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03.07.2020 Críticas  
El dedo acusador de Liddell

Angélica Liddell, creadora radical que retrata la cara más oscura de la contemporaneidad, regresa a los escenarios barceloneses con un montaje inspirado en una conocida historia de Nathaniel Hawthorne. The Scarlet Letter la sitúa como una creadora de gran convocatoria con un discurso poderoso y necesario.

Dentro de la programación del Grec Festival de Barcelona, el Teatre Lliure, recogía anoche el estreno en la ciudad condal de lo último de Angélica Liddell. Con una sala llena acorde a las medidas sanitarias establecidas por el COVID-19, The Scarlet Letter de Angélica Liddell presenta un discurso duro y necesario en una sociedad aún (extremadamente) puritana. Un discurso que, en ocasiones, remueve entrañas.

En 1849, el novelista norteamericano Nathaniel Hawthorne, conocido por sus historias góticas y de un oscuro romanticismo, publicaba una novela sobre una mujer, Hester Prynne, condenada a llevar bordada en la ropa la letra “A” de “adúltera” como castigo por haberse quedado embarazada de Dimmesdale, el sacerdote del pueblo donde vivía. Eran tiempos en los que la ley y la religión no eran cosas tan diferentes. Junto al discurso inherente de la obra, Liddell mezcla ideas y alegatos sobre el neopuritanismo, el fariseísmo, la censura o la imposición moral. Temas que nos parecen lejanos y superados pero que siguen presentes en nuestra sociedad.

En pleno siglo XXI, Angélica Liddell propone un montaje de la obra en el que la ideología toma el papel que antes tuvo la religión y que algunos han visto como una crítica al feminismo. Para la autora, se trata más bien de un elogio del poder de conmoción del arte, además de encerrar el propósito de devolver la belleza al mundo de la expresión, una belleza que ha sido desterrada de una forma atroz por lo político. La autora considera que la ideología es una verdadera agresión al mundo del espíritu. Así, nos encontramos con un trabajo que, por encima de cualquier debate, es un bello canto a la infinita violencia del amor, y a la necesidad de que esta violencia exista.

Con un discurso punzante, maduro y directo, Liddell mezcla magistralmente la obra de Hawthorne con una crítica a la sociedad bañada de escenas explícitas. Ella, con dedo acusador, utiliza la obra de Hawthorne para mostrarnos que la sociedad no está tan avanzada como pensamos. Sus actos, su prosa y su performance incomoda al público a la par que lo sorprende. Esas dualidades que crea en nuestro subconsciente hace que en momentos nos escandalicemos y en momentos la comprendamos. Algo que identifica su idea principal del neopuritanismo y la censura moral.

Aun teniendo un un magnífico armazón teatral, una escenografía fantástica basada en la iglesia y una iluminación y sonido perfectas, hay momentos en los que el montaje se extiende demasiado en repeticiones innecesarias que hacen que, en ocasiones, el espectáculo se torne lento y tedioso.

En definitiva, Liddell presenta un espectáculo rompedor que hace que el público la aplauda hasta la saciedad. Y no es para menos; restriega a la sociedad que sigue enclaustrada en el miedo, en lo antiguo y la empuja a darse cuenta donde ocurren todos los cambios necesarios: mostrándolos sobre un escenario.

Crítica realizada por Norman Marsà

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