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01.03.2022 Teatro  
El amor mágico

La compañía de teatral Et Labora irrumpe sobre las tablas de la acogedora Sala Tarambana de Madrid con La danza que sueña la tortuga. Una fábula surrealista adaptada y dirigida por Marta Aparicio que nos invita a ser partícipes de un mundo onírico donde los amores mágicos toman el protagonismo.

Cuando el público pone un pie en la Sala Tarambana debe estar dispuesto a soltar todas las expectativas para abrazar lo que viene y que la experiencia sea plena. Chema Gómez de Lora, el autor, contribuye con su texto a la eliminación de barreras personales y a la utilización de este espacio para poder ser libre explorando nuevos mundos que impliquen dejar de lado el rol de espectador pasivo. Un bosque imaginario del Camino de Santiago en el que se entrelaza lo cotidiano con lo fantástico para mostrarnos el reto de amar cuando al Hada del Caurel une a los caminantes. Por otro lado, Marta Aparicio dirige esta obra y asume una responsabilidad artística, sin ningún tipo de complejo, que conlleva comprender hasta límites insospechados la propuesta dramatúrgica del autor. La manera de decirlo y el lenguaje escénico utilizado nos demuestra que la joven directora madrileña es valiente hasta el final y logra que todos los elementos que forman parte del espectáculo obedezcan a una línea general de creación.

A partir de ahí, comienza su historia y también la nuestra, porque el público deja de ser un mero espectador para disfrutar de una especial soledad en compañía que solamente se consigue abandonando el pensamiento racional, esa es la clave para no caer en la trampa de buscar explicaciones sobre lo que estamos presenciando y poder dedicarnos a sentir las emociones que afloran en nosotros y nosotras. Gran parte del mérito de que esto ocurra radica en la química teatral que destila el elenco porque todos sus componentes conectan en escena desde el primer momento. Xosé Núñez, Sergio Hogosha, Lucía Serrano, Celia Ruiz, José María Ortega, Charo Santolaya, Consuelo Favieres, Clara Rivillo e Ignación Martín demuestran una interesante exhibición de versatilidad interpretativa que deja de manifiesto el esfuerzo coral sobre las tablas de la sala Tarambana. No me gustaría seguir sin destacar el trabajo de Rivillo porque nos cautiva desde que sale a escena con el envolvente movimiento de su cuerpo y con su fabulosa vocalización.

Sin duda, este es el lugar idóneo para representar La danza que sueña la tortuga porque su reducido tamaño ayuda a crear un clima especial de cercanía y complicidad entre artistas y público. De este modo, las sensaciones vividas desde el patio de butacas aumentan mientras estamos permanentemente a la escucha para encontrar respuestas y evocar sueños que nos trasladen a un mundo completamente diferente. Un espectáculo nada lineal con un ritmo ágil y dinámico que nos hace perder la noción del tiempo y de la realidad. Es cierto que, en determinados momentos, ese ritmo decae ligeramente y no fluye con toda la fuerza que podría adquirir, ralentizándose durante pequeños instantes a lo largo de los noventa minutos aproximados que tiene de duración.

La escenografía es muy alegre pero sencilla, mobiliario variado y eficaz para trasladarnos de un lugar a otro y de una emoción a su opuesta sin la necesidad de despliegues extraordinarios que nos distraigan de lo verdaderamente importante. La iluminación y el sonido, a cargo de José Ignacio Aparicio y Juan Miró, cumplen perfectamente su objetivo y su función dotando de potencia y fuerza a cada movimiento escénico.

En definitiva, La danza que sueña la tortuga es una obra para dejarse llevar y compartir alegrías y penas con los protagonistas mientras nos vamos del teatro siendo conscientes de la importancia de ser honesto con uno mismo y con nuestros propios sentimientos.

Crítica realizada por Patricia Moreno

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