía entre el público presente que, sorprendido, se encontraba con esta estampa. Pasadas tres horas, en los aplausos finales, pudimos ver que el trabajo había dado sus frutos tras haber vivido un estreno espectacular.

Crítica realizada por Norman Marsà

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