novedades
 SEARCH   
 
 

09.04.2019 Críticas  
Inteligencia emocional

Oportunidad insólita en el Teatre Tantarantana. El Eje deslumbra con una clase magistral de lo que debería ser y reflejar una distopía. Röbota (Servitud) es una pieza que mantiene la fuerte carga reivindicativa de la compañía y la desarrolla a través de una dramaturgia creativa y certera. Cruda e inteligente.

Regimentación social, consumismo desenfrenado, desigualdad, segregación (racial, sexual, genérica, clasista…), deshumanización, abuso de la tecnología, nueva clase de gobernantes, propaganda versus verdad, totalitarismo, terror estatal para mantener el yugo del régimen, poder dominante transversal e incisivo, tragedia individual… Tras Masticar hielo y su contribución nuclear a Elefant terrible, ¿qué podíamos esperar de esta compañía? ¿Cómo responder a los requerimientos del género elegido (prácticamente inexistente en el panorama escénico) aportando significado y sentido en todo momento? Superando el temor de la mayoría de vecinas cinematográficas que disfrazan y disimulan sus apuestas ideológicas. Aunque no se explicite a modo de panfleto, la agresividad y crudeza de las situaciones y estados anímicos reflejados, así como las decisiones (trágicas, futuristas y heterofóbicas) quedan perfectamente plasmadas y justificadas a través del desarrollo narrativo e ideológico de la propuesta.

Tras la asistencia, podemos afirmar que si Warner Bros., Dreamworks, Amblin Entertainment y demás secuaces hubiesen precedido que, en 2019, Mar Pawlowsky firmaría autoría y dirección de este proyecto, el guión de un filme como A.I. Artificial Inteligence no se le hubiese encargado a Steven Spielberg. No caeremos en el error de dibujar espejos con el mundo cinematográfico puesto que aquí se explotan y expanden las posibilidades dramáticas, tanto en el formato como en el contenido. Tanto por la ausencia de referentes como por la valía del resultado final, Röbota (Servitud) se convierte en preciado ejemplo y modelo.

La capacidad de Pawlowsky para conseguir réplicas concisas que sinteticen la esencia y errata de muchos de nuestros constructos sociales, personales, emocionales, afectivos y sexuales es oro puro. También su habilidad para dosificarlos en mitad de una historia concreta y de unos personajes muy bien dibujados, también en sus contradicciones. De un modo impresionante se muestran ejemplos que validan la contrarréplica. Por ejemplo, la obligación a la homosexualidad surgirá del problema que supone la superpoblación mundial. De este modo, en este mundo de esclavitud y servidumbre, se entiende que la culminación de una relación heterosexual es la procreación y no concibe la búsqueda de placer sexual, especialmente cuando la mujer es la que toma la iniciativa. A día de hoy, el colmo de las relaciones entre personas del mismo sexo sería su imposición por no concebir cualquier otro ejercicio parental fuera del engendramiento. Amor y fronteras de la imaginación, relaciones monógamas nacidas del miedo a la soledad, posesión e inseguridades como sinónimo de mercantilismo de las emociones. Comprar amor y liberar máquinas. Comprar máquinas y corromper el amor. Sumisión sexual, cuerpos que son objeto y receptáculo de la búsqueda de placer. ¿Cuál es el amor bueno, sano, libre, generoso y desinteresado? ¿El de Palía o el de Eva? Prototipos que rompen arquetipos. Ese será Broto.

Este nivel de precisión y disección se ha trasladado también a la dirección, escénica y de intérpretes. También al resto de disciplinas que forman parte de la función. De este modo, el espacio de Sergi Cerdan, así como su iluminación (junto a Itsaso Arizkuren) construyen lo máximo con los mínimos elementos. Con apenas algunos objetos puntuales y un par de cortinas traslúcidas activan y despiertan nuestra imaginación al mismo tiempo que facilitan el hipnótico y maravilloso movimiento escénico de los intérpretes (gran trabajo junto a Irene Garcia «La Quebrá»). Mención especial para las piezas de vestuario de Alba Thompson (y para la caracterización de Lídia Chacón), que se convierten en una de las señas de identidad de la propuesta. Patrones que no esconden la sinuosidad y voluptuosidad de unos cuerpos y que al mismo tiempo delimitan el movimiento de los mismos, algo que contrastará con el estallido trágico de sus reacciones más humanas. Los audiovisuales de Arizkuren, así como el buen uso y dosificación del formato pantalla destacan y optimizan el resultado final, redondeado por un especialísimo diseño del espacio sonoro, que también firma Pawlowski y que nos mantiene absortos en esos momentos en los que la ausencia de cualquier tipo de resonancia nos sitúa en un terreno cercano a la ingravidez. Algo que alcanzamos a través del espectro auditivo y que es realmente sobrecogedor.

El verdadero apocalipsis emocional en el que se convierte la función se alcanza gracias a tres intérpretes compenetrados y comprometidos con los requerimientos de la propuesta. Tanto en la creación de un carácter férreo como en la muestra de su derrumbamiento, descartando y convocando especificidades y contradicciones, el éxito individual y colectivo es rotundo. Marc Ribera (nos gusta reencontrarnos con él sobre las tablas) consigue mostrar todas las luchas internas de su personaje. Con sensibilidad pero sin ahorramos lo áspero y duro de algunas actitudes y comportamientos. Del amor a la obsesión y el agravio plasmando siempre el recorrido y el porqué. Maria Hernandez nos sacude con una interpretación arrolladora que despierta nuestra empatía y conmiseración incluso a través del sentido del humor. Consigue un tono vocal y emocional alterado para plasmar esa petición de auxilio que se esconde tras la asfixia y el vacío. Cada una de sus intervenciones se convierte en un momento álgido y para el recuerdo. Contemplar la función a través de la mirada de Eric Balbàs supone un auténtico viaje a través de las emociones, paradojas y equivalencias que describe la obra. Su expresividad aparentemente contenida del principio y el desarrollo de la misma consigue que el aprendizaje que adquiere Broto lo sintamos y asimilemos como nuestro y a tiempo real, así como todo la carga ética y estética de la pieza. Los tres son portadores de la reivindicación de la pieza a través de la creación del ejemplo (a partir del caso individual y ficticio) que retrata, interpela y nos increpa durante esta función. La naturalización en sus interpretaciones del particular movimiento escénico es especialmente destacable. De nuevo, un trabajo espectacular.

Finalmente, aplaudimos la capacidad de todos los implicados para jugar con el género y las herramientas narrativas elegidas. Aparentemente establecidos en un futuro (que será presente en la narración), el modelo post-apocalíptico funciona ya no como ventana sino como potente revulsivo de nuestro presente inmediato. También, y de modo coetáneo, se integra una afilada y cáustica ponderación del estado actual de las artes escénicas (cuota de taquilla, renuncia al aburguesamiento de profesionales y contenidos, actitud y motivaciones del público…). Propuesta a propuesta, manteniendo sus señas de identidad pero sin repetirse y de un modo nada distópico, El Eje aporta un importante valor añadido a lo que debe significar hacer y consumir teatro a día de hoy, convirtiendo este porqué en una inestimable (e ineludible) realidad.

Crítica realizada por Fernando Solla

Volver


CONCURSO

  • COMENTARIOS RECIENTES