novedades
 SEARCH   
 
 

11.02.2019 Críticas  
Mise en abyme para dummies

Meses de hype insoportable por ver representado el nuevo texto de Antonio Rojano, surgido de una creación colectiva entre todo el equipo, y estrenada esta Catástrofe en la sala Cuarta Pared, podemos sentirnos orgullosos de tener al David Lynch patrio.

Un desierto, cuatro butacas. Cuatro actores (Irene Ruiz, Mikele Urroz, Ion Iraizoz, Jose Juan