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14.12.2019 Críticas  
Por un amor inteligente y emancipado

Subir al Àtic22 estos días resulta un ejercicio teatral saludable. El Teatre Tantarantana acoge a la compañía Com Un Llum Teatre y juntos participamos de una fiesta de cumpleaños. Salvatge (em fas mal significa me dueles) ofrece una buena oportunidad para replantearnos nuestra concepción del amor romántico.

La tristeza se bebe (y se combate) en chupitos de color azul turquesa. La dramaturgia y dirección de Sílvia Mercè i Sonet aciertan tanto en el tratamiento del tema elegido como en el trabajo con los intérpretes. La puesta en escena nos sitúa prácticamente alrededor de la mesa donde se celebrará el encuentro entre cinco personas cuyo vínculo parece ser la amistad con muchas de las acepciones y modificaciones posibles sobre el termino. Y, ¿qué sucede cuando toca enfrentarse al amor romántico preconcebido y prefabricado con alguien al que conoces desde hace tiempo y con el que de algún modo has compartido parte o la mayor parte de tu vida? De un modo no excesivamente discursivo pero con fuerte preeminencia ideológica se tratará la confraternidad, la lealtad, el cariño, el apego… También la parcialidad y la empatía. Siempre a través de situaciones reconocibles para la mayoría de nosotros. El texto y la profundización en los temas nos acerca a un atrayente e imaginario reboot no musical y rejuvenecido del Company de nuestros admirados Stephen Sondheim y George Furth.

Hay reivindicación en esta pieza. Para un servidor, la más y mejor llevada es la de la juventud. Un término que en ocasiones los que nos queremos aferrar a ella usamos de modo peyorativo y que aquí se convierte en muestra de que el teatro es joven no solo por la edad de quien lo realiza o de quien ocupa el aforo de la sala sino por la mirada. La experiencia es un grado y, en este caso, la de todos los implicados se vuelca en mostrar una negativa a seguir patrones y la firme voluntad de explicar a través del lenguaje dramático su conocimiento del mundo sentimental y romántico. Por supuesto a través del texto y de la interacción con el público pero también a través de la expresión corporal que rompe con las distintas situaciones e introduce unos muy logrados «apartes» en la que los intérpretes consiguen algunos grandes momentos individuales. Este sucede gracias a la complicidad del diseño de luces de Marc Rider y de la sugestiva banda sonora de Marc Soto (La Sra. Tomasa).

Funciona muy bien la combinación de personajes e intérpretes presentes en escena y a través de vídeo (en este caso, Núria Llausí). Recursos de los que no se abusa en exceso pero que nos introducen muy bien en los códigos y canales comunicativos de los personajes y su generación. Del trabajo conjunto se engrandece el resultado final. De los vínculos mostrados a nivel grupo, pareja e individuo. De este modo, Míriam Bartes aporta naturalidad, empuje y lleva a su personaje al punto de ebullición necesario en cada momento. Alberto Trejo se revela como un actor de carácter, en el sentido que actúa las emociones y estados de ánimo con una rotundidad y seguridad asombrosas. Aleix Peña juega con lo que su personaje muestra y lo que realmente siente con verosimilitud y progresión. Marià Llop consigue llevarnos al mundo interior y aparentemente ausente de su personaje a través de la profundidad de su mirada y la elocuencia de sus silencios. A su vez, Claudia Nogués muestra una presencia escénica muy destacable y se lanza a mostrar todas las aristas sensibles en estos apartes que comentábamos más arriba de un modo admirable.

Lo que somos, lo que queremos ser y lo que mostramos y, sobretodo, nuestro nivel de (in)satisfacción al respecto. Con actitud e intención (también de la autora y directora) se normalizan las múltiples concepciones de identidad y género, así como las posiciones sentimentales y sexuales, algo que enriquece y aporta al debate social.

Finalmente, Salvatge nos explica algo que, independientemente del momento vital en que nos encontremos, siempre va bien escuchar. No se trata de querer porque sí y a toda costa sino de quererse mútuamente y bien. Sin etiquetas (auto)impuestas y siguiendo como único patrón nuestra propia realidad anímica. Amor también como forma de aprendizaje y conocimiento mutuo. En tiempo presente y sin anacronismos. Anteponiendo autoestima, desarrollo personal y sobretodo reafirmando la idea de que las personas somos naranjas enteras y no la mitad de nadie. Por un amor salvaje, sano e indoloro, vayamos al teatro.

Crítica realizada por Fernando Solla

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