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25.09.2019 Críticas  
Sin agobios

Si la nueva temporada del Teatro Español la ha abierto la fantástica Lo Nunca Visto, la sala Principal, les sigue, a la zaga, con el cartel mediático de El Sirviente, una curiosa propuesta que abandona lo perturbador para convertirse en una comedia ¿involuntaria?.

Tony (Pablo Rivero) vuelve de guerrear en el Tercer Mundo, y precisa suplir todas esas carencias que ha padecido, contratando un sirviente para su nueva residencia, Barret (Eusebio Poncela), donde poder gozar de la compañía de su novia Sally (Lisi Linder), de su amigo y compañero Richard (Carles Francino) y de los servicios extraordinarios de su limpiadora Vera (Sandra Escacena). Las dinámicas entre la pobre gente rica y los sibilinos empleados, comienzan a tomar un cáriz que invertirá la polaridad de los dos grupos.

El plantel de este El Sirviente es todo lo que un gran teatro puede pedir, con rostros populares de la televisión, el cine, para llenar la platea a golpe de famoseo. Esta estrategia suele colisionar con la calidad del producto final, mas allá de colmar la fascinación del espectador de poder ver de cerca a sus ídolos, y además, empaparse de un poco de cultura teatral, que nunca está de más, y, cumpliendo pronóstico, tristemente, esto es lo que aquí ocurre. El espectador se enfrenta a una (larga) hora y cincuenta (largos) minutos de diálogos insustanciales, predecibles reacciones de sus personajes, y una historia que, llevada de otra manera, no resultaría harta inverosímil y gratuita.

Un prometedor diseño de escenografía de Ikerne Giménez (también encargada del vestuario), recibe al público, y según avanza la trama, se rebela “barata”, y vuelve a brillar en el tramo final, cuando se ve el esqueleto de la misma, sustentado sobre un espectacular diseño de iluminación de Miguel Ángel Camacho, que me llevan a un Chicago en Broadway, aunque ya sea demasiado tarde. Mireia Gabilondo a la dirección de la traducción de Álvaro del Amo, del original de Robin Maugham, me recuerda a aquello que hizo Carme Portaceli con las Troyanas, en esta misma sala.

Gabilondo dirige El Sirviente con mano laxa, encontrándonos con cuatro “bloques” de registro, para cinco intérpretes. Carles Francino y Lisi Linder, están a una, pero demasiado encorsetados, y en el caso de Francino, envarado. La nominada al Goya y al Feroz de 2018, Sandra Escacena, se encuentra en “Élite”, si entendemos el símil como un registro en sí. Pablo Rivero, sabe dónde está, su personaje tiene una evolución, y parece ser el único que ha asimilado de qué va todo, aunque es una pena que al menos Linder y Francino le acompañasen. Eusebio Poncela está en una obra totalmente diferente a El Sirviente, o al menos, a lo que se esperaba de ella, y no parece que obedezca a ninguna indicación mas que a su voluntad. Todas sus intervenciones recuerdan a “Celeste no es un color” de Lina Morgan, y por momentos uno se traslada al Teatro de La Latina, con el público desternillado con cada frase, y hasta un arranque de aplausos en una escena que debería haber sido el cúlmen de la perversión que empapa el texto, pero que aquí queda como una fin de primer acto de un espectáculo de varietés, sin plumas (un plumero, justificadísimo para Barret, hubiese redondeado ese momento).

Me apena que El Sirviente no cumpla con inquietar al público, comprobar cómo la lucha de clases, ejecutada como un intercambio de roles mediante la sumisión, la vergüenza, y el control mental, sea un hecho anecdótico, que cuando sucede, quede totalmente gratuita e inverosímil, y todo ello por una ausencia casi completa de labor de dirección, que ejecuta literalmente la única norma a recordar de los protagonistas: “nada de agobios”. El Sirviente queda mas como una excusa para el lucimiento de Eusebio Poncela, que realmente ya lo hacía en Esta (No) Es la casa de Bernarda Alba, y al menos ahí se encontraba correctamente dirigido, como el resto del elenco, por Carlota Ferrer.

El Sirviente satisfará al público hambriento de caras conocidas, pero no a una audiencia que le pida algo más al teatro que eso, o que al menos se encuentre equilibrado entre calidad y cantidad de fama.

Crítica realizada por Ismael Lomana

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