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12.08.2016 Críticas  
El triunfo de Terentiev

La segunda propuesta del Ballet de Moscú en su visita al Tívoli nos ofrece su versión de una de las cumbres del romanticismo. GISELLE ensalza de nuevo a una protagonista que nos acompaña por su periplo emocional y nos deslumbra tanto con su técnica coreográfica como con su espontaneidad interpretativa.

En 1841 Théophile Gautier y Jules-Henry Vemoy adaptaron la obra “De l’Allemagne” de Heinrich Heine, que a su vez se inspiró en una leyenda germánica. Quizá no tanto en su momento, pero a día de hoy resulta francamente llamativo el mito de las Willis, esos espíritus femeninos que toman forma corpórea a medianoche para buscar venganza por su deceso antes de llegar al altar. Muerta la mujer, muerto el amor. El hombre causará la disyuntiva, pero será el sexo femenino el que consolidará su poder sobre la capacidad sentimental del ser humano. Además, la posibilidad de retorno desde el no-mundo para subyugar a su rival amoroso sigue pareciendo, a lo poco, insólita en su plasmación dramática.

La música de Adolph Adam resulta quizá no la más conocida, pero a medida que se escucha progresiva y definitivamente familiar y esta será una de las principales bazas del director de la propuesta, Timur Fayziev. Es una lástima que, debido a las especificidades de este montaje, la partitura no sea interpretada en directo. Si bien es de agradecer que la reproducción no se resienta de una amplificación desmesurada, sí que sería recomendable refinar algunos silencios musicales. Entre pieza y pieza podemos escuchar los cortes o acoples, algo que no ayuda a mantener la ilusión y sugestión provocada por la puesta en escena.

De nuevo nos encontramos ante un escenario demasiado reducido para una coreografía que en algunos momentos hace coincidir a más de quince artistas sobra las tablas. Una vez más, la escenografía de Yan Segarra y Anton Skosyrskii consigue disimular este importante detalle con unos recursos y materiales que ya pudimos ver en “El lago de los cisnes”. Aunque aquí no se usan con la misma finalidad estética ni figurativa. Lástima que en algunas ocasiones, el campo de visión y la perspectiva de los espectadores se vea mermada por los extremos laterales de alguno de los telones. En cualquier caso, la plasticidad y capacidad alegórica en este campo es remarcable.

El vestuario de Lisa Fayzieva es pulcro y perfectamente adecuado al libreto. Más tradicional o costumbrista en el primer acto, para localizar y situar lo acción terrenal y diáfano y alegórico (espectacular y emotivo el uso de los velos de las Willis) en el segundo. Lo mismo sucede con la iluminación de Tomás Prieto que, especialmente en la segunda parte, se torna en portadora y testimonio de la oscuridad o luminosidad tanto del momento de la noche y el día en que nos encontremos como del estado anímico de la protagonista. Lo tenebroso y sombrío de la muerte y la luminosidad de la catarsis romántica. Un trabajo que hace justicia al material de partida.

Finalmente, la coreografía de Jules Perrot y Jean Coralli brilla en muchos momentos en manos de la compañía que, en esta ocasión, es capaz de demostrar una técnica depurada sin olvidar el tránsito y progresión en la interpretación. Quizá como grupo se podría afinar la sincronía en algunos fragmentos, aunque individualmente la ejecución es notable. Merecidísima la ovación a C. Terentiev, que encarna a una GISELLE maravillosa, demostrando la fragilidad y delicadeza de su personaje, así como su paso del amor a la locura, con una naturalidad que sin disimular su técnica consigue emocionar con una interpretación que se recordará por mucho tiempo.

Crítica realizada por Fernando Solla

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