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08.04.2016 Críticas  
Mentiras y realidades en una casa de campo

Luces apagadas, tres siluetas en penumbra y la voz en off de una niña cantando: «1, 2, 3… Piedra, papel y tijeras». Se encienden 3 bombillas, que las 3 personas hacen balancear y estas comienzan a caminar en círculo, mientras la niña sigue cantando.

Un comienzo misterioso y realmente escalofriante para este thriller de Martin Crimp que nos habla de lo que es real y, por contra, de la mentira. De lo inútil de huir hacia una situación ideal, porque nuestro mundo somos nosotros, vayamos donde vayamos y de la importancia que en ocasiones se le da a la posición social por encima de todo, incluso, por encima de las mentiras.

Richard, un médico de renombre, junto a su mujer Corinne y sus dos hijos se mudan al campo, fuera de la ciudad, buscando empezar una nueva vida más tranquila. Una noche, Richard se presenta en casa con una joven, Rebeca, a la que, según dice él, ha encontrado tirada en la carretera. ¿Cuánto hay de verdad en esta historia? ¿Cuantas mentiras se pueden decir para encubrir una verdad? ¿Hasta dónde podemos llegar por cubrir esas mentiras y mantener nuestra rutina y nuestro estrato social? ¿Quién es más culpable de todos? ¿El que hace algo mal, el que miente para cubrir ese pecado, o el que encubre al mentiroso pecador?

EL CAMP es un thriller psicológico que trata estas cuestiones y donde se ha querido tomar el juego infantil de ‘Piedra, Papel y Tijeras» como hilo conductor en el guión. Durante toda la obra y como ocurre en el juego, cada vez que hay una jugada, solo se usan 2 de las 3 opciones. De la misma manera, en la obra nos encontraremos que los 3 personajes nunca coinciden. Más bien, en cada cambio de escena uno de los tres quedará en segundo plano, esperando a participar en la siguiente jugada. Y en cada cambio, la tensión y la presión del desarrollo de la historia se hace mayor.

Mucha culpa de esta tensión viene dada por el lenguaje que utiliza Crimp en su dramaturgia. Los diálogos son atropellados, en los que se demuestra el control y el poder sobre el otro con la palabras y donde los largos silencios también hablan, en este caso de los sentimientos de los personajes. Y la información que el espectador recibe es con cuenta-gotas. Por tanto, el guión te mantendrá en vilo hasta el final. Un guión que sigue la escuela de Pinter para generar un ambiente tenso y a la par absurdo, pero desde la cotidianidad.

La Niña Bonita produce este guión y lo deja en manos de Xavi Àlvarez para que lo dirija, y a la vez represente a Richard, el médico que de puertas para fuera vende una ética que no practica. Anna Prats es Corinne, la esposa que aparenta una elevada moralidad por encima del resto pero que fríamente la olvida cuando llega el momento de la verdad. Y Sonia Espinosa representa a Rebeca, quien destapa y quita vendas al mundo ideal que se pretende buscar.

Los tres actúan de forma soberbia, completamente inmensos (e inmersos) en sus personajes hasta el punto de que muchas veces te resulta complicado ver una interpretación, pues parece que estés presenciando desde la oscuridad de tu butaca la vida real. Y esto es de valorar, puesto que los textos acarrean una gran parte de complicación, especialmente en los momentos en que los actores se atropellan con palabras mutuamente y dialogan a la vez sin dejar hablar al otro, cosa que los tres desarrollan a la perfección.

La ambientación es inmejorable ya desde la entrada, donde te hacen caminar por un pasillo con niebla, incienso y grillos sonando de fondo. Teniendo en mente que estamos en la Sala Petita del Teatro Gaudí, el decorado demuestra que el espacio se ha aprovechado a la perfección. Muchas de las gracias se las tenemos que dar a Laura Clos «Closca» por el gran trabajo en preparar esta escenografía.

Todo el conjunto hace que sientas la tensión en el ambiente en todo el momento, hasta el final. Y que a medida que pasa el tiempo, te vayas dando cuenta, casi imperceptiblemente, de que nada es lo que parece y que nada va a acabar como crees. Creo que eso es lo que se pretende y creo que eso es lo que se consigue de forma magnífica en EL CAMP.

Una obra de visionado obligatorio para el público que guste de disfrutar de obras que van más allá de la realidad aparente, que escarban en los interiores hasta rasgar, que llegan hasta donde a veces a muchos no les gusta llegar.

Crítica realizada por Diana Limones

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