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02.02.2017 Críticas  
El juego de vivir otra vida

Un fin de semana en un solitario hotel de ciudad, ubicado en la sala Lola Membrives del Teatro Lara, sirve de punto de encuentro para dos personas que van a participar en un comprometedor juego que les hará plantearse quiénes son, lo que realmente quieren en sus vidas, y cómo combatir el fantasma de la realidad, que planea sobre ellos, durante el transcurso de esas decisivas 48h.
 
El «maldito» Guillermo Barrientos, y la televisiva Eva Marciel, comparten espacio escénico dirigidos por Miguel Ángel Cárcano, que comparte autoría del texto con María Inés González. Silvia y Jorge se reencuentran después de un año en un hotel para ejecutivos de una ciudad cualquiera. Dejan entrever que en este, en apariencia, fortuito encuentro, hay una historia pasada que oculta silencios, asuntos pendientes, e insatisfacción. Todos nos hemos llegado a encontrar en semejante situación en la que nos planteamos qué hubiese pasado si hubiésemos hecho eso que queríamos en determinado momento, y qué hubiera ocurrido si hubiésemos dado ese salto al vacío para combatir ese temor a estar solos.

La historia se va desarrollando, y el espectador va poco a poco descubriendo las reglas de este juego, que mezcla lo que mostramos cada individuo al exterior, con lo que realmente son las pulsiones internas de cada uno, que no llegamos a desvelar por miedo a las convenciones sociales, o el miedo a enseñar nuestra verdadera cara.

Guillermo se descubre como el buen actor que es, con un personaje con un duro trasfondo como es el de Jorge, al que sabe dotar de una sensibilidad y una fragilidad marcada por la vergüenza y la ilusión de recuperar algo que realmente está perdido. Eva y su insatisfecha Silvia, luchando por una segunda oportunidad que haga desaparecer esa mancha del pasado, y que interpreta de una forma veraz y reconocible.

La sociedad de la incomunicación, a la vez, extremadamente conectada por los teléfonos móviles, fantasias sexuales que enmascaran la realidad, y el eterno juego del amor; temas muy personales y muy actuales en cuyos personajes podemos llegar a mirarnos todos, por haber estado en uno o en el otro lado, son los ingredientes que aderezan este drama moderno que hasta finales de marzo se puede disfrutar en Madrid.

Crítica realizada por Ismael Lomana

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