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25.05.2022 Críticas  
Personal Jesus

Alberto Velasco interpreta en Nave 73 de Madrid Sweet Dreams, una creación propia, con escenografía de Alessio Meloni, vestuario de Sara Sánchez de la Morena, e iluminación de Abel García y Alberto Velasco.

Me siento a escribir esto con el peso de la expectativa y las esperanzas en que esta opinión esté a las alturas de las circunstancias. Expectativa autoimpuesta y paralizante. Me escudaré en que sigo de resaca. Totalmente figurada. Ayer esta era real. Igual de inutilizante pero con un componente psicológico totalmente distinto.

Alberto me impone. Siempre lo ha hecho y creo que lo seguirá haciendo mientras cualquiera de los dos estemos presentes en el mundo. Voy a intentar ser todo lo falsamente profesional que soy en esto y me esforzaré en no dirigirme (únicamente) a Alberto solo por su nombre: Alberto Velasco es lo correcto y sentará mejor en la redacción de este medio, aunque para mi no haya dudas de que es Velasco cuando me refiero a Alberto. Me debo aquí a Alberto Velasco como él ha debido sentir que se debía a los demás ya que en algún momento se ha esperado que diese el 200% de si a cambio de algo etéreo y efímero.

El Agnus Dei recibe a la sala y me transporta al Teatro Pavón Kamikaze, pero ya no como telón de fondo, sino como el suelo sobre el que Alberto Velasco va a caminar. El 9 de febrero de 2018 mi compañero Moisés echaba en falta el “dinamismo y energía” esperado tras ser Escenas de caza el estreno casi consecutivo e inmediato después del premiado y fantástico Danzad Malditos. Expectativas. Un señor encumbrado en el mundillo, y al que no quiero citar, le daba una nota de 5,5 por no cumplir “las grandísimas expectativas depositadas”. Más expectativas. Y lo que hace Alberto Velasco con ese telón resignificado en suelo sobre el que pisar, es izarlo, aunque levantado casi como una bandera a media asta, sin ser totalmente desplegado, para comenzar a sacar todo lo que hay debajo de la alfombra. Y esto es Sweet Dreams, sacar todo lo que se ha ido barriendo bajo la almohada y tender la ropa en casa. En su casa. En el teatro.

El fantástico espacio sonoro de The New Carrot Studios nos lleva al interior de la cabeza de Alberto Velasco: ruido blanco, interferencias, pop, Alberto, y electrónica oscura, como el sambenito renovado en máscara de látex y el capirote de penitente. De delincuente. De pecador. De hereje. O de tonto, como él mismo debe pensarse enfrentándose a una audiencia a la que muestra todos los premios ganados, esparcidos por el suelo. Sweet Dreams es un juicio de faltas en el que se van repasando las infracciones leves que han llevado al intérprete a sentir que su obra y su persona son non gratas o simplemente irrelevantes.

Tengo una ex-compañera de trabajo y amiga, que desde que pusiese en el que ha sido mi cubículo en una empresa de viajes en crucero durante 7 años, el programa de Escenas de caza para que me acompañase en la jornada laboral, y le contase que Alberto Velasco era mi amigo, no ha pasado una ocasión en la que cada vez que le viese en la tele, me mandase un pantallazo de Alberto y me dijese “tú amigo está en todos los sitios, jejeje”: el último, precisamente, la misma tarde que salí de asistir a la función de Sweet Dreams y de poder enviarle, henchido de orgullo, una foto con el Ribera del Duero con la imagen del cartel, diciéndole que justo acababa de estar con él. Porque efectivamente, para mi Alberto (Velasco) siempre ha estado en todos los sitios, y cuando no lo ha estado, que también han sido muchas veces, para mi también estaba ahí.

Su brownie de traumas cocinado de cara al público, su imagen de ave abisal, ciega y sin plumas; su referencia textil a Aída Nízar, Anabel Conde en Eurovisión, o hacer un cocktail con Ibsen y Lorca entre los destilados, son compartidos. Tener que buscar un trabajo a los 40, no disfrutar de esa estabilidad prometida durante años y años de enseñanza normativa, con la carga añadida de escapar de una masa poblacional que te persigue y señala (de nuevo Escenas de Caza), es un trabajo de asimilación extenuante que nos enfrenta al abismo de la autodestrucción a diario, o con suerte, solo el fin de semana en los baños de un antro con electrónica de fondo.

Sweet Dreams es el juicio definitivo, celebrado por el Gran Inquisidor Alberto Velasco, como máxima autoridad oficial para juzgar su propia vida, regido por la presencia del Cordero de Dios (Agnus Dei) y Alberto Velasco infante (El Mesías). Es una letanía a las amigas, al público, a todo aquel que le quiera escuchar. Sweet Dreams es la nota de audio que no recibí, o el mensaje que nunca me escribió. Es un texto con (y del) el genio que nunca tendré, de la persona a la que siempre he admirado y que siempre apoyaré. Yo soy esa mirada cómplice en un auditorio de extraños, que me sobrecogeré con lo que Alberto (Velasco) me quiera mostrar. Sweet Dreams es el testimonio sincero de la identidad detrás del mito, que a partir de ahora recibirá esas expectativas que se aproximen a él, como interpreto su final: girando, en movimiento, reflejando al otro que recibirá un haz luminoso y cegador en respuesta, desde su superficie fracturada en cientos de espejos, pero sin aristas. Una enorme bola de discoteca que invita al baile, a la autoreflexión y a la reconciliación.

Crítica realizada por Ismael Lomana

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