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19.02.2020 Teatro  
Estirpe ciega

La prestigiosa compañía Atalaya pone en pie una irregular versión de El Rey Lear de William Shakespeare. El clásico inmortal que se representa en el Teatro Fernán Gómez de Madrid se reduce en duración, no en intensidad e intención. El conjunto se sustenta por la entrega del elenco, que se deja la piel en esta adaptación firmada por Ricardo Iniesta.

Atalaya tiene un reconocible sello en sus producciones. Galardonada con el Premio Nacional de Teatro, sus montajes son un reclamo para el público. Este Rey Lear además viene precedida por un buen número de nominaciones a los premios Max de Teatro.

El extraño espacio del Fernán Gómez no es el espacio más adecuado para el montaje que se presenta. Ese inmenso escenario deja a los actores en unas incomprensibles distancias. Estoy seguro que el montaje luciría mucho más en un espacio más reducido. La escenografía creada por el mismo Ricardo Iniesta es sumamente creativa y efectiva en varias escenas, mientras que en otras el continuo trasiego hace desaparecer la magia. Si son destacables los momentos coreográficos y musicales que sirven de transición a varias de las escenas. Esos momentos son de gran belleza e impacto, ayudando al desarrollo de la acción y ejecutados con precisión. Tanto Luis Navarro como Juana Casado han firmado un excelente trabajo.

El papel protagonista de Lear cae en Carmen Gallardo quien hace un titánico ejercicio de interpretación. Su Lear tiene los matices requeridos. La decepción por no haber sabido ver la maldad escondida en el corazón de dos de sus hijas. El asco que le producen las acciones de las mismas. Hace Carmen un viaje digno de ser alabado. El amplio reparto es atinado. Con esa impronta subrayadora que tiene Atalaya. No siendo fan de ese estilo de interpretación, debo reconocer que a pesar de que en algunos momentos me sacaba completamente de la historia, en otros momentos creo que era justo lo que el texto de Shakesperare necesitaba.

El motivo de calificar el montaje de irregular, y pensando en ello, es más por lo incomodo de todo el espacio, más que por la propuesta. En una sala reducida, o con más cercanía con el público el montaje seguro que alcanza cotas de gran emoción que aquí se diluyen. Un mejor diseño de luces también ayudaría a dar al montaje la grandiosidad que un título así conlleva.

Rey Lear se disfruta a partes, echando en falta un mejor desarrollo de la historia (cosa difícil si se quiere reducir a noventa minutos). Se disfruta por la entrega de una compañía en base a la pasión y exceso de celo. Se disfruta porque Shakespeare es caballo ganador. Se disfruta porque una tragedia nos encanta y porque la propuesta destila una humildad encantadora que suple las carencias que el montaje desvela.

Crítica realizada por Moisés C. Alabau

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