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29.09.2023 Críticas  
Crims y la Marieta de l’Ull Viu

Jordi Vidal llega al Teatre Tantarantana de Barcelona con Estimadíssims malvats para hablarnos de sus antepasados, de los crímenes en los que se vieron envueltos, y de las canciones que se escribían sobre esos crímenes. Teatro en el sentido más tradicional, musical de raíz folclórica con sonido moderno, y una denuncia sobre las malas costumbres de la sociedad de antaño… que nos salpica.

Tras un comienzo que consigue atrapar la atención del público (más sobre esto luego), Jordi Vidal, con el apoyo musical, sonoro y, puntualmente, interpretativo de Laia Vallès, nos traslada a una época pasada, de viajantes, hostales y salteadores de caminos, en que la música popular era literalmente la que hacía el pueblo, las cancioncillas que servían para transmitir tanto tradiciones como crímenes y otras noticias. Se fija en como el paso del tiempo hace que el dolor de una familia por el daño recibido de paso a otras actitudes en generaciones que ya no han vivido ese dolor de primera mano, a veces diametralmente opuestas, pero sobre todo se fija en como las canciones populares no eran blancas, sino que tomaban partido, a veces, incluso, por los criminales.

En ese sentido, los recursos visuales y sonoros que maneja Estimadíssims malvats (con un libreto, que escribe y dirige Víctor Borràs Gasch) son efectivos, estableciendo una metáfora fluida a partir del bosque de cuerdas que rodea al protagonista (vínculos y lastres familiares, cadenas de mensajes transmitidos) pero con un lado práctico relativos a los múltiples usos de las cuerdas. En ese sentido, como en la aparición del maquillaje y la gorguera, no podemos tampoco olvidar el aún en cartel Història d’un senglar (o alguna cosa de Ricard), que utiliza también los mismos recursos en una trama sobre contar historias y el papel de los malvados y de las mujeres en ellas. Quizás sea pura casualidad (estas coincidencias pasan), pero la escenografía de Llorenç Corbella aquí parece deberle bastante a la de Laura Clos.

La versatilidad, energía y potencia de Jordi Vidal, con unas canciones de corte tradicional que se vuelven más viva que nunca en los teclados de Laia Vallès, es contagiosa. Invita al aplauso cerrado aunque esté cantando y bailando sobre desastres y mezquindades, que es exactamente lo que pretende la pieza, y no se me ocurre una mejor elección para conseguirlo.

Estimadíssims malvats presenta y luego denuncia las actitudes sociales de distanciamiento del drama, con mucho de chafardería y poco de preocupación social. La culpa no siempre se hereda, a veces se salta generaciones… Es la misma clase de denuncia que los cupletistas Faust Casals y Cándida Pérez ponía en 1920 en boca de la «Marieta de l’Ull Viu» para criticar la cancioncilla de «Baixant de la Font del Gat», por tanto no solo el acto sino la queja vienen de antiguo. ¿Da igual insultar a la víctima en aras del aplauso? ¿Blanquean el morbo programas, libros, fenómenos como «Crims», desapegados al momento?

El final de la obra cumple, por tanto, con el objetivo y va en esta dirección en la que ha ido avanzando. Sin embargo, el final y el principio tienen algo de antitético: no encajan. La lenta, parsimoniosa, cuidada apertura de la obra, que centra la atención en un YO (real o escénico), no encaja con la denuncia generosa y reivindicativa del cierre. ¿Falta de cohesión o una nueva y consciente ocasión para preguntarse «¿vale todo por el espectáculo?»?

Crítica realizada por Marcos Muñoz

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