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02.07.2017 Críticas  
Brundibár: jamás olvidar

El Teatre Lliure inaugura su participación en el Festival Grec de Barcelona de una forma soberbia reestrenando la ópera infantil Brundibár, con letra de Adolf Hoffmeister y música compuesta en 1938 por Hans Krása, ambos de origen checo.

Su estreno fue en el año 1941 en un orfanato judío de Praga, pero poco después Krasa fue deportado al campo de concentración de Terezín donde, de memoria, reescribió la partitura y dirigió a niños y niñas internos en su representación por más de 50 veces.

Estas representaciones cantadas por los niños sirvieron para dos propósitos: uno, maquiavélico, para falsamente mostrar al pueblo alemán y al resto del mundo que los niños deportados llevaban vidas afortunadas (a través de la película propagandística «Der Führer schenkt den Juden eine Stadt», donde los niños aparecían «felizmente» cantando y bailando); el otro, que es con el que nos quedamos, fue que esos niños, de los cuales muchos acabaron gaseados en Auswitch (como también lo fue Krasa), pudieron disfrutar durante su corta vida de una experiencia maravillosa y la sensación de volver a sentir, aunque fuera por unos instantes, lo que era vivir una vida «normal».

Dos hermanos, Aninka y Pepitxec, se proponen ganar dinero cantando en la plaza del pueblo porque quieren comprar leche para su madre enferma. Pero parece que ese lugar ya tiene dueño, Brundibár , el cantante y acordeonista que aparece cada día, orgulloso y egoísta, quien de forma tirana, los echa para que no puedan hacerle la competencia. Cuando ya no saben qué hacer, aparecen un pájaro, un gato y un perro quienes junto al resto de niños y niñas del pueblo, harán fuerza para echar ellos a Brundibár y que de esta manera Aninka y Pepitxec puedan cantar libremente.

Detrás de este supuestamente sencillo guión se esconde una historia de amor, solidaridad y cooperación y una evidente denuncia a lo que el pueblo judío estaba sufriendo bajo las terribles manipulaciones de aquel horrible y miserable dictador, llamado Hitler.

En 1998, David Albet, integrante de la formación musical Bcn216, encabezó un proyecto de teatro comunitario en conjunción con L’Institut de Cultura de Barcelona, L’Institut Municipal d’Educació de Barcelona y el Gran Teatre del Liceu y reunió a niños y niñas de centros docentes de Barcelona para que llevaran a cabo la ejecución de Brundibár. Que mejor proyecto que este para fomentar unos valores que cada vez más se están perdiendo.

Así que es un verdadero placer haber podido asistir, veinte años después, al reestreno del montaje que Albet preparó en aquel año y que de nuevo dirige en la parte artística, para el Lliure en esta ocasión. En la parte musical está Ernest Martínez Izquierdo. Y al cuidado de la dirección de escena está Els Pirates Teatre, lo que lo hace aún más especial, porque parte de los actores y actrices que a día de hoy componen la compañía fueron los niños y niñas que en el 98 participaron en el proyecto de Albet.

Con todos estos ingredientes, que incluyen el origen de esta historia y lo que representa, nos encontramos ante una maravillosa pieza. Pero al resultado hay que añadirle tener a 13 músicos en escena: 4 violines, 1 violoncelo, 1 contrabajo, 1 clarinete, 1 trompeta, 1 guitarra, la percusión, el piano, David Albet a la flauta y el acordeón de Llorenç González, quien también interpreta a Brundibár. Por supuesto, también, los más de 100 niños y niñas cantando en directo (entre quienes destacan Elisabet Giner, Alazne Fernandez o Cristina Lozano, y especialmente la profunda voz Júlia Barragan y sus grandes dotes interpretativas, la dulce Júlia Ribes y la potencia vocal de Laia Santamarta). Además del total de cerca de 300 personas, entre niños y adultos, detrás del proyecto. Y, finalmente, la magia que de por sí ya desprende siempre el Lliure.

Cuando la opereta está a punto de terminar, se proyectan imágenes originales de los niños de los campos cantando las mismas partes que sonaban en directo. Esta fue, sin duda alguna, la emotiva guinda a esta preciosidad, donde estoy segura que más de una lagrima (y de dos) corrió por la platea y donde finalmente los aplausos, ovaciones y el alzamiento del público fueron merecidísimamente extensos y prolongados.

Creo que el director del teatro, Lluís Pasqual, quien estaba presente, puede estar orgulloso y satisfecho de haber elegido esta hermosa y apreciada pieza para abrir el Grec de este 2017.

Crítica realizada por Diana Limones

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