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10.07.2020 Teatro  
El hombre duplicado

El Otro es un proyecto de colaboración España/México, que también ha unido el genio de Miguel de Unamuno y Alberto Conejero, para poner en pie un proyecto tintado de melodrama y psicothriller político, en el teatro Fernán-Gómez Centro Cultural de la Villa. Un Cluedo de postguerra donde las apariencias, los afectos, y las mujeres, son solo un reflejo de lo que es real.

Cosme (¿o es El Otro?) es José Vicente Moirón, un hombre que de un día para otro, se encierra en su habitación, ante el estupor de su esposa, Laura (Carolina Lapausa), y exige tratado como El Otro. El estupor ante tal situación obliga a Laura a pedir ayuda su hermano Ernesto (Domingo Cruz), psiquiatra, al que hace años que no ve. El Ama (Celia Bermejo) deambula por la casa cuidando de El Otro, hasta que irrumpe en escena Eva (Silvia Marty), reclamando la presencia de su marido. El misterio está servido.

No es apenas conocida la faceta de dramaturgo de Miguel de Unamuno, que cuenta con once obras, y este El Otro es un curioso acercamiento al misterio, que la dotada mano creadora de Alberto Conejero ha acentuado en su trasfondo político, y ha limado ciertos aspectos extremos de los personajes femeninos, además de darle más protagonismo al personaje del hermano, Ernesto, que asume también la presencia de Don Juan, el médico de la casa, del original. No obstante, la sombra de Unamuno es alargada, y poco se vislumbra de la personalidad y creación de Alberto Conejero en este El Otro, porque aunque este haya jugado con el misterio en «Ushuaia» y «Todas las noches de un día«, lo que allí es poesía, evocación y estilo, aquí es un drama novelesco teatral, más que una experiencia lírica escénica como la de Conejero.

Destacando de todo el proyecto una fantástica escenografía de Diego Ramos y un inteligente diseño de iluminación de Fran Cordero, cuyos juegos de sombras sobre esos panelados de madera de ese amplio salón, están realmente a la altura del espíritu de El Otro. No lo es tanto así la dirección de actores, tremendamente encorsetados o en un registro extremo que le hace un flaco favor a la experiencia completa. El Ama de Celia Bermejo es más Bernarda Alba en estado de shock, o ama de llaves de Rebeca, cuando su personaje está más próximo a la Poncia o a una mater amantísima sin llegar a una Medea enajenada. Domingo Cruz calca un registro del teatro, como ya hizo Carles Francino es esa intriga caricaturesca pero contemporánea de esta, como fue «El Sirviente» en el Teatro Español: todos sus parlamentos y postura escénica tienen tal estructura de cerramiento armado que impide que el espectador le conciba como un personaje real y no una presencia inanimada.

Carolina Lapausa es una Laura desquiciada y dejada al libre albedrío del exceso actoral, cuando precisamente en su personaje la mano de la dirección de Mauricio García Lozano, debería haber rozado la asfixia sobre Laura, para evitar tener a un personaje que transita por la escena como una enferma bipolar sin tomar la medicación; cuando el drama se percibe en la audiencia como una comedia, es que hay un gran fallo. José Vicente Moirón está correctísimo, contenido y muy creíble, como hombre en estado de shock ante eso que ha ocurrido con El Otro, pero cuando ocurre esa eclosión dramática, parece que se contagie del exceso de su mujer, para que uno desconecte y comience a plantearse si todo El Otro no es más que una fantasía colectiva en un frenopático, o es que hay un drama real en esa casa.

Silvia Marty llega a escena para aportar cordura y empaque a la propuesta, y parece que es la única que capta por completo dónde se encuentra su Eva (Damiana en el original), qué ha ido a hacer a esa casa, y qué es lo que quiere conseguir. Su candidez inicial contrasta con el estupor que siente al verse atrapada por esa «casa de locos» y su mesura y posterior arranque trágico es la clave esta propuesta escénica: ella ha llegado hasta el fondo de ese misterio y va a sacarlo a la luz cueste lo que cueste, y esto es con la verdad.

Entiendo que cierto aspecto del final haya tenido que ser adaptado, al igual que el nombre de la original Damiana (lo entiendo, pero considero que era una especie de guiño cómico de Unamuno, para darle cierta ligereza al texto), o que haya sido casi eliminado el cat-fight del tramo final, donde Miguel de Unamuno se soltaba plenamente, como Carolina Lapausa, y hacía protagonizar a las mujeres una escena digna de un thriller sexy de los noventa. Alberto Conejero ha sabido dotar de empaque, pulcritud y un claro acento de memoria histórica a este texto dramático que con un mayor cuidado en el aspecto artístico, hubiese hecho de El Otro, no una experiencia trascendental, pero si una escapada teatral agradable e interesante.

Crítica realizada por Ismael Lomana

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