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01.03.2021 Críticas  
Cuando una mujer no es creída

El teatro Fernán Gómez de Madrid estrena El grito, una obra que rinde homenaje a todas las mujeres que han tenido que enfrentarse a grandes dificultades frente a una sociedad que pone en duda sus intenciones y que sospecha de sus testimonios.

El grito es la cuarta obra teatral coescrita por Amaranta Osorio e Itziar Pascual y está basada en una historia real que ocurrió hace algunos años en nuestro país. La veterana activista y productora teatral Pilar de Yzaguirre encargó a ambas dramaturgas que adaptaran a escena el sufrimiento de una mujer sin recursos que estuvo ocho años en un juicio por una serie de acontecimientos que cambiaron el rumbo de su vida, enfrentándose a grandes obstáculos en un mundo demasiado incrédulo ante los testimonios de las mujeres. En esta obra une sus dos grandes pasiones: las artes escénicas y los derechos de la mujer, demostrando que un texto como este es muy necesario porque, varios años más tarde del suceso narrado, sigue siendo útil para reflexionar sobre cómo la lacra machista continua siendo una realidad aplastante.

El teatro no tiene que servir únicamente para entretener o distraer, también debe ofrecernos la posibilidad de pensar y tomar conciencia sobre lo que nos rodea. Y esta, posiblemente, sea la intención de El grito pero en determinados momentos falta esa energía y esa fuerza que hace que no apartemos la mirada del escenario. Adriana Roffi dirige este espectáculo que se muestra un tanto irregular en cuanto a ritmo se refiere, hay momentos en los que cuesta más conectar con la historia y se nota un pequeño bache en la primera mitad de los noventa minutos que dura. Creo que esto último puede estar relacionado con la presencia del personaje al que da vida el actor Óscar Codesido puesto que nos presenta al marido de la protagonista, un hombre posesivo y controlador, de manera intensa y rápida, en pocos minutos, lo que parece inesperadamente forzado y metido con calzador. Podríamos entender cómo es él a través de la narración de la obra sin la necesidad de un papel que no se sostiene del todo y que a veces cae en la tentación de la sobreactuación.

Nuria García –en el papel de la mujer protagonista- se sube al escenario con una brillante interpretación que nos hace saborear la desesperación de su personaje. Por otro lado, Ana Fernández –en el papel de madre- dota de humanidad y fragilidad a esa señora que también nos encoge el corazón en determinados momentos. Es admirable la complicidad y compenetración que demuestran ambas actrices sobre las tablas, van ganando seguridad a medida que transcurre la función para, finalmente, llevarse unos más que merecidos aplausos de los espectadores y espectadoras de la sala Guirau del teatro Fernán Gómez. Lucía Barrado también pone su saber hacer al servicio de su personaje y se desenvuelve realmente bien interpretando a una abogada dispuesta a luchar por la justicia, por la equidad y por el derecho al respeto de todas y cada una de las mujeres. Completan el reparto Alberto Iglesias, José Luis Alcobendas y Carlota Ferrer que se diluyen entre los tres personajes principales pero que realizan unas actuaciones más que correctas.

Dejando a un lado las interpretaciones, hay que recalcar que todos los aspectos técnicos se complementan maravillosamente bien porque el conjunto visual facilita y ayuda a adentrarse en la obra y matiza el entorno en el que se desarrolla cada acción. La iluminación, a cargo de Paloma Parra, cumple perfectamente su labor y dota de fuerza e importancia cada movimiento escénico mientras que los recursos audiovisuales refuerzan de principio a fin este montaje. La escenografía, de la que se encarga Anna Tusell, nos permite adentrarnos en los diferentes lugares donde todo ocurre.

El grito es una historia sobre la realidad, sobre la necesidad de formación en perspectiva de género para ayudar a sensibilizar a los operadores jurídicos y que éstos sean capaces de detectar prejuicios en la impartición de justicia, consiguiendo huir del excesivo cuestionamiento a las víctimas de violencia machista.

Crítica realizada por Patricia Moreno

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