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11.10.2023 Críticas  
La España enloquecida

La adaptación teatral de la novela La madre de Frankenstein de Almudena Grandes que dirige Carme Portaceli en el Teatro María Guerrero de Madrid merece el título de montaje de la temporada. Es una función de tres horas y cuarenta minutos que atrapa nuestra atención y nos sobrecoge con un ritmo narrativo certero y una interpretación magistral.

Hay trabajos que impresionan por su dramaturgia, por su dirección o por el elenco. Y hay montajes, como éste, que perturban en lo más hondo con una dimensión teatral inabarcable. Todo es inmenso, como su duración, y todo parece inspirado para provocar en la platea estremecimiento y admiración.

Para empezar es notable el propósito de adaptar las 400 páginas de la novela de Almudena Grandes y tener la capacidad para sintetizar la trama, elegir personajes y discursos, y ponerlo al servicio de una dramaturgia narrativa ágil, inteligible, minuciosa; y, lo más sorprendente, en la que seguimos reconociendo la voz de Almudena Grandes. Anna Maria Ricart Codina asume esta titánica tarea y nos ofrece un texto de gran belleza que Carme Portaceli (la tercera mujer de este coloso) orquesta en un montaje sobrio y con interpretaciones soberbias, todo a disposición del verdadero protagonista: la propia historia.

Por un lado la semblanza de un personaje real, Aurora Rodríguez Carballeira, mujer inteligente que defendía teorías eugenésicas sobre las que construyó su propio paranoico proyecto vital representado en su propia hija, joven superdotada a la que acabó asesinando cuando consideró el proyecto fracasado. Por otro, el retrato social de una España sombría, dividida entre vencedores y humillados, que observamos a través de los ojos de un joven psiquiatra, Germán Velázquez, recién llegado de su exilio en Suiza al manicomio para mujeres de Ciempozuelos. Y, por último, de la mirada voluntariamente inocente de María Castejón, una enfermera dispuesta a preservar algo de dulzura entre el horror.

Este triángulo encuentra su voz en tres intérpretes que mantienen el hilo narrativo (y nuestro aliento en el proceso) con un desempeño brillante. Blanca Portillo, en la piel de Aurora, ya en su primer minuto en escena nos ofrece un ejercicio de transición que roza la irrealidad. Despliega un virtuosismo casi expresionista que la transforma físicamente. Su construcción del personaje es, por otro lado, minuciosa e inteligente, extrayendo cada matiz de la compleja personalidad de Aurora para concluir en una interpretación sin fisuras. Pablo Derqui soporta el peso narrativo y se mantiene prácticamente en el escenario durante las casi cuatro horas. A diferencia de Portillo, y guiado también por el carácter del personaje, ofrece una interpretación más naturalista, de tono y ritmo soberbios, que adquiere envergadura a medida que su personaje se da más de bruces con una sociedad mojigata, hipócrita y cruel. Su presencia es magnética y su capacidad para modular voz y dicción exquisita. Y, finalmente, Macarena Sanz, interpretando a la joven María Castejón, absorbe toda la ternura de la historia. Ella consigue dar a su personaje un velo de inocencia y brilla con una verdad propia entre los colosos Derqui y Portillo.

No obstante La madre de Frankenstein es una obra también coral en la que todos los secundarios, capitales para mantener la trama, son representados con versatilidad y esmero en los matices por Ferran Carvajal, Jordi Collet, David Fernández “Fabu”, Gabriela Flores, Belén Ponce de León, y José Troncoso.

El elemento final de este montaje lo ponen Paco Azorín y Alessandro Arcangeli en la escenografía, y David Picazo (AAI) en la iluminación, con un diseño diáfano de pocos recursos circundado por una cortina de cadenas que permite vislumbrar sombras y da profundidad al espacio aportando la frialdad y la funcionalidad aséptica que imaginamos de un manicomio.

La madre de Frankenstein es un puñetazo directo a nuestra conciencia y a nuestra memoria histórica. Un relato sombrío pero esperanzado de una época lúgubre que, sin embargo, fulgura con la interpretación mastodóntica de Pablo Derqui y Blanca Portillo. Pese a quien le pueda pesar, sólo puedo terminar diciendo que es un montaje que hay que aplaudir en pie y con el corazón encogido.

Crítica realizada por Diana Rivera

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