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26.04.2016 Críticas  
¡No soy actor! ¡Soy imitador!

La Sala Flyhard programa con EL NIÑO DE LA TELE un tipo de espectáculo insólito en nuestra cartelera. A medio camino entre el teatro documental y el monólogo biográfico, la propuesta de Marc González de la Varga y Rubén Ramírez propone un híbrido entre el formato teatral y la stand-up comedy unipersonal.

El resultado es una pieza que nos sitúa no tanto en un escenario para la reflexión (que también) sino en la rabia y el desencanto profesional y personal del personaje que retrata. La primera persona es imprescindible para el resultado final de la obra. Que alguien nos cuente lo difícil que resulta mantenerse en la cresta de la ola en cualquiera de las vertientes del mundo del espectáculo no es un material dramatúrgicamente novedoso. La historia de un niño que consiguió la fama televisiva demasiado pronto y los efectos que tuvo en su relación con los demás, así como una gestión y dosificación incorrecta de su talento, tampoco. Que sea el propio niño el que casi dos décadas después se plante sobre un escenario a contárnoslo, sí lo es. Y que se haga con esta falta de condescendencia pero tampoco queriendo justificar una por una todas las opiniones del protagonista, también.

Marc González de la Varga ha colaborado en el texto, además de realizar las tareas de dirección y encargarse de la selección musical y el espacio sonoro y el vídeo. Presente en la sala durante el tiempo que dura la representación, será el principal cómplice de Ramírez junto con Xavi Gardés (también actor), taquillero y técnico de la sala, que igualmente participará en el desarrollo del espectáculo. Juntos conseguirán realizar un ejercicio en vivo que nos muestra la realidad de un amplio sector del gremio teatral actual. Salas con aforos reducidos en los que todo el mundo se encarga de todo. Taquilla mínima. Apoyo insignificante. No tanto una queja como una renuncia al todo vale que parece haberse instaurado en cualquier ámbito del espectro laboral.

Oficios vocacionales y no. De eso se hablará mucho en EL NIÑO DE LA TELE. Ya desde un principio nos encontraremos con el mismo Rubén Ramírez desempeñando su actual trabajo de carpintero y construyendo la escenografía de su propio espectáculo. Compartiendo el lugar encontraremos una tarima ocupada por distintos televisores, el escenario de su propio documental en vivo. El trabajo de Anna Tantull, verdadera artífice del espacio escénico, es muy destacable. Junto con el esfuerzo de documentación videográfica (mano a mano entre González y Ramírez) asistimos a la reconstrucción de un pedazo de la historia televisiva de las dos últimas décadas con uno de sus olvidados protagonistas, que nos explicará lo que se ocultaba detrás de tan festivas imágenes. De este modo, el texto se convertirá en una especie de reportaje dramatizado. El contraste de las imágenes con las declaraciones de Rubén sobre el escenario permitirán que los espectadores podamos entender la complejidad de la situación, ampliando el punto de vista unipersonal que ofrece el imitador.

Lo mismo sucede con el vestuario de Pentateatre (coproductora del espectáculo) y Singermornings. El uso de una chaqueta de color azul eléctrico como la que usaba el protagonista a los doce años, permite entrar y salir en lo que sería un show de imitaciones y la propia obra teatral a la que asistimos. Un detalle limpio y esclarecedor.

No podemos hablar de interpretación propiamente dicha, pero sí que destacamos la predisposición y espontaneidad de Rubén Ramírez. Él mismo aclarará que no se considera actor, sino imitador. A pesar de ello, vemos durante el desarrollo de la obra todos los estados anímicos por los que ha pasado su persona en paralelo al de los acontecimientos. De nuevo, su entendimiento con el director nos hace ver un acto de generosidad mutua. Cómo uno se despoja de su vida entregándosela al segundo que, tras analizarla, se la devolverá en forma de monólogo teatral. Las connotaciones emotivas alcanzarán aquí su cota máxima, llegando a remover no tanto la consciencia del espectador como sí activando una especie de dispositivo interno que nos hace caer en la cuenta de que muchos nos hemos convierto en compañeros de fracaso de Rubén. Treintañeros, con carrera (y máster), sin trabajo o con uno que no tiene nada que ver con nuestra vocación…

Por tratarse de un formato (documental teatral) que merece ser explotado. Por la reflexión sobre el amor paterno-filial, que no siempre es compatible cuando se trata de alcanzar nuestras aspiraciones profesionales. Por la calidad de una dramaturgia que contrarresta lo inevitablemente discursivo de la propuesta, ampliando con todos los recursos técnicos y artísticos el punto de vista del protagonista. Y por este ejercicio de deconstrucción personal en vivo y primera persona que se realiza durante cada función en la Sala Flyhard, EL NIÑO DE LA TELE es una propuesta que merece ser tenida en cuenta.

Crítica realizada por Fernando Solla

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