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25.02.2015 Críticas  
Seducción peligrosa a ritmo de Rock

El eterno juego de seducción, manipulación y traición llevado al extremo toma las tablas del Matadero y sorprende con un montaje que deja sin aliento. LAS AMISTADES PELIGROSAS llenan el Matadero de Rock.

Fusionar lo clásico con lo moderno es arriesgado, necesita de un equilibrio que puede romperse fácilmente y aunque cada vez son más los que se arriesgan no siempre el resultado es notable. He de confesar que cierta reticencia habitaba en mí ante la propuesta de estas AMISTADES PELIGROSAS aderezadas con micrófonos, guitarras eléctricas y rock.

El texto es ya de sobras conocido gracias a varias adaptaciones cinematográficas nos lleva a la Francia de 1778, donde el Vizconde Valmont aprovechándose de su clase y su arte de seducción llevará sus acciones hasta insospechadas consecuencias llevándose por delante la ética y la moral de las damas que caerán rendidas a sus encantos. En paralelo corre la historia del otro personaje principal, la Marquesa de Merteuil cuya moral no se aleja de la de Valmont pero que debido a su condición de mujer enviudada debe jugar a un doble juego y que deriva placer de planear y urdir las conquistas maquiavélicas de su, una vez amante, el Vizconde Valmont.

Carmen Conesa está increíble en el papel de Marquesa, no puedo olvidar esa última declaración en la que con lágrimas en los ojos y con orgullo herido hace balance de su vida. Cristóbal Suarez en el papel de Valmont (papel que comparte con Edu Soto) está simplemente soberbio y el resto del reparto destila una fuerza que traspasa al espectador.

La arriesgada propuesta de mezclar música rock tocada en directo por los propios actores podría haber sido un absoluto desastre. En un primer momento choca, sorprende y finalmente seduce hasta que caemos rendidos a la genial mezcla, como si Valmont y la Marquesa nos hubieran hipnotizado con sus juegos de seducción hasta hacer con nosotros lo que jamás hubiéramos imaginado, todo ello a golpe de micrófono y guitarra eléctrica.

Mención aparte para el vestuario que consigue recrear la Francia de 1778 y la provocación de ese juego de seductores y seducidos, todo ello mezclado con la atmósfera que se recrea en la Sala 2 del Matadero consigue que el montaje se disfrute con todos los sentidos. El derroche de fuerza que va subiendo de intensidad consigue erizar el vello ante el clímax final.

Crítica realizada por @mcalabau

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