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29.11.2019 Críticas  
Un estusiástico Skid Row habitado por dos grandes protagonistas

El Teatre Coliseum se ha convertido en un entusiástico Skid Row habitado por dos grandes protagonistas. El montaje de La tienda de los horrores dirigido por Àngel Llàcer y Manu Guix no solo capta la relevancia de la pieza original sino que nos ofrece una propuesta con entidad propia en la que todos los implicados sobresalen con un trabajo distinguido y muy bien entendido.

La dirección musical de Guix ha captado y alcanzado la importancia de la música de Alan Menken y el libreto y letras de Howard Ashman. No era tarea fácil. Little Shop of Horrors se sirve de distintos estilos musicales y se convierte en un glorioso pastiche que incluye R&R, Gospel, Rock and Roll o el Doo-wop, incluso el klezmer. Géneros amalgamados gracias a una orquesta aquí compuesta por piano, saxo, trompeta, bajo, guitarra y batería. Arreglos y ritmo cuya potencia nos podría acercar a lo que sentimos en un concierto pero siempre teniendo en cuenta la fuerza dramática y narrativa del momento y resaltando siempre la función comunicativa e informativa sobre los personajes, además de transmitiendo un fuerte significado social. Como valor añadido, nos encontramos ante la partitura precursora de muchos de los éxitos Disney en los que el tándem se consolidó como prácticamente infalible. Quizá The Little Mermaid sea una de las muestras más relevantes, ya que las semejanzas entre Somewhere That’s Green y Part Of Your World son más que evidentes.

Cadencias y armonías que acercándose al pop incluyen y se complementan con los distintos géneros dramáticos o la elección de algunos de sus elementos más característicos para explicar la historia de Seymour y Audrey. En este terreno, la dirección de Àngel Llàcer acierta y arriesga. Como es habitual, podemos estar más o menos de acuerdo con algunas decisiones marca de la casa y que rompen con la cuarta pared y con el relato que se explica pero, en este caso, estos momentos resultan prácticamente inofensivos. El trabajo que se ha realizado aquí no solo hace justicia al original sino que nos ofrece una versión que debería convertirse en referente para las que puedan venir. En primer lugar, la elección del elenco resulta un gran acierto. Una puesta escena y una aproximación a cada personaje que logra explicarlo todo y a todos. Y, sobretodo, lo más complicado, la hibridación y mutación genérica sucede de modo orgánico y sin fisuras, sin que prácticamente nos demos cuenta. Una solución tanto o más potente que los injertos de nuestro protagonista. De la comedia a la sátira pasando por la inclusión progresiva de la tragedia hasta convertirse en una distopía casi cyberpunk. Diversión, emoción y ese sentimiento incómodo que nos invade al sentirnos reflejados e identificados con algo que quizá no podemos explicar pero que sabemos que está ahí.

En la década de los 60 del siglo pasado, la película de Roger Corman se pudo leer como una fábula sobre la era atómica, como muchas de las películas de terror y ciencia ficción de la época, y jugó con los temores de una nación enloquecida. Ya en 1982, cuando se ideó la versión musical se revitalizó y amplió el mensaje hacia una sociedad obsesionada con la celebridad a cualquier precio. A día de hoy, cuando la fama es considerada por muchos como un derecho constitucional, lo que podría haberse quedado en una gran broma enfermiza nos lanza un mensaje alto y claro: abrázala bajo tu propio riesgo. Esta es nuestra condena. Y esto muestra La tienda de los horrores. El riesgo no solo esta aquí, sino especialmente en no suavizar algunas temáticas o rasgos de los personajes que cuya lectura podría malinterpretarse a día de hoy (véase la violencia machista y la auto-sumisión). No nos confundamos y miremos (y escuchemos) bien, que el mensaje de esta fábula llega claro, fiel al original y con un muy acertado alcance para todos los públicos. Junto al de Llàcer y Guix, el trabajo en la traducción de Marc Artigau merece mención especial. Tanto en lo que se refiere al texto como a las letras de las canciones. Réplicas y soliloquios que en ocasiones deben acercarnos a la viñeta o caricatura siempre mostrando la evolución de la historia y los personajes. Aplaudimos la decisión de mantener el inglés para algunas frases y palabras y para captar y transmitir el sentido de unas letras en un idioma cuya sonoridad y gramática poco tiene que ver con el original.

