
Tras su paso por la sala Exlímite, llega al Teatro Infanta Isabel de Madrid El cuento del tomate frito, de Marta Guerras, con dirección de ella misma y Egoitz Sánchez, donde el poder de la narración oral sanará las heridas y servirá para tejer el tapete de comedor de esta familia compuesta por Cristina Bernal, Mónica Miranda y Alejandro Pau.
Inma (Mónica Miranda) es la protagonista del cuento de la niña que lo hacia todo bien. Alejandro (Alejandro Pau), es su hermano, el del cuento del niño que lo hacía todo mal. Encarna (Cristina Bernal) es la madre de los dos y protagoniza el cuento que no ha contado a nadie nunca. Tutoriales de cocina, afro-gym, Youtube, merengues y cursos de eyaculación masculina forman parte de la constelación familiar que les señala el camino a una vida sin secretos y aceptación personal de los tres personajes.
Marta Guerra firma un texto naif y ligero, que engancha a la audiencia por la sencillez y el humor que llena toda la pieza. El cuento del tomate frito es un montaje armado sobre toda una serie de resortes cómicos dependientes de un público agradecido, hecho bastante arriesgado porque en mi función no todas las chanzas cayeron con la misma gracia. Lo que sin duda funciona es el transformismo de Alejandro Pau en el hilarante taller de eyaculación femenina que desbloquea el secreto de Encarna: todas sus intervenciones como mujer practicando una sororidad extrema y siendo hipersensible y empática son lo mejor de El cuento del tomate frito.
El diseño de iluminación de Pilar Valdelvira y el espacio sonoro de Mariano Estudillo están deslucidos por el espacio y la adaptación a la sala, pero al menos el montaje ha logrado dar el salto del off al teatro comercial, y eso es algo que siempre es de celebrar ya que la vocación de taquillazo es clara, y la labor de dirección de Egoitz Sánchez está calibradísima y saca todo el partido que tiene su elenco en su faceta cómica.
Crítica realizada por Ismael Lomana




