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11.03.2022 Críticas  
Cuando la ciudad duerme

Los despiertos, la nueva dramaturgia y dirección de José Troncoso, se estrena en el Teatro del Barrio de Madrid. Un drama, una comedia y una tragedia vibrante, sagaz e inteligente en la que brilla el trabajo de su trío protagonista, Alberto Berzal, Israel Frías y Luis Rallo.

El escenario es ese lugar en el que todo es posible. En el que su pulcritud puede ser la suciedad de nuestras calles y su luminosidad la oscuridad de su vacío en el turno de noche. Ese en el que desarrollan su actividad profesionales que van a contracorriente, con los horarios cambiados, con vidas sociales al margen de las convenciones, con familias con las que coinciden, pero con las que no comparten. Los despiertos son tres de esos seres. Compañeros de trabajo. Marginados de los afectos. Singulares por sus peculiaridades y peculiares por sus singularidades. Grande, Mediano y Pequeño son tres barrenderos, tres raras avis de la humanidad.

Una triada con la que Troncoso vuelve a viajar al absurdo y el costumbrismo, provocando la chanza y la carcajada de sus espectadores. Mas no confundirse, Los despiertos no es un esperpento ni una caricatura, en ningún momento se hace de menos a sus protagonistas ni se les falta al respeto. La apuesta y el logro de su creador está en hacer de ellos epítomes de la risa fácil a la par que síntesis de la emocionalidad más auténtica, esa tan profunda que cuesta sacarla a la superficie y tan delicada que se aprecia con solo asomarse a ella.

Chascarrillos y vocativos, recurrencias y repeticiones, que se ordenan a la manera de una partitura, revelando una visión de la condición humana en sintonía con la que José Troncoso ya ofreció en Las princesas del pacífico, Lo nunca visto o Con lo bien que estábamos. La autenticidad de los perdedores, la sinceridad de los que no tienen nada que ganar, la luminosidad de los que no ambicionan. No les faltan valores ni principios, como tampoco les sobran éxitos y fracasos. Así son estos tres hombres que ha imaginado su autor y a los que ha dado vida a través de Alberto Berzal, Israel Frías y Luis Rallo.

Es tal la convicción de su trabajo físico, de su gestualidad y su tonalidad de mimo, de la modulación de los diferentes timbres de sus voces, que es imposible imaginar a otros intérpretes en sus papeles. Son suyos, son ellos, sin duda alguna. Capaces de pasar del drama a la comedia y volver, desviándose hacia la tragedia y regresando desde ella, de la liviandad a la intensidad, revelando las zonas oscuras, las aristas, dobleces y pliegues que se esconden tras la aparente sencillez de la dramaturgia que representan. Una hondura que transmiten de igual manera la iluminación de Javier Ruíz de Alegría y el espacio sonoro de Mariano Marín.

Otra pequeña joya de su creador, con la que demuestra su capacidad para adentrarse en los rincones aparentemente más anodinos del alma, su habilidad para entender qué hay en ellos y su capacidad para transmitírnoslo desde una platea de una manera tan eficaz y original.

Crítica realizada por Lucas Ferreira

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