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20.02.2019 Críticas  
El abrazo que lo empezó todo

Gran año para Alberto Conejero, con dos textos representados simultáneamente, cosechando éxitos, como el de este colosal La Geometría del Trigo en el Teatro Valle-Inclán de Madrid. Historia de búsquedas y encuentros, elenco de lujo, y merecedora de todos los elogios.

Joan (José Bustos) emprende un viaje hacia el Sur, que no le vió nacer, junto a su mujer Laia (Eva Rufo), tras los pasos de la historia de Antonio (Juan Vinuesa), Beatriz (Zaira Montes) y Samuel (José Troncoso), cuyos destinos viraron hacia direcciones imprevistas, ante el juicio y la atenta mirada de Emilia (Consuelo Trujillo). Una historia de exilio, redención y amor, incondicional y condicionado, que se sobrepone ante las adversidades para triunfar pese a todo.

No se ni por dónde afrontar esta reseña, que no crítica, sin que quede en un texto de agradecimiento y admiración hacia Alberto Conejero y todos los involucrados en este proyecto. Y es que creo que en esto se va a quedar, porque pocas palabras puedo teclear expresando lo que La Geometría del Trigo me provocó, y porque solo las palabras de mi compañero Fernando Solla pueden ponerse al nivel y tener el calado y valor descriptivo necesarios para acometer la empresa de escribir sobre este texto y montaje. No me veo capaz ni me considero dotado para ello. Lo siento.

Quiero ser vago en cuanto a desvelar nada sobre la historia que Alberto nos cuenta, y su equipo maravilla nos interpreta e ilustra. Mas allá de escuchar en la sala “desde el principio sabía lo que iba a pasar”, lo importante no es lo previsible o no del argumento, sino la forma en la que está contado, y cómo te va envolviendo hasta el tsunami emocional que supone el desenlace, figurado y literal, porque el berrinche que me pegué camino de casa de J&A, tras salir del teatro, llorando en el Metro, solo lo igualan La Piedra Oscura, y, del otro Alberto al que adoro sobre todas las cosas, Alberto Velasco, Danzad Malditos.

Ya echaba de menos encontrarme con un Meloni en escena (Alessio Meloni ya merece hablar sobre su trabajo, tal cual). Esa fractura en escena y esos bancos enfrentados, iluminados, casi sin que uno lo note, por una iluminación mágica de David Picazo. Y llego al lujo del elenco, asentando con algunos la admiración que siento por ellos, y descubriendo talentos que aún no había tenido la oportunidad de disfrutar: Zaira Montes, frágil y poderosa; perfecta Consuelo Trujillo, natural Eva Rufo, brillante José Bustos, delicado Juan Vinuesa y emotivísimo José Troncoso.

Detenerme en resaltar los detalles y matices de cada uno de ellos, siento que entra en el menoscabo cuando opino que están todos a un nivel de compenetración y calidad actoral tan grande, que solo calificando de perfecta su interpretación, me parece justo.

Sobre Alberto Conejero, y lo que ha logrado con su propio texto y dirección, justifica que el boca-oreja haya logrado el “entradas agotadas” hasta el final de las representaciones. Quizás esta sea la propuesta menos poética de Alberto, y la que visita más lugares comunes de toda su trayectoria, pero es precisamente la forma de hacer llegar este mensaje, y contarnos esta historia de amor, como ejemplo de tantas otras parecidas que han ocurrido o están ocurriendo en todo el mundo, la magia de La Geometría del Trigo. Ya lo comenté justo al salir de la función, que sin saber nada de mi historia personal, ni Alberto ni muchos de vosotros, esta historia la he vivido como mía, y así la sentí, siento y sentiré, a la espera de darle ese final que el personaje de Joan le pudo dar, y que yo, aún hoy, me encuentro a la espera de dárselo. Gracias a todos por dedicaros a algo tan bonito, y por seguir contado historias eternas y emocionantes.

Crítica realizada por Ismael Lomana

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