
Manuel Martín Cuenca y Felipe Vega se pasan del cine a las Naves del Español de Madrid con Un hombre de paso, adaptación teatral de un documental de Claude Lanzmann sobre la propaganda con que el régimen nazi ocultar su política de exterminio durante la II Guerra Mundial.
Ocho décadas después nos sigue dejando estupefactos la manera en que durante años el régimen de Hitler asesinó a millones de judíos sin que nadie hiciera nada al respecto. Llegó a parecer que los trataba bien, tal y como atestiguaron los informes que firmó el suizo Maurice Rossel, miembro de la Cruz Roja Internacional, tras visitar en 1944 los campos de concentración de Theresienstadt y Auschwitz. Pero como pronto quedó demostrado, la realidad había sido muy diferente.
Aquel engaño llamó la atención de un cineasta y periodista francés, Claude Lanzmann, quien dedicaría al tema muchos años dando como resultado la película Alguien vivo pasa que estrenaría en 1997. Esa historia es la que ahora llega a los escenarios teatrales de la mano de una pareja de profesionales conocidos por sus carreras cinematográficas y que han adaptado aquel guión introduciendo en él la figura de Primo Levi, superviviente del horror, quien en 1947 daría testimonio de la barbarie del holocausto en una gran obra literaria, Si esto es un hombre.
No es la única licencia que se han tomado, el periodista entrevistador es sobre las tablas una mujer, Anna, encarnada por una siempre solvente María Morales, actriz a la que no hay papel que se le resista como este en que encarna la objetividad, el rigor documental y el compromiso con la verdad del cuarto poder. Junto a ella, un correcto Antonio de la Torre, quizás demasiado sujeto a clics interpretativos, y un muy eficaz Juan Carlos Villanueva en su encarnación de la amargura, dan vida al trabajador de la organización suiza y al escritor italiano.
La dramaturgia que firma Felipe Vega es sencilla y cumple eficazmente los objetivos que se intuyen de su sobriedad, mostrar la increíble convivencia entre versiones antagónicas de un mismo hecho y cómo se puede llegar a percibir una realidad inexistente. Un poliedro que acrecienta la atmósfera recogida e íntima -simulando ser un espacio privado en el Hotel Roma de Turín- creada por la unión del diseño escénico de Laura Ordás y Esmeralda Ruiz, la iluminación de Juanjo Llorens y el sonido de Miguel Linares.
El triángulo que conforman los tres personajes se llena enseguida de una tensión amarga, pero que nunca deriva en conflicto o exaltación. La mesura de la dirección de Martín Cuenca, mas sin faltar a la crudeza de lo tratado, es la tónica acertada de una función que opta porque sean las clarividencias y las contradicciones del relato de Rossel quienes pongan contra las tuercas a quienes hablan y escuchan. Una claridad textual que permiten que sean las palabras quienes protagonicen la representación y pongan a prueba nuestra inteligencia, ética y moralidad. Un hombre de paso nos obliga a dejarnos impregnar por lo que allí se está exponiendo y a reflexionar después sobre cómo hubiéramos actuado cada uno de nosotros de haber estado en el lugar de Rosell, Levi o Anna.
Crítica realizada por Lucas Ferreira




