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20.04.2016 Críticas  
La asfixia de la dependencia y sus mecanismos de opresión

El Maldà nos acerca la nueva propuesta del tándem Peya – Pintó. Cuando todavía palpita en nuestro recuerdo reciente el impacto emocional que supuso “Mares i filles”, ahora le llega el turno a HOMES FOSCOS. De nuevo, dos únicos personajes y un piano. En esta ocasión, Rubén Yuste y Marc Vilavella, acompañados por Peya (alternando funciones con Andreu Gallén).

Los autores siguen apostando por el musical íntegramente cantado y, en este caso, nos acercarán a la naturaleza de los personajes de un modo mucho más alegórico que pragmático. Los sentimientos saldrán a la luz pero esta vez las canciones no servirán a los personajes para explicar lo que no pueden hablar, sino para maniobrar en este juego de apariencias y verdades ocultas que se establece entre ellos. Especialmente entre la manera de enfrentarse con su mundo interior y las especulaciones anímicas configuradas por su entorno inmediato. La partitura será su aliada para esta especie de subterfugio. Un pretexto contra el que su propia naturaleza participará de una escabrosa batalla. La acción se sitúa en la Norteamérica de los años cuarenta, en una casa aislada de cualquier gran ciudad. En una noche lluviosa, pero de sequía creativa.

Al principio nos encontraremos con Ben (Yuste) escritor en plena crisis, enfrentándose a un guión que parece resistírsele. ¿Cuál es la historia? ¿Esa que al principio hay que encontrar y, finalmente, terminar como sea para escapar de ella? De repente aparecerá Bill (Vilavella) y entre los dos se establece una relación de dependencia sexual y sentimental en la que los roles de víctima y verdugo se difuminarán constantemente. La homosexualidad en un contexto prohibitivo, el miedo al papel en blanco, el rol de la pareja no siempre coincidente con el sexual… No es que se descubra aquí algo que no se haya explicado antes, ni siquiera dentro del formato de thriller musical, pero sí que hay una curiosa preeminencia de los referentes evocados, mucho más allá de lo que sucede en escena o de lo que escuchamos de boca de los intérpretes.

Como es costumbre en El Maldà, se juega con la distribución y el aspecto de la sala como decorado. En esta ocasión, además, un espejo dispuesto de forma horizontal. Gran acierto de Jordi Bulbena, que también se ha encargado del vestuario. Teniendo en cuenta que ni la estructura ni diseño de la sala ni las prendas que visten los personajes nos remontan específicamente a la época en la que sucede la acción, todos estos factores no harán más que amplificar ese espacio interior y tenebroso por el que se mueven los personajes. La iluminación de Xavi Gardés sigue la misma línea, haciendo del rojo un leitmotiv de la alarma y angustia constante que viven los dos protagonistas. El uso del espejo es determinante para que el espectador pueda ver en algunos momentos lo que los personajes no alcanzan y así participar de este doble juego entre lo que se aparenta, lo que se muestra y lo que se esconde.

La música compuesta por Clara Peya es la encargada de sumergirnos en este thriller emocional sin renunciar a los momentos más expresivamente dramáticos de la historia. David Pintó no ha cerrado canciones independientes sino que la reiteración se usa para identificar los estados anímicos de cada uno de los personajes en todo momento. De la combinación de ambos trabajos surge un espectáculo, evidentemente circunscrito dentro del género musical, pero en el que en muchos momentos nos olvidaremos que los personajes están cantando. Se están explicando, justificando. Ante el otro pero especialmente ante sí mismos. Una escucha atenta del último tema deja perfectamente cerrado todo lo explicado durante la hora que dura el musical. Las necesidades de los personajes, el reflejo personal del artista en su obra, el bloqueo artístico que supone la negación de la naturaleza del autor…

La dirección de Pintó apunta hacia el universo de Patricia Highsmith. No hay que esperar aquí un desfile de los personajes más conocidos de sus creaciones literarias, pero sí que recocemos dos aspectos fundamentales. En primer lugar, la necesidad de un personaje de reflejarse en su semejante (en el que cree ver una imagen de cómo le gustaría ser) y de intentar suplantar su personalidad a toda costa como motor de la trama policíaca o criminal. También la necesidad de un autor de expandir las barreras mentales auto-impuestas por uno mismo o por el contexto social inmediato, insuflando algo de aire a través de las ficciones. Evasión a través de la creación literaria. Eso está muy bien trasladado en la dramaturgia. Quizá una hora de duración resulta algo escasa para desarrollar todo el espectro alegórico que se plantea a lo largo de su desarrollo, pero conociendo los referentes esto se transforma en una especie de rompecabezas variable en función de la experiencia previa de cada espectador con el material de partida.

Finalmente, tanto Rubén Yuste como Marc Vilavella focalizan su interpretación (también la musical) en explicar a sus personajes a través de la acción musicalizada, adaptándose en todo momento a la partitura de Peya, que se convierte en una fascinante tercera intérprete sobre el escenario. A la vez se desenvuelven con igual naturalidad (y capacidad evocadora cuando corresponde) en el movimiento coreografiado de Ariadna Peya, que se coordina en espacio y tiempo con la iluminación.

Sin encasillarse en los logros conseguidos con “Mares i filles”, la pareja artística formada por Clara Peya y David Pintó avanza un escalón más en su exploración del género como máximo exponente de la intimidad de unos personajes que, sin diálogos, se mostrarán en toda su complejidad. Más accesibles las primeras y algo más recelosos los segundos pero igualmente sugestivos. Sin negar importancia al argumento, en el caso de HOMES FOSCOS la exploración convierte en protagonista a la identidad del autor y al proceso creativo. Un mundo mucho más cerrado para un musical que insinúa mucho más de lo que representa.

Crítica realizada por Fernando Solla

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