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25.03.2022 Críticas  
Al final todx es lo mismo cuando te desnudas

El Teatre Goya de Barcelona presenta, en 10 exclusivas funciones, la obra Johnny Chico. Un duro texto escrito por Stephen House, dirigido por Eduard Costa, y interpretado magistralmente por Victor Palmero que nos plantea el conflicto de la identidad sexual.

Johnny Chico cuenta la historia de un joven que no se ajusta en la realidad en la que vive, que está en conflicto con sus verdaderos sentimientos y su apariencia, pero que, aún y así, trata de sobrevivir al mundo que le rodea a pesar de no encajar en el mismo y busca lo que, en el fondo, buscamos todos: ser amado y aceptado. Su historia es la de un chico más del mundo y en ella no hay concesiones pero tampoco perdón.

Cada dos días una persona homosexual es asesinada en el mundo debido a actos vinculados a la homofobia. Con elevada frecuencia, agresiones y asesinatos contra homosexuales son perpetrados por grupos de individuos, o por individuos con problemas de identidad sexual ellos mismos. Sin ir más lejos, y para poner a los lectores en contexto, el pasado 22 de marzo de 2022 (hace escasamente dos días), las noticias informaban de la última agresión en nuestro país cuando un grupo de personas apalizaron hasta la muerte a un chico por su condición sexual. Los agresores se hicieron pasar por su cita de la app Grindr para poder cazar a su víctima. Una prueba que nos deja claro que este mundo sigue igual de podrido internamente.

Stephen House nos presenta este desgarrador texto donde un chico de ciudad trata de encontrarse. Johnny trata de identificar lo que es. Lo que siente. Para ello, trata de comparar sus vivencias personales con lo que conoce, con lo que supuestamente es normal. Él es un tipo duro, lo vemos solo aparecer en escena y nos lo deja bien claro en varias ocasiones. Así se siente. Pero esa dureza, esa coraza, sirve para esconde temor. Su corta vida no ha sido precisamente sencilla: su padre es adicto al alcohol y propina palizas continuas a su madre (en ocasiones, él también recibe palos); sus amistades son intolerantes y solo quieren que él les siga como perro faldero y, a ser posible, sin ladrar; y la sociedad rancia de la época (época en la que seguimos viviendo) no le da pie a conocerse, a pensar, a decidir por sí mismo… Con tal bagaje y cacao mental es normal que Johnny se vea obligado a volar (y no hablo solo de drogarse) para intentar comprender lo que siente.

Johnny Chico es, sin duda, una víctima más de este tipo de comportamientos que cada día escuchamos en las noticias a la hora de la cena. Un maricón más que hay que silenciar a base de golpes. Simplemente por ser diferente. Una persona que vive angustiada y sola porque se encuentra sin referentes cercanos a los que compararse. Sin rumbo y, sobretodo, a golpes, Johnny irá descubriendo quién es. Aunque ello le pueda o no gustar, la aceptación es el camino más importante que tendrá que recorrer en un mundo que no se lo pondrá fácil.

Victor Palmero es el encargado de poner su cuerpo y voz al servicio de Johnny (y de los demás personajes que conversan con él). Como un tornado que no pierde fuerza, se enfrenta a un personaje lleno de complicaciones. Complicado en reacciones que van de lo visceral al derrotismo absoluto, del miedo a la excitación, de la desidia a la comprensión… Pero, a su vez, complicado en llevarlo sobre las tablas donde encontramos un ritmo escénico cambiante como la mente del personaje. Un monólogo que lo deja exhausto mientras a nosotros nos apuñala el corazón. Un texto que lo desnuda por completo ante un público que no puede apartar su mirada de la mirada de Johnny. Victor Palmero consigue abrir en canal el alma de Johnny ante un público que sufre con sus decisiones. Victor nos ofrece una actuación camaleónica bajo la perfecta dirección de Eduard Costa.

En la parte técnica, alabar la escueta escenografía de Luis Crespo y el sencillo vestuario ideado por @Perucha63 quienes nos introducen en la desordenada y caótica mente del personaje. La iluminación, creada por Mundi Gómez, es fantástica en algunas escenas como las de la casa de Gato pero, en ocasiones, la penumbra que se crea es tan extrema que me lleva a pensar si alguna cosa está fallando en escena o simplemente entramos en la parte oscura de la mente del personaje.

Johnny Chico es una oda a la destrucción de los géneros sexuales pre-diseñados (quieren que seas él o ella, hombre o mujer) en una sociedad que se las da de progresista pero que sigue siendo arcaica en términos de mentalidad. Una sociedad que no entiende que hay mujeres que tienen pene y hombres que tienen vagina. Una lucha desde el teatro contra la LGTBIQ+ fobia, porque «no importa en absoluto quién eres o lo que llevas puesto, lo que quiere que seas, él o ella, hombre o mujer. Al final todx es lo mismo cuando te desnudas».

Crítica realizada por Norman Marsà

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