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26.01.2016 Críticas  
INFÀMIA es teatro. Y el resto, es silencio

Pere Riera, autor de la afamada “Barcelona”, escribe y dirige en La Villarroel INFÀMIA, una reflexión sobre el teatro, los actores y los espectadores, sobre la profesión y la vocación, y el juego de la verdad y la mentira que se celebra diariamente sobre los escenarios. Sin ser completamente original, la propuesta es sólida y terriblemente atractiva.

Y decimos que no es del todo original porque en 1994 ya navegó por aguas afines “E.R.”, la obra que le valió a Benet y Jornet el Nacional de Teatro: también allí había un proceso de aprendizaje de una joven actriz tratando de acceder a la experiencia de artistas consagradas, vehiculado a través de la comprensión de un papel en una obra de altos vuelos. No obstante, el planteamiento de Riera es muy distinto: si en Jornet el teatro se presentaba a través de la distancia y del recuerdo, y de una cierta dinámica de clases, aquí nos encontramos a los actores en la sala de ensayo, hablando no de sus aspiraciones en un pasado distante (que también) sino de sus percepciones presentes, vivas y actuales, de los riesgos, las aspiraciones y las dificultades eternas pero muy palpables de su profesión.

INFÀMIA nos invita a curiosear en los entresijos del trabajo teatral, con una directora experimentada (Emma Vilarasau), contratada por dos jóvenes actores para realizar un taller de “Hamlet”: la chica (Anna Moliner) aspira a presentarse a un cásting como Ofelia, el chico (Francesc Ferrer) ya está bregado en televisión, pero quiere perfeccionar su técnica teatral. De improviso se presenta un conocido actor (Jordi Boixaderas), carismático, astuto y casi podría decirse taimado, con una intención en principio oculta pero que pondrá las vidas de los otros tres, y especialmente lo que creen saber de la profesión, patas arriba.

Actuar la actuación no es fácil: tanto jóvenes como adultos, vaya por delante, están perfectos en sus papeles: Si atractivas resultan las escenas en las que Vilarasau destroza a la pareja de jóvenes por su inexperiencia o su incapacidad a la hora de sentir el teatro no como una impostura sino como algo vital (y las repeticiones y puntos de vista sobre “Hamlet” tienen un algo hipnótico que no hacen más que alabar la destreza de Shakespeare), quedarían en una mera anécdota sin el contrapunto del personaje de Boixaderas. Poco a poco, en sus interacciones con los otros tres actores, van dibujándose otros temas, otras intenciones y sensibilidades, otras posibilidades a la hora de acercarse al hecho teatral, que se va convirtiendo en el núcleo de la historia, sin dejar de lado las historias personales de cada uno de los personajes. Vilarasau y Moliner acaban erigiéndose, así, en protagonistas, por sus evoluciones personales, pero es Boixaderas quien se convierte en el motor de la acción y el que despliega, a la vez que su personaje, todos los trucos de la profesión. Su trabajo es, sencillamente, magistral.

La escenografía de Sebastià Brosa es sencilla pero útil a la hora de trasladarnos a una apartada sala de ensayo. El vestuario de Berta Riera resulta igualmente simple, pero marca bien el carácter de los personajes y las edades (cronológicas y vitales) por las que atraviesa cada uno, especialmente las actrices: negro para Vilarasau, blanco para Moliner.

Shakespeare empieza pareciendo un simple McGuffin de INFÀMIA, pero uno empieza a preguntarse, hacia mitad de la obra si no debería haberse titulado, con mayor justicia, “Ofèlia”. Y es precisamente en el segundo tramo de la función cuando más se van haciendo notar las claves de lo que plantea Riera: el argumento no es lo verdaderamente importante, o no es lo único importante. Lo son también las intenciones de los personajes, igual que la directora de Vilarasau trata de hacer ver a sus jóvenes pupilos, lo son sus historias, que les han llevado hasta donde están; lo es también, como ya hemos dicho, su concepción del teatro y del papel de los actores y las actrices.

Pero también, y no llega a hacerse evidente hasta un mágico momento del última parte de la obra, la concepción del teatro de los espectadores, y su papel como tales. Cualquiera que ame el teatro, desde encima o debajo de las tablas, y que se haya planteado alguna vez lo que implica realmente esa cuarta pared invisible que separa a actores, actrices, espectadoras y espectadores, no debería perderse la oportunidad de caer en esta pura tentación escénica que se encuentra en La Villarroel.

Sí, al final, uno puede quedar muy satisfecho con el título: INFÀMIA es la obra, y el teatro es infamia. Bendita INFÀMIA…

Crítica realizada por Marcos Muñoz

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