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18.12.2019 Críticas  
Bajo las sábanas

Todos los domingos se representa Noches de hotel en los Teatros Luchana de Madrid, una comedia dramática dirigida por Mariano Rochman con cuatro personajes envueltos en diversas historias que demuestran la complejidad de las relaciones humanas.

Una habitación de hotel marca el inicio de este espectáculo, cuya idea general está formada por cuatro bloques o escenas que pueden ser, o no, correlativas en el tiempo; de modo que permite realizar un fabuloso ejercicio de creatividad a los espectadores y espectadoras.

Uno de los puntos fuertes del texto es la estructura narrativa, que va alternando diversas situaciones para que el público las ordene cronológicamente de la manera que prefiera. Por supuesto que todas las opciones son válidas, pero queda claro que las emociones son la clave de nuestras decisiones y, en esta ocasión, no puede ser de otra manera.

A pesar de la gran intensidad emocional puede resultar poco creíble en determinados momentos por pura sobrecarga de desgracias con sus respectivas soluciones; pero todo fluye a buen ritmo gracias al trabajo de los actores y actrices puesto que en su trabajo es donde reside el peso fundamental de Noches de hotel.

Antes de saltar a escena, cada uno de ellos rompe la cuarta pared y se presenta al público, compartiendo un espacio con los que estamos allí presentes para contarnos detalles de su vida personal y, de esta manera, crear cierta complicidad entre artistas y espectadores.

Un reparto de cuatro actores –José Bustos, Sauce Ena, Xoel Fernández y Elena Rey– con una enorme complicidad entre ellos y bien compenetrados en todo momento. Se mueven con mucha soltura y naturalidad por un escenario fijo que recrea la habitación de un hotel de la mano de Juan Sebastián Domínguez. La puesta en escena es sencilla y acogedora y juega en todo momento a favor del texto y de la interpretación de los cuatro actores, por lo que acaba siendo un montaje muy cuidado en cuanto a su estética y puesta en escena pero, desgraciadamente, no puedo decir lo mismo de la iluminación a cargo de Raquel Rodríguez.

Las transiciones de los personajes, momento para que los actores se luzcan ante el público aprovechando los fuera de escena, acaban eclipsadas por un par de focos –uno a cada lado del escenario- que apuntan intensamente a las butacas en esos momentos y que obligan a los espectadores a entrecerrar los ojos o usar la mano a modo de visera para ver lo que ocurre.

Es una pena que no podamos disfrutar al 100% de esos minutos en los que los intérpretes pueden aprovechar al máximo su exposición actoral, demostrando cuánto trabajo hay detrás de esa expresividad corporal y facial.

En definitiva, un planteamiento inicial bastante interesante y entretenido que pone en manos del espectador qué ocurre primero y qué después, aunque también bastante previsible en determinados momentos y al que le falta consistencia sobre todo en la resolución pero que se contrarresta por el buen trabajo y la enorme complicidad de los actores.

Crítica realizada por Patricia Moreno

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