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05.02.2020 Críticas  
No es fácil estar en la misma página del amor

Estos últimos días de enero, la joven Compañía Afflictus (Only Love Can Hurt Like This) ha presentado en el Barts Club de Barcelona su nuevo espectáculo Let me down slowly, en el que aborda las normalidad de las relaciones amorosas que a veces nos empeñamos en llenar de excepcionalidad.

En escena, solo dos personas: los autores Èric Pons y Anna Torrella, arropados por los audiovisuales urbanos de Mar Martínez y el espacio sonoro de Sara Vidal. Entre bambalinas el resto de la compañía: Adrià Andreu, Bruna Artigal, Ivet Duran y Alba Paituví, que se reparten tareas de codirección, diseño escénico (unos cubos que ayudan al principio a identificar personajes, y que luego sirven para ir creando espacios), vestuario, iluminación y coreografía.

La obra comienza con varios personajes que se preparan para buscar pareja, bien consolidando sentimental o sexualmente una relación previa, o iniciando una nueva, mediante llamadas telefónicas y mensajería electrónica. Hay casos de lo más diverso, desde lo romántico a lo puramente carnal. Varias de las historias se van cruzando y asistimos a encuentros, desencuentros, pero sobre todo a comunicación y falta de comunicación. A mitad de la obra hay un bloque entero interactivo en que los actores hablan con el público sobre sus expectativas y experiencias a la hora de buscar y mantener una o más parejas, decir lo que se lleva clavado en el interior, sincerarse, liberarse. Justo antes tenemos el momento más plástico de toda la obra, un abandono tormentoso bailado espasmódicamente por una Anna Torrella desolada y desconcertada.

Pero Let me down slowly no es una obra sobre el poliamor. Transita por él con cotidianidad, lo da, esencialmente, por supuesto como una opción más. Igual que las relaciones heterosexuales o pansexuales; teniendo a los jóvenes de hoy en día como motor y espejo, todo eso lo da ya por incorporado a la normalidad, no es tema más allá de la eterna duda humana de cómo mantener las relaciones al mismo ritmo desde los dos lados de cualquier pareja (exclusiva o no). Y ese, desde luego, no es un tema que se presente con frecuencia sobre las tablas. Miles de personajes se enamoran, pero parece que generalmente lo hacen a la vez y con la misma intensidad, cuando la realidad es más complicada. Let me down slowly reduce, en esencia, su mensaje a «las relaciones serán más sanas y menos dolorosas para todo el mundo si la comunicación fluye».

Y probablemente ese es el mayor pero que se le puede poner a la obra, que intenta, después de todo, comunicar una idea muy simple. Que emplea mucho tiempo en plantear unas líneas de respeto quizás básicas en relaciones más maduras. Hay que respetarse, hay que hablar las cosas: bueno, sí, pero tal vez no hace falta hora y media para subrayar esencialmente esa única idea. Tampoco es creíble que todos los conflictos que se plantean se resuelvan, sencillamente, hablando, o que, con una filosofía un poco Mr. Wonderful, incluso aquellos momentos malos fueron buenos para nosotros. Ni sirve de demasiado que se use a un espectador para volcar problemas de los actores (una idea, de partida muy buena) cuando se les dice exactamente lo que tienen que contestar. El espectador como avatar pasivo dirigido sirve entonces para… ¿qué?

Hay ideas buenas, hay un trabajo de interpretación efectivo por parte de los dos actores en escena, y se ve una obra físicamente bien trabajada. Pero falta enjundia interior, menos superficialidad para unos planteamientos que, defienden, quieren ir más allá de la piel. O quedarse en la piel, tanto da, mientras tenga un sentido compartido. Falta completar la experiencia teatral con experiencia vital. Si no es que uno ya es demasiado mayor para servir como público efectivo de esta obra… que también podría ser.

Crítica realizada por Marcos Muñoz

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