
El Teatro Real de Madrid sigue luchando contra los elementos. Luchando y venciendo. Llega la tercera parte de la inmensa tetralogía del Anillo del Nibelungo, Siegfried. La inmensa orquesta requerida invade literalmente el espacio para dar un golpe en la mesa. El Teatro Real no se para ante nada.
Cualquiera en busca de tranquilidad habría pospuesto para más adelante este montaje. Y se habría comprendido. Montar Siegfried requiere una de las orquestas más grandes del mundo operístico. En tiempos de distancia social era impensable ver semejante despliegue. Pero el Teatro Real, como si fuera el mismo Siegfried, quien no conoce el miedo, decide expandir la orquesta a los palcos y se crea la magia. Se disfruta de lo que Richard Wagner quiso para esta tercera parte de la tetralogía.
Siegfried es quizá la más densa de las tres partes, pero no por ella menos poderosa. Plagada y rebosante de momentos sublimes es un plato de lenta digestión. Su larga duración puede asustar, pero el esfuerzo es más que recompensado. El tercer acto es de una belleza descomunal, en el que todos los leitmotiv ya escuchados en El oro del Rin y La valquiria se unen para crear un mosaico único. Ese dueto final entre Siegfried y Brünnhilde es de los que difícilmente se olvida.
La ópera que nos ocupa tiene pocos personajes en escena. El peso recae en Siegfried, interpretado magistralmente por Andreas Schager, quien se deja la piel en un papel inmenso. Cierto es que a Siegfried se le supone joven y cargado de furor juvenil, y, evidentemente el tenor austriaco no es un adolescente, pero pronto nos olvidamos de eso. Va de menos a más, tal y como requiere el arco dramático del personaje. Ese joven que no conoce el miedo, que se enfrenta al dragón y que cruza el anillo de fuego que retiene a Brünnhilde.
Andreas Conrad en el papel de Mime está soberbio, al igual que Ricarda Merbeth como Brünnhilde. La palabra portento se queda corta. No se quedan atrás en intervenciones más breves Tomasz Konieczny como el misterioso viandante y Okka Von Der Damerau como Erda.
La puesta en escena es del reconocido Robert Carsen, quien ya nos tiene acostumbrados a sus relevantes producciones. Muy en consonancia con La valquiria vista en la anterior temporada, ha ideado un espacio oxidado, despojado de belleza, pero cautivador. Como única pega, la resolución del final del primer acto, en la que Siegfried descubre el poder de la espada Nothung. Ese golpe sobre la caravana queda algo infantil, para un momento de tal trascendencia. Pero se lo perdonamos al gran Robert Carsen.
Pablo Heras-Casado vuelve a manifestar un brío excepcional y un control absoluto de la endiablada partitura wagneriana. La orquesta suena compacta, a pesar de que la acústica se ve algo afectada desde los laterales. Nada relevante, solo si queremos ponernos puristas ante semejante acontecimiento. Nos queda la última parte para la temporada que viene. Este Siegfred ha dejado el listón bien alto. Sin duda El ocaso de los dioses no defraudará.
Crítica realizada por Moisés C. Alabau




