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28.06.2018 Críticas  
La importancia de recordar

El Teatre Lliure de Montjuïc vuelve a presentar In memoriam. La quinta del biberó, escrita y dirigida por Lluís Pasqual e interpretada por seis de los actores de la Kompanyia Lliure, para recordar a aquellos muchachos que fueron reclutados para luchar en la batalla del Ebro sin apenas haber llegado a la mayoría de edad.

“¿Diecisiete años? Pero si todavía deben tomar el biberón”, al parecer estas fueron las palabras de Federica Montseny que dieron nombre a la quinta del biberón, un grupo de jóvenes llamados a filas para participar en la batalla del Ebro el verano del 1938, en un intento desesperado del ejército republicano por salvar sus últimos reductos.

In memoriam. La quinta del biberó es una obra que acerca los recuerdos de una generación casi extinta y además es evidente que documenta cada una de sus líneas, dando lugar a una función de rigor, con toda la verdad y la gran carga de realidad que un homenaje requiere. En este caso, se consigue un muy buen equilibrio entre lo informativo y lo expresivo, entre la sobriedad y las emociones.

La historia se narra en torno al testimonio de seis jóvenes que van relatando y recreando distintas escenas desde que son reclutados, pasando por las trincheras, hasta que se nos cuenta el desenlace de cada uno de ellos. Ya desde el primer momento, se refleja la injusticia de la guerra, cuando cada uno comparte sus pensamiento al ser llamados a filas, y aunque en algún caso, algún voluntario que de verdad creía en la causa se mostraba más enérgico, la mayoría deja ver la resignación de ser avocados sin más remedio a esa situación, que les quedaba demasiado grande.

Por otro lado, también se logra ilustrar lo duro y a veces incluso surrealista de la convivencia en las trincheras. El aspecto  cada vez más demacrado y las ropas ajadas que llevan los personajes, ayudan a transmitir esa crudeza y, obviamente, el despliegue de personalidades que cada uno de los actores sabe transmitir acaban ya de trastocarnos y expresar las contrariedades y la confusión de unos chicos que son demasiado pequeños para estar tan cerca de algo tan poco natural como el miedo constante a la muerte y la posibilidad de tener que matar en todo momento. Además, existe un contraste de enfoques entre como se concebía la guerra desde arriba como el medio para llegar a un fin y lo que de verdad suponía para los que estaban dentro: muerte, incomprensión y más muerte. Para conseguir este efecto paradójico, se van mostrando secuencias de noticiarios reales de la época de cada uno de los bandos, con un marcado sensacionalismo en el que cada uno se proclamaba vencedor y a la par unos jóvenes, que cuando no están batallando se comunican con la trinchera enemiga, que se encuentra a tan solo unos metros de distancia, en la que a veces, solo son capaces de ver a otros jóvenes como ellos, con inquietudes similares. Jóvenes, que cuando matan, no piensan que haber matado a su enemigo o a un fascista, sino que conviven con el hastío de haber arrebatado una vida. Este acercamiento a la guerra tan crudo, tan en primera persona, tan lejos de las ideologías políticas consigue mostrar con objetividad y neutralidad como en la guerra todos los bandos son vencidos, como todos matan y mueren, y así, pierden. Unos pierden la vida, y otros, la posibilidad de conciliar el sueño, con un sentimiento de culpa muy difícil de mitigar.

Al final, cada uno de los actores, ofrece un monólogo a cual más desgarrador en una interpretación impecable, dejándonos meditabundos al son de la melodía del Cant dels Ocells, sirviendo de perfecto colofón para una obra de una calidad irreprochable, de principio a fin.

Crítica realizada por Ada Morelli

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