
De la frivolización del meme a la descripción precisa de los asesinatos de Atocha. De Vitoria al 23-F. De Carrero Blanco a Suárez… y a Marisol. Democrazy: La Transición, Borbón y cuenta nueva nos presenta en el Teatre Eòlia de Barcelona el paso del Franquismo a la Democracia desde una multitud de ángulos.
Democrazy es un espectáculo de la joven Compañía La Saura, integrada por estudiantes de la escuela de teatro Eòlia. Actrices, por lo tanto, de 20-21 años al inicio de su carrera. La elección de un tema en apariencia tan lejano a ellas como la Transición española puede sorprender, pero ese es precisamente el punto de partida: la desconexión histórica con algo tan importante, ligado al discurso de cada familia y al consenso social de una era «modélica y pacífica». A partir de ahí, la investigación y el trabajo de múltiples escenas sobre aspectos políticos, reivindicativos, criminales y sociales de la España de finales de los 70, componen una visión poliédrica, personal y crítica, que firman Mario Rebugent y Mònica Balsells en la dramaturgia (él también director, ella también actriz), pero que encarnan las seis intérpretes entrando y saliendo de la piel de una treintena de personajes… con el punto de vista del «hoy» nunca demasiado lejos.
El espectáculo experimenta con formatos y técnicas, aunque no todas las ideas acaban redundando en beneficio de la obra: momentos de caos que podrían estar más dirigidos, la elección de un escenario transversal, con el público metafóricamente a izquierda y derecha, pero que dificulta seguir la obra cuando las actrices interpretan desde las escaleras, uo na interacción con los espectadores que depende muchísimo de cada público. Son todo elementos que sin duda se irán limando a medida que Democrazy sume funciones.
En la parte positiva hay mucho que destacar: quizás por el trabajo más continuado en las escenas dramáticas, sobresalen Berta Peña (Suárez, Carmen Polo), Carla Griñó (su jefa de prensa, Carmen Díez de Rivera) y Sara Font, brillante como narradora de la masacre de Atocha. A Lídia Robla sales recordándola por su Marisol y su Franco, y a Mònica Balsells por una variedad de parodias políticas, sobre todo el rey Juan Carlos. Laura Lara (Fraga) es tal vez la que tiene menos momentos individuales memorables.
Pero más allá de los papeles esporádicos que asumen, las seis actrices tienen otra labor: su función como grupo. Apoyadas por proyecciones de la época (de Irene Queralt) y coreografiadas por Peña, Font y Sol Carner, esas acciones grupales toman la forma de canciones protesta, bailes, manifestaciones o desastres como el de Atocha, y engranan con el papel del pueblo en la Transición, más allá de las individualides y los protagonismos. Y como grupo, como conjunto, cuando actuan como compañía, La Saura funciona muy bien, lo que resulta muy prometedor.
No se puede entender algo tan complejo como la Transición con un relato ficticio de paso modélico y pacífico de la dictadura a la democracia, como no se puede entender a ritmo de TikTok. La Generación Z quiere saber más y mejor, y no tiene reparos a la hora de hablar de conquista de libertades, expolios, maltrato policial y manipulación política. Quizá es precisamente lo que hacía falta para acabar con El Relato: una generación que esté lo suficientemente distanciada de aquel momento para no dar nada por sentado y hacerse las preguntas correctas.
Crítica realizada por Marcos Muñoz




