
Los dioses griegos, estéticamente actualizados pero eternamente inamovibles: eso es lo que nos presenta, en el Teatre Lliure de Barcelona, la obra L’última f**king nit (o la festa de Zeus i Hera) de Marc Artigau, una tira y afloja entre lo divino y lo humano que deja claro lo mucho de cada uno que hay en el otro y lo moderna que puede ser, en realidad, la mitología.
Llegamos al Lliure y entramos por un lateral directamente a una rave bañada en luz magenta y ritmos electrónicos. Justo más allá de la puerta ya hay un personaje con un chándal, bailando solo y claramente perjudicado por el alcohol. No puede ser otro que Dioniso, que nos da la bienvenida a la fiesta, a la boda, a la bacanal. Los dioses ya están bailando, y nos invitan a bailar con ellos. Los dioses seguirán bailando cuando todos los espectadores nos hayamos ido. La fiesta lleva 300 años en marcha y seguirá sin nosotros.
Comienza la obra y se nos invita a dejar los teléfonos encendidos, a hacer fotos, tiktoks, a grabar, a enviar, a interrumpir. Los dioses hacen lo que les da la gana. Los humanos que interpretan a los dioses, no tanto, pero aspiran a ello. ¿Quizás los dioses quieran en el fondo ser más limitados, como los mortales a los que tanto desprecian? Es su mundo, son sus reglas, somos nosotros. Y cuando todo empieza, por supuesto, porque no podía ser de otra forma en este encuentro de lenguajes, hay un «previously on» que repasa momentos clave previos del culebrón mitológico como si de una serie de HBO se tratara.
El Olimpo es kitsch, los dioses un tanto limitados y sus encuentros, un baño de hormonas adolescentes. Producen tanta fascinación y rechazo como un choque de trenes, manipuladores impenitentes con miedos y anhelos de talla épica. ¿O es que nuestra visión de ellos no puede sino cargar con todos nuestros defectos?
Todo el elenco tiene oportunidades para lucirse en esplendor y decadencia, henchidos de poder y de vulnerabilidad. Tan divinos, tan humanos… Moha Amazian como Dioniso y Guim Oliver como un insólito Zeus se llevan la palma quizás entre los actores, mientras que entre las actrices sobresale la Hera de Júlia Molins (a la que le toca defender el personaje más complicado), y Marcel Quesada construye una Afrodita bailarina, fuerte y sensual. Pero la obra tiene secretos que hacen que todos jueguen un doble papel, y en esa tesitura Clara Solé (Ares) y Natàlia Mas (Hades) resurgen reforzadas, dando más juego que las actrices aprovechan muy bien.
Lo que Marc Artigau y la jovencísima compañía han creado es puro teatro y es experimento; va más allá de la experiencia teatral para convertirse en liturgia lisérgica, en obra y gracia divina, una innovación de hace 2600 años (4000 si nos fuéramos a los ritos teatrales egipcios) que empezó, ¿qué casualidad?, con los misterios dionisíacos. Actualiza, matiza y preserva, traduce y tiene en cuenta la sensibilidad de hoy para volver a contar las poderosas historias del ayer. Las coreografías de Núria Guiu son en ese sentido tan importantes para la trama como la iluminación de Ivan Cascón: refrescan y a la vez congelan, revitalizan al mismo tiempo que perpetuan.
El pasado está atrás, pero L’última f**king nit reclama que los mitos griegos no son algo caduco, que están de hecho vinculados a nuestra herencia mediterránea, a nuestra esencia como culturas, como personas, y por lo tanto solo son cosa del pasado si les permitimos anclarse ahí. Porque lo que piden esos mitos es ser eternos. Eternamente humanos.
Crítica realizada por Marcos Muñoz