En lo referente a la puesta en escena, hay un trabajo conjunto muy destacable y que, sin duda, distingue la propuesta y la diferencia de otros montajes de alcance internacional que podamos tener en mente. La visión es transversal y está completamente alineada entre sus distintas facetas escénicas. De este modo, la escenografía de Enric Planas y Carles Piera, el vestuario de Míriam Compte, la caracterización y peluquería de Helena Fenoy y Marta Ferrer, la espectacular iluminación de Albert Faura y el brillante sonido de Roc Mateu, nos sitúan en un contexto entre futurista y distópico justo después de ese premonitorio eclipse solar. Hacía mucho tiempo que no veíamos un uso tan acertado de los tres niveles escenográficos y una frontalidad tan bien entendida. Entre todos se aproximan a una estética que mantiene la escala y sensibilidad del original y nos sumerge en esa estética entre pulp y de Serie B monstruosa muy atractiva y que nos impacta de un modo tan potente como una viñeta de cómic. Las piezas del coro y del elenco son pura fantasía cibernética. Como si Skid Row y Candem Town se fusionaran y nos trasladaran al paraíso de la moda futurista flúor y rave de Cyberdog. El uso del láser y los efectos de sonido integradísimos en las canciones y en concordancia con el movimiento escénico de los intérpretes nos incluye de un modo muy especial e impactactante dentro de la acción y conviven con una experiencia musical inmersiva.

Y por supuesto, los intérpretes. El nivel que encontramos en cuanto a voces, integración del texto y canciones en una misma línea interpretativa y ejecución de la enérgica y llamativa coreografía de Miryam Benedited es excelente. Aquí se cumple de principio a fin la máxima que dice que no hay papel pequeño si el intérprete no lo es. Especialmente acertado el elenco formado por Victor Gómez, Sylvia Parejo, Bernat Cot, Natán Segado y Raquel Jezequel, que se convierten en el alma de Skid Row. Precisos y magnéticos en todas sus intervenciones (ojo a la perfección de Segado en su visita al dentista o a Jezequel en su intro a Downtown). Mención especial a su condición de cover. A estas alturas del recorrido de la pieza, les hemos podido ver enfrentándose a los papeles protagonistas y su labor dignifica y de sentido al término. Ferran Rañé se siente cómodo con un Mushnik al que dibuja con esa falsa amabilidad del lobo con piel de cordero, sin caricaturizar en exceso. A su vez, José Corbacho aprovecha la posibilidad que se lo ofrece (y que de algún modo también propicia su personaje) de mostrarse a sí mismo a la vez que se transforma en un dentista desfasado y divertido, como debe ser. Manu Guix sorprende dando voz a la planta y de algún modo dirige en vivo, además de la orquesta, el tono que debe adquirir la propuesta para que la experiencia musical del espectador sea completa. Una adecuación vocal a los géneros musicales del (in)animado personaje impecable.

¿Podemos decir que tenemos las mejores Ronette, Chiffon y Crystal? Probablemente, sí. The Sey Sisters no solo dan el clavo con todos los géneros musicales que les toca defender sino que aprovechan su maravillosa caracterización para convertirse en el coro que va asentando los cambios de tono y de situación y que nos sitúa en el estado actual de cada momento (muy a favor de las piezas de vestuario iniciales, premonitorias del diseño que descubriremos de Audrey II). Y por fin llegamos a Audrey y Seymour o, lo que es lo mismo, Diana Roig y Marc Pociello. Una Audrey a la que le toca defender tanto algunas de las canciones más narrativas como los dos himnos de la función (Lejos de aquí y Siento que Seymour) y que nos hará creer que Ashman y Menken escribieron los temas para que ella los interpretara. Fantástica en todas sus intervenciones tanto en tono, como en intención y con una química absoluta, tierna y muy emotiva con su compañero (su último momento juntos en escena es francamente inolvidable). A su vez, Pociello se convierte en el Seymour soñado por cualquier aficionado a este y a cualquier musical. Una aproximación a la que aporta el punto justo de caricatura y una progresión que nos muestra el (complejo) viaje emocional de su personaje al completo, tanto a través del texto como de las canciones y de la ejecución de las coreografías y la naturalización del movimiento escénico. Sabe como transformarse gracias a las piezas de vestuario y de las icónicas gafas de pasta y capta nuestra ternura y empatía de principio a fin. Realmente, el mejor Seymour que podíamos imaginar. Dos cabezas de cartel inolvidables y que dignifican con sus interpretaciones al género que defienden.

Finalmente, La tienda de los horrores se convierte en muestra y ejemplo de a lo que debe aspirar el género a día de hoy. Un montaje que justifica no solo la elección del título sino la aproximación y la oportunidad. Un equilibro absoluto entre texto y piezas musicales cuya dramaturgia regala una más que feliz convivencia. Una aproximación que sin duda se convertirá (si no lo es ya) en referente individual y genérico sobre cómo todas las disciplinas que intervienen en una propuesta de estas características deben incluirse y escucharse como si de una sola se trataran y siempre vinculadas a lo que se quiere explicar. Solo así, el resultado final será tan brillante como el que disfrutamos aquí.

Crítica realizada por Fernando Solla

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