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03.02.2020 Críticas  
Santo santo, yo te canto

Cecilia Valdés pasará a la historia del Teatro de la Zarzuela como la primera zarzuela extranjera representada en el liceo madrileño. Amores incestuosos, adulterio, lucha de clases, esclavitud y fervor religioso, son los intensos ingredientes de esta acalorada y desquiciada zarzuela cubana.

Cecilia Valdés (Elizabeth Caballero) fue “arrancada” de las entrañas de su madre, y ocultada en un hospicio, a los ojos de la sociedad, pues el secreto de Don Cándido Gamboa (Alberto Vázquez) no podía hacerse público. Pasan los años, y criada por su abuela Chepilla (Rosario Beholi), Cecilia se enamora del hijo legítimo de Don Cándido, el mujeriego Leonardo (Martín Nusspaumer), comprometido con la hacendada Isabel Ilincheta (Cristina Faus). Fiesta, son cubano, danzas tribales y latigazos en la espalda, marcan los devenires de estos, y todos los habitantes del barrio de Ángel, la Hacienda “La Tinaja” y el cafetal “La Luz”.

Novedades en la cartelera del Teatro de la Zarzuela, ya sea una versión de La Casa de Bernarda Alba, trampantojos como El Sueño de una Noche de Verano, o esta zarzuela caribeña, siempre son bienvenidas, y crean unas expectativas y un interés entre el público que animan a seguir de cerca la programación. Cecilia Valdés, estrenada en La Habana en 1961, es una rara avis que se disfruta desde la butaca, y es realmente refrescante ver la fantástica coreografía del cafetal de “La Luz” a la sombra de las hogueras, o a la esclava liberada Dolores Santa Cruz (Linda Mirabal) irrumpir en el patio de butacas con su triste historia y su “pom pom pom”.

Cecilia Valdés comienza como una historia clásica de amoríos y traiciones, pero su epílogo y apoteósis la convierten en una tragedia melodramática, que causa sonrojo y carcajadas entre el presente, por lo inesperado del giro, y el tono de melodrama telenovelesco que marca la dirección de Carlos Wagner, correcto durante el prólogo y los dos actos, pero desatado y demencial en ese final que recordaré como el mayor WTF de los finales zarzuelescos. Dirección musical, como siempre, impecable, de Óliver Díaz y sobrecogedora escenografía de Rifail Ajdarpasic, que por momentos se siente estática pero no por ello menos valiosa y evocadora.

A pesar del apoteósico desastre del desenlace, el público disfruta con los bailes de “los morenos”, cuyos artistas veremos muy poco por el Teatro de la Zarzuela, ya sea por rigor histórico o decisiones de la dirección artística, aunque yo pagaría por ver una Doña Francisquita con raíces africanas, caribeñas o mestizas, y visto el énfasis de la recepción de los bailarines y las bailarinas negras, quizás es hora de comenzar a abrazar que España es multirracial, como siempre lo ha sido, y cada vez lo será más. Echo en falta un Leonardo Gamboa en plena forma vocal (día bajo en el estreno para Nusspaumer, con miraditas de reojo y codazos entre la audiencia, y algún abucheo en aplausos), una Cecilia Valdés con personalidad arrolladora o una Isabel Ilincheta realmente comprometida con la causa esclava.

Crítica realizada por Ismael Lomana

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