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21.03.2019 Críticas  
Apasionante (y desasosegante) inmersión intertextual

La Sala Atrium nos ofrece una oportunidad privilegiada para sumergirnos en la que probablemente sea la pieza más desesperada de Sarah Kane. La Cia. La Salamandra provoca una intensa y muy potente sacudida con una puesta en escena de Ànsia (Crave) que comprende, penetra, discierne y transmite la delirante y frenética intertextualidad del original.

Una propuesta afianzada a partir de cuatro robustos pilares (dirección, traducción, interpretación y concepción del espacio escénico). Tras asistir a esta función, no se nos ocurre mejor modo de aproximarse a la obra que a partir de un enfoque tan directo como este, enfatizando una estructura musical cuya rítmica se hilvana con las cuatro voces que se entrelazan y resuenan entre sí. Voces solitarias como lamentos que imploran respuesta, condenadas a no hallarla y a repetirse en un bucle de duración indefinida. Y, al mismo tiempo, personajes cuya abstracción no los hace menos reconocibles e inducidos por actitudes y prácticas discutibles, cuando no dañinas.

La exquisita a la par que ecuánime y equitativa (con respecto al texto original) traducción de Chap Rodríguez Rosell se impregna de una estructura rota deliberadamente, como si el planteamiento fragmentado fuera la única respuesta posible a un mundo (interior y exterior) en ruinas y, por extensión, para los humanos que lo habitamos. Un intrépido juego de poder en relación a la forma y el contenido. La violencia asertiva de las palabras precisas. Capta con sensibilidad y sin ahorrarnos ni un ápice de angustia la intensidad poética del lenguaje reducido a la mínima expresión, a la vez que mantiene la exploración de tan particular forma teatral. Aquí la acción se sustituye por la potencia de las palabras, tan extremas y violentas como una contienda bélica. También en nuestro idioma. Por fin, no hace falta acercarnos a un texto de la autora con la condescendencia o justificación de su devenir vital para explicar, comprender o justificar el desarrollo o idiosincrasia de la pieza.

Loredana Volpe mantiene un pulso férreo entre las connotaciones físicas y psicológicas de los temas tratados: anhelo de amor redentor, deseo sexual, tortura, dolor y muerte. Por fin, una directora que se atreve con un texto del que no se intuyen prácticamente acotaciones. Una labor que se extiende también al diseño del espacio escénico y a la elección de las piezas de vestuario. El trabajo con los intérpretes es capital ya que se situarán frente a nosotros y aunque la brutalidad y crueldad de lo que escuchamos pueda inducir a cierta confrontación inicial, terminarán por convencernos profunda y progresivamente de que son gente tanto o más común que nosotros y que, al mismo tiempo, bien podrían ser la transmutación actual y trágica de un coro griego. Ese que dibuja un mundo en el que el amor y la desesperación, las víctimas y los verdugos, la desolación y alguna risa entre débil y ahogada coexisten entre sí en un mismo cuerpo y en semejante alma. El regalo de Volpe (y Rodríguez Rosell) es traspasar y entregarnos el gran porqué de Kane. Algo que asimilaremos de un modo prácticamente imperceptible: la posibilidad de reparación que nos permite la vuelta a la vida tras la catarsis compartida.

¿Cómo escenificar esa lejanía que nos separa del prójimo? Aquí se aprovecha la ausencia de una trama al uso para enfatizar con la puesta en escena esta estructura tan libre, que bien podría asemejarse a un particular y algo macabro club de lectura en el que estarían convocados Jean Paul Sartre, Jean Cocteau, T.S. Eliot o Martin Crimp, por ejemplo) comentando los textos bíblicos. ¿Qué acciones deben realizar los actores para acompañar tan abrasivas palabras? La inacción o imposibilidad de salir de la rueda los situará a través de una suerte de árbol sefirótico dibujado con tiza sobre el suelo. Una fantástica alegoría en la que confrontaremos toda la brutalidad del texto con la carga alegórica de conceptos elevados a máximas como la sabiduría, la inteligencia, la belleza, la justicia, la eternidad, la misericordia, la victoria de la vida sobre la muerte… Contrastar estos términos con el texto de Kane y, por si fuera poco, hacerlo de manera espacial y aprovechando todas las posibilidades de la sala, resulta algo tan insólito como magistral.

