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02.03.2020 Teatro  
Lo de afuera

La Compañía El Silencio, con Romina Paula a la dirección, llega a los Teatros del Canal con El tiempo todo entero una versión libre de «El Zoo de Cristal» de Tennesse Williams, con una familia actualizada en motivaciones y miedos.

Antonia (María Villar) no sale. Lorenzo, su hermano (Esteban Bigliardi), quiere salir. La madre, Úrsula (Susana Pampín), entra y sale cuando quiere. Y Maximiliano (Esteban Lamothe), amigo del hermano, acaba de entrar en el salón de esta casa. Todos ellos se van relacionando a la forma de un combate de boxeo, en una serie de rounds en los que parece que nunca nadie gana.

Romina Paula estrenó El tiempo todo entero en Buenos Aires en 2009, y llega ahora a Madrid para contarnos la historia de esta familia argentino-mexicana, a la sombra de los Wingfield originales de Williams, también, a su vez, versionando a la propia familia Williams. Visto así, la peregrina idea de Romina Paula de hacer «El Zoo de Cristal» a su manera, para eludir los carísimos derechos de autor que sobre ella pesan, no parece algo tan descabellado, y se entiende el carácter tan personal de este proyecto.

Sin contar con referencias sobre el original, El tiempo todo entero me fue atrapando en la cadenciosa progresión de los encuentros y desencuentros de esta familia, a la que me encuentro más próxima que a los Coleman de Claudio Tolcachir, pero nunca tanto como a la del Sr. Flores de «Todo el tiempo del mundo» de Pablo Messiez; y es que considero que todas estas disecciones de una familia tienen muchas cosas en común como el propio tiempo, las aspiraciones vitales de sus miembros, o la forma de relacionarse. Y toda esta disertación no hace más que caer en comparaciones de ‘0,60’, o en estar proyectando yo mismo la disfuncionalidad de mi propia familia, que ojalá fuese más argentina y menos berlanguiana.

María Villar soporta un gran peso de El tiempo todo entero, y lo aprueba con nota. Su Antonia es tan veraz como inverosímil parece que una joven sufra de una especie de agorafobia autoinflingida, o misantropía tan extrema. Esteban Bigliardi es un fantástico y parco en palabras Lorenzo, que suple con una vis cómica y gestualidad que provoca el buscarle con los ojos en la escena, aunque no hable.

Susana Pampín es una madre liberal, semi amantisima, deseosa en cierto aspecto de disfrutar del nido vacío que Antonia no tiene intención alguna de afrontar. Su achispado tramo final es magnífico, y su flirteo milfinesco con Maximiliano merecía un round propio. Esteban Lamothe es el robaplanos del montaje, y desde que hace aparición su pantalón de chandal azul Adidas, con su actitud de modesto chico de barrio con inmenso atractivo involuntario, si con Bigliardi se disfrutan los silencios, con Lamothe se goza de su breve verborrea y su flechazo hacia Antonia.

El tiempo todo entero se disfruta desde la ignorancia del original, y con la intención de pasar un buen rato disfrutando de una dirección de actores certera, y una escenografía de Matías Sendón y Alicia Leloutre e iluminación de Sendón, que aportan calidez casi nórdica, y un confort que nos hace sentirnos casi literalmente en el salón de ese piso, hecho que, planteado como solución escenográfica en esta sala Verde, haría que todo el proyecto diese toda una nueva dimensión al conjunto y la satisfacción hubiese sido plena.

Crítica realizada por Ismael Lomana

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