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27.07.2015 Críticas  
¿Quién teme a MARAT/SADE?

La Persecución y asesinato de Jean-Paul Marat representada por el grupo teatral de la casa de salud mental de Charenton bajo la dirección del Marqués de Sade, o como se presenta habitualmente en todo el mundo, MARAT/SADE, del alemán Peter Weiss, es una de las obras de teatro esenciales del siglo XX.

Tras 25 años sin actuar en Barcelona, la compañía Atalaya ha estrenado allí un nuevo montaje de este título, en un lugar tan emblemático como la sala de Gracia del Teatre Lliure.

Los espectadores nos acercábamos a la sala con respeto, casi con reverencia, sin duda con una pizca de temor. Aún resuenan los ecos de la fama del MARAT/SADE de Marsillach en 1968, el de Pere Planella y Feliu Formosa de 1982, el de Miguel Narros del 94 e incluso el más reciente de Animalario en 2006 para el Centro Dramático Nacional. Casi parece que cada década haya tenido su visión de esta obra, que sigue destilando contundencia, vigencia y, ahora ya menos, escándalo.

Atalaya se ha acercado al título por caminos un tanto distintos y distintivos. Su MARAT/SADE tiene algo de feísta que lo acerca a los personajes que pudieran salir de un film de Tim Burton. Recordemos que, desde la versión británica de 1964 dirigida por Peter Brook, MARAT/SADE es un musical del estilo que el propio Bertold Brecht estaría orgulloso. Luis Navarro firma unas canciones que siguen el camino parcado por Richard Peaslee y que, mezclando la épica y la crítica social a partes iguales, ayudan a digerir el mensaje y a acercar las posturas que presentan los oponentes de esta pieza metateatral.

Porque aunque quizás aspectos tan llamativos como el sexo o el azotamiento de Sada hayan quedado reducidos a sus esencias de significado, y no a la agresión visual, Atalaya ha respetado fielmente el juego a dos aguas de la obra. Tan importante es el enfrentamiento entre las dos visiones del mundo, la que representan el hastiado e individualista Sade y el condenado y revolucionario Marat, como la otra pugna, la que sostienen el ex-Marqués y el alcaide de la prisión… perdón, sanatorio de Charenton, representante del statu quo censor, represor, hipócrita e implacable. Pura actualidad e igualmente perturbador.

Todos los actores llevan fielmente durante el conjunto de la pieza las taras psicológicas de los enfermos que representan los papeles, sin dejar que nunca se conviertan en un detalle pintoresco. La obsesión, la incapacidad de controlarse, la pérdida de indentidad, de respeto por uno mismo, generar una segunda pieza paralela, que dibuja ese submundo sórdido y oscuro en el que Sade se haya preso… y del que quizás es rey. Destacan sobre todo el maestro de ceremonias al que encarna Carmen Gallardo, la somnolienta Silvia Garzón (Carlota Corday) y la pareja que forman Manuel Asensio (Sade) y Jerónimo Arenal (Marat), el núcleo principal de la pieza.

La escenografía, sencilla y a la vez laberíntica, la firman Pepe Távora y el director de la obra, Ricardo Inesta. Conforma espacios comunes y privados a base de telones y largas sábanas que muchas veces son el trasunto de lo que ocurre dentro de las cabezas de los protagonistas, de sus soledades, sus encierros, sus limitaciones, además de una jaula triangular que también hace las veces de puerta. El vestuario de Carmen de Giles nos transporta igualmente a la época en la que transcurre la historia, tanto la de los locos que transcurre tras la Revolución Francesa como la de los revolucionarios anteriores. En conjunto, la presentación de la pieza es inmejorable, e incluso las luces de Alejandro Conesa o las coreografías de Juana Casado cumplen una función tan práctica como plástica en el conjunto. Hemos dicho que hay feísmo, sí: pero tan cierto es que hay belleza en esta obra.

El respeto, la reverencia, y sobre todo el temor desaparecieron cuando la sala en pleno despidió a los actores puesta en pie, desbordada en aplausos. Durante los 100 minutos anteriores, todos habíamos reído, reflexionado y disfrutado de un montaje que vuelve a poner a MARAT/SADE en vigor, que nos recuerda por qué es uno de los grandes tótems dramáticos del siglo XX. Y, especialmente, que en manos de una gran compañía con ideas y actores entregados, MARAT/SADE es, antes que nada, un inmenso placer teatral.

Crítica realizada por Marcos Muñoz

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