Ya que no habrá pies para las réplicas, esta “ruta” marca el movimiento de los intérpretes y dota de un ritmo muy particular a la función, al mismo tiempo que conduce tanto la intensidad creciente como nuestra atención. Y tras la oscuridad más absoluta, la iluminación. Nos atrevemos a afirmar que NUNCA en la historia del teatro reciente (por la menos en la del que esto escribe) hemos presenciado una utilización del oscuro tan apoteósica. Por duración y al mismo tiempo adecuación al lenguaje interno de la propuesta. Palabras que traspasan esa oscuridad. Pausas lumínicas para escenificar ese acompañamiento por y hacia el final del túnel. Magníficos fogonazos (gran iluminación de Daniel Gener) que nos mantienen en un estado tan crispado y vulnerable como el de los protagonistas en una especie de comunión extrasensorial. Lo mismo sucede con la dirección de los intérpretes.

Aproximaciones planteadas como un ataque revulsivo hacia la limitación de una única definición. La identidad coherente será un mito infundado e inalcanzable. El estado anímico alterado a través de una suerte de poetas en prosa (excelentemente compenetrados) que implican que la noción del yo individuo (e individual) está indefectiblemente erosionada y sometida a nuestra necesaria (in)capacidad para relacionarnos con el prójimo. Seres frágiles que podrían convertirse en símil de la Hidra de Lerna. Su ubicación en el escenario bien se asemeja a la naturaleza policéfala de este ser mitológico. Dardos envenenados y violentos, prácticamente recibidos como un ataque terrorista hacia nuestra fingida quietud interior. Interpretaciones, que como los elementos lumínicos mostrarán y mudarán su potencia de 0 a 100. Compenetración que no renuncia a que cada uno se acerque de un modo particular.

Cuatro personalidades que nos retan a mirarlas fijamente. Porque los ojos comunican y las sonrisas también. Porque las lágrimas se hielan y la escarcha nos araña. La urgencia que transmite Anna Casas a través de esos ojos que nos buscan mientras repiten palabras y frases nos hiere profundamente. Así también Marta Ossó, cuya actitud llega a perturbarnos de un modo tal que nos arrastra al corazón de todos sus estados (los que habla y los que calla). Marc Garcia Coté nos reta de un modo muy particular y es a través de una provocación implícita a cada palabra o movimiento que realiza. Rodríguez Rosell hace suyas como actor sus palabras de traductor y consigue presentarlas de manera doliente y agresiva al mismo tiempo. Dicción y mirada directas y certeras, claras y aceleradas. Con una potencia y energía que consiguen que nos olvidemos de pestañear.

Sobre él recae el momento definitorio de la obra. Su monólogo es apabullante. Esa búsqueda incesante de interlocutor y su arrojo en la ruptura de la cuarta pared elevan al personaje y muestran su rechazo a reducirse al estatus de víctima. Pocas veces vemos tanta ferocidad o entendemos la necesidad de amar a toda costa. La nuestra. Hacia nadie y hacia cada alguien en concreto. Muy hardcore. Junto a ellos, la música de Alvar Llusá-Damiani se convierte, especialmente en el tramo final, en un protagonista más y ayuda a concluir y dar una forma onírica al desenlace de la pieza.

Finalmente, Ànsia (Crave) se desvela como una fuente dramática de cuyo chorro brotan torrentes de hallazgos escénicos. Tras la asistencia nace en el espectador una compulsiva necesidad de volver a observar fijamente los rostros y miradas de estos personajes. De escuchar y absorber toda la carga significativa y expresiva que los intérpretes les confieren. De acompañarlos de nuevo por esta magnífica constelación sefirótica que determina su movimiento por el espacio, físico e intrínseco. De recorrer los senderos y ramificaciones de esta liturgia que nos permite expirar en la más categórica oscuridad para germinar y conectar de nuevo a través de un dolor que aunque nos aflige también nos delimita y puntualiza. En definitiva, de vivir una de las experiencias (y ya van unas cuantas en la casa esta temporada) más determinantes que un espectador pueda concebir cuando entrega su voluntad a una pieza de semejantes características. Hay riesgo, pero el temor cede el paso a la confianza cuando yuxtaponemos nuestra propia zozobra a la de estos perspicaces y exquisitos anfitriones.

Crítica realizada por Fernando Solla

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