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18.11.2019 Críticas  
Zarzuela del absurdo

Continúa la temporada del Teatro de la Zarzuela tras El Caserío, con Tres Sombreros de Copa, basada en la obra homónima de Miguel Mihura, tras haber sido estrenada en 2017 en el Teatro Sérgio Cardoso de Sāo Paulo, tras un encargo de la New York Opera Society, Inc.

Dionisio (Jorge Rodríguez-Norton), pasa la última noche de soltero en el hotel de Don Rosario (Emilio Sánchez), antes que Don Sacramento (Gerardo Bullón) se presente a primera hora de la mañana para llevarle hasta los brazos de su hija Margarita. Una inesperada irrupción en su habitación de Paula (Rocío Pérez), perseguida por su novio Buby Barton (Boré Buika), hacen que su su apacible noche se convierta en una improvisada despedida de soltero, en compañía de todos los artistas del Circo de Buby Barton

No siempre un buen material tiene una satisfactoria traslación a un escenario, y más, a un entorno lírico, y es aquí donde el esfuerzo de Ricardo Llorca, a cargo de la música y adaptación, y José Luis Arellano, a la dirección de escena, son loables, aunque fallidos. Tres Sombreros de Copa es una zarzuela átona, nada disfrutable, y con el humor del original tan bien escondido, que no hace aparición más que una vez en escena. Lo que podría haber sido una comedia de enredos (que lo es), con grandes momentos del absurdo (como el original), se ha traducido a la escena del liceo en una sucesión de diálogos sin ritmo, lugares comunes tan comunes que pasan desapercibidos, y unos personajes sin el más mínimo interés, donde hasta la química entre los principales, como Dionisio y Paula, es tan inexistente, que solo deseas que cada uno acabe la fiesta en su dormitorio y caiga el telón.

Toda regla siempre tiene una excepción, y esta es la presencia siempre grata y divertida de Enrique Viana, cuyas tarantellas de Madame Olga “steals the show”, y rezas para que su mujer barbuda vuelva a bajar las escaleras del hotel y te cuente qué más era su marido Monsieur Durand, si gourmand, chalant o bon vivant. Comienza a ser necesaria una zarzuela travesti, de la que Viana sea su abanderado: un Priscilla Reina del Desierto lírico, o una adaptación de La Mala Educación, en la que las señoras abonadas a la Zarzuela, convoquen manifestaciones a la puerta, blandiendo carteles en pro de la tradición, y sacudiendo sus perlas al unísono de sus proclamas.

La resultana escenografía de Ricardo Sánchez Cuerda, recuerda al último proyecto de La Joven Compañía en los Teatros del Canal, aunque aquella la firmaba Paco Azorín, y en su construcción creo que no se ha tenido en cuenta la terrible acústica que generaba. Los diálogos y las canciones no llegaban ni a la final 8 de la platea, así que asumo que a duras penas al tercer piso. La música reinaba sobre todo lo demás (aunque no sobre Enrique Viana), y Diego Martin-Etxebarria al cargo de una partitura que se percibe con una gran dificultad técnica, hace un trabajo excelente, aunque sin frutos. Este Tres Sombreros de Copa, en versión concierto, hubiese sido más disfrutable en cuanto a que únicamente la música se percibía como valioso, ya que los diálogos eran absurdos.

Rocío Pérez recibió un par de “brava”, Gerardo Bullón en su intervención, también gustó, pero ni los bíceps de Marco Covela, ni el siempre grato Mon Ceballos, ni Jorge Rodríguez-Norton siempre esforzándose al máximo por destacar, pueden levantar una función que se hace eterna, y donde ni siquiera el Coro Titular del Teatro de la Zarzuela, siempre excelente, destaca lo más mínimo ante semejante desvarío insulso y desganado.

Crítica realizada por Ismael Lomana

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