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29.12.2020 Críticas  
En lo profundo del bosque

Llega al Teatro Real de Madrid un Don Giovanni que levantó polvareda en su estreno en Salzburgo en 2008. Un Don Giovanni que abandona Sevilla para instalarse en un sombrío bosque ideado por Claus Guth. Una producción correcta aunque algo fría.

Nos encontramos ante la que es considerada la mejor ópera de Wolfgang A. Mozart, un clásico repleto de barroquismo y recitativos. Con una reconocida dificultad para la orquesta. Ivor Bolton, director reconocido en las lides barrocas despliega su talento, aunque en el conjunto se echa de menos algo de la emoción vista en anteriores montajes igual de barrocos.

La puesta en escena imaginada por Claus Guth nos traslada a un oscuro bosque. Bosque en el que Don Giovanni encontrará la muerte. En su lenta agonía desfilaran algunas de sus conquistas amorosas y los numerosos desplantes. La atmosfera es gris, nocturna, fría. El bosque giratorio permite recrear distintas emociones. Esa parada de autobús en el centro de la oscuridad es sin duda una de las imágenes más icónicas de este montaje. Es cierto que la escenografía no depara mayores sorpresas y puede llegar a ser reiterativa, pero no se le puede negar la belleza y el efecto que produce. No es este un bosque remoto, sino uno en el que constantemente desfilan personajes, y en el que la suciedad se va acumulando con el paso del tiempo.

La historia de uno de los galanes más deleznables de la literatura está interpretada por un elenco de altura. Christopher Maltman,  quien ya estrenó este personaje en el montaje de Salzburgocompone un personaje complejo y lleno de matices. Sus complicados recitativos se solventan con maestría ejemplar. A la zaga le sigue el personaje de Leporello, grandiosamente cantado e interpretado por Erwin Schrott. La escena del intercambio de identidades es de las mejores de todo el montaje, y permite el lucimiento de ambos cantantes. En el ámbito femenino hay una calidad innegable. Annet Fritsch está soberbia como Doña Elvira y se lleva una merecida ovación. Lo mismo se puede decir de Louise Alder como Zerlina, y de Brenda Rae como Doña Anna.

El montaje va de menos a más. Llegando al intermedio con una de las más bellas y complejas composiciones. El segundo acto se desarrolla con bastante más brío y energía que el primero. Todo parece encajar mejor, aunque se echa de menos la garra de otros montajes vistos en el Teatro Real. Quizá las expectativas y lo escuchado del montaje del 2008 jugaron en contra. Es fácil reconocer que hace doce años el montaje resultó transgresor, pero ha envejecido mal y no sorprende ni escandaliza ver a Don Giovanni coquetear con drogas y alcohol, y mucho menos encontrarnos un ambiente entre sórdido y pervertido. Aun así se disfruta con agrado por la importancia de la misma pieza y por ser esta un referente para cualquier amante de la ópera.

Crítica realizada por Moisés C. Alabau

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