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22.03.2017 Teatro  
MOLT SOROLL PER NO RES, mucho amor poca adaptación

“Much Adoe About Nothing” una de las obras más representadas del bardo inmortal, el chico del vado de la calzada romana conocido como William Shakespeare, no es, ni mucho menos, una de sus grandes obras pues es una comedia de enredo sin más pretensiones que el mero divertimento y la impresión de una radiografía del amor en el siglo XVI.

Si algo diferencia al teatro isabelino en general, y al de Shakespeare en particular, del teatro clásico (generalmente el griego y sobretodo la tragedia) es en gran medida la eliminación del Deus ex machina, esa última vuelta de tuerca que permite la resolución del conflicto por obra y gracia de alguien externo a la misma, en ese caso era un dios o varios. La reducción del panteón de dioses a uno solo y su menor influencia e influjo sobre las dichas y desdichas de los seres humanos de la época convirtiendo a Dios en alguien a quien temer, porque en la tierra se está para sufrir y en el paraíso para disfrutar, y no en un ser que afecta directamente a la vida de los seres humanos en su día a día, lo aleja de la ecuación y despeja el camino para que las personas se valgan por si mismas. Antes esa figura era más terrenal para después pasar a ser algo más espiritual, con una afectación diferente a la manera de ver la vida de la gente. Ese gran cambio no se aprecia en la adaptación que nos compete, la realizada por la Cía. Amyralira en el Àtic 22 del Tantarantana.

MOLT SOROLL PER NO RES, la adaptación, no tanto la obra original, trata sobre las venturas y desventuras de cuatro personajes; las primas Beatriu y Hero (interpretadas por Anna Bertran y Mariantònia Salas; respectivamente) y Benedicte y Claudi (Eloi Gómez y Òscar Romera) los días posteriores al final de la guerra. Esos días de júbilo y alegría en los cuales las emociones se viven a flor de piel y afloran los sentimientos como si de una primavera perpetua se tratara. Mientras Hero y Claudi son el ejemplo del amor inocente (y hasta cierto punto cortés), Benedicte y Beatriu prefieren mantenerlo a una cierta distancia prudencial, marcada por su propio orgullo y una repulsa de puertas a fuera. El enredo está asegurado pues queda bien claro que de esos cuatro personajes van a salir dos parejas. Hasta ahí todo bien en términos dramáticos pero es Shakespeare y Shakespeare, como la vida, es una mezcolanza de comedia y drama a partes iguales y el día antes de la boda de Claudi y Hero, éste descubre una supuesta infidelidad por parte de su prometida; chismorreos de portería que dirían algunos. Por otro lado, gracias a artimañas más viejas que el propio dramaturgo, el amor entre Benedicte y Beatriu ha nacido y ahora se encuentran entre la espada y la pared, uno a favor de su amigo (o de su neonato amor) y la otra a favor de su prima.

El problema de base no está en el obra original, más allá de gustos personales, está en la adaptación en si; en aras de darle más “modernidad” (me niego a utilizar la palabra verosimilitud, porqué ni se la ve ni se la espera) a los personajes femeninos se olvidan de los dos personajes secundarios que permiten el cierre de la obra, Don Juan y Dogberry. El primero como antagonista y el segundo como solucionador de enredos. Al desaparecer un personaje capital como Don Juan, un enemigo que crea el conflicto que torna la obra en tragedia, la mentira desaparece. Sigue siendo una mentira, pero orquestada por alguien a quien ni vemos ni sabemos de él y una solución fallida que permite a Claudio caer en la cuenta de su error, confiar más en los chismorreos que en el amor de su prometida. No se puede justificar su epifanía; Claudi no descubre que le han engañado, Claudi se lo encuentra. Eso, señores y señoras, es un Deus ex machina en toda regla. La resolución es insatisfactoria, todo drama (o comedia) que se precie necesita un antagonista para justificar que los protagonistas obren correctamente.

Si Shakespeare tiene algo, es que es universal, por lo tanto adaptable a cualquier época y maleable hasta la saciedad. No en vano se pueden ver representaciones de una misma obra tan dispares entre sí que parecen sacadas de libretos diferentes. No seré yo quien ejerza de talibán del buen gusto o del respeto a las obras primigenias, he disfrutado y disfruto de adaptaciones “actuales” pero creo, sinceramente, que todo tiene un límite. La mezcla de actualidad con clasicismo no está del todo bien explotada; los actores interpretan con tics exagerados y amanerados en exceso, intentando divertir pero convirtiendo MOLT SOROLL PER NO RES en un corre pasillos sin sentido donde utilizar el vos y el usted va según criterio (un tanto extraño) y con un look en general un tan rancio y de tan poco gusto que los apenas 70 minutos se me hicieron eternos. Mención a parte los bailes, las máscaras (bolsas de la compra, eso sí de cartón) y que los duelos a satisfacción sean a espada en pleno siglo ¿XXI?. MOLT SOROLL PER NO RES se quedó en mi retina como un quiero y no puedo y, por desgracia, desaparecerá en breve.

¿Tan difícil habría sido una adaptación de la obra como tal o en su defecto una actualización total y absoluta? Para el resto de la gente no lo sé, para mí NO.

Crítica realizada por Manel Sánchez

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