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01.02.2022 Críticas  
El largo final en llamas

La inmensa e inabarcable tetralogía de Richard Wagner llega a su fin. El ocaso de los dioses pone fin a la historia de El anillo del Nibelungo. Durante cuatro temporadas el Teatro Real de Madrid,  bajo la batuta de Pablo Heras-Casado ha hecho las delicias de los Wagnerianos.

Resumir la historia de El anillo del Nibelungo es tarea complicada. Narra las peripecias del Walhalla, ese reino de dioses nórdicos. Se centra en la figura de Siegfried, quien mata un dragón con la ayuda de una espada invencible. Por medio hay un anillo al más estilo Señor de los anillos, un anillo de poder que todos codician y que termina en el anular de Brünhilde, quien tiene un breve pero intenso romance con el héroe, pero que acaba siendo despechada ya que el héroe es un poco casquivano. Al final y como debe ser, el drama se finiquita con una venganza y con muertes dramáticas. Siegfried asesinado por la espalda y Brünhilde lanzándose a una pira inmensa construida con troncos de las riberas del Rin.

Las composiciones de Richard Wagner son grandes, enormes, marciales. El ocaso de los dioses fue la primera de las partes que compuso el maestro, luego vendrían las siguientes que ocuparían los anteriores episodios de la gran tetralogía. En este ocaso se repiten los leitmotiv ya escuchados en las partes predecesoras y que enmarcan a cada uno de los personajes, y cada una de las situaciones. Eso de por si es ya un lujo para el espectador. La orquesta vuelve a repartirse por los palcos del teatro para respetar las distancias requeridas en tan grande despliegue. Pablo Heras-Casado vuelve a demostrar una bravura inusitada al ponerse al frente de semejante reto, no solo por el tamaño de la orquesta, sino por la complejidad y la duración de la pieza. Casi cinco horas de verdaderas proezas musicales que no flaquean en ningún momento.

La dirección de escena vuelve a ser de Robert Carsen, que nos vuelve a llevar a un ambiente que recuerda al auge del nazismo. Uniformes militares, colores duros e iluminación aplastante. El fuego – como no podía ser de otra manera- es casi otro personaje más de este ocaso. A diferencia de las otras partes, esta última si tiene participación del Coro del Teatro Real, que vuelve a ser certero en su intervención. El ocaso de los dioses se divide en tres actos que van in crescendo, llegando a un final que deja hipnotizado, las ultimas y moribundas intervenciones de Siegfried y Brünhilde son apabullantes. Merece la pena el esfuerzo de las cinco horas para llegar a ese éxtasis casi religioso.

En el papel interpretativo encontramos a Andreas Schager como Siegfried y a Ricarda Merbeth como Brünhilde. Dificil destacar a uno por encima del otro, sin destacar consiguen lo que se requiere para esta larga gesta. Correctísimos y con destellos de grandeza. Acompañados por Stephen Milling en el papel de Hagen, Lauri Vasar como Gunther y Amanda Majeski como Gutrune. Todos ellos aguantando con firmeza esta larga y densa ópera. La ovación final es harto merecida.

En estos tiempos de inmediatez y brevedad es todo un hito que se programe una ópera que requiera estar en el teatro más de cinco horas. Pero la experiencia es totalmente recomendable. Apagar el teléfono y entregarse a la culminación de una historia apasionante. Al desenlace de la saga, con la misma expectación del que ve el último capítulo de una serie que le ha tenido enganchado durante horas. Esto es El ocaso de los dioses, una culminación de altura a un proyecto gigantesco.

Crítica realizada por Moisés C. Alabau.

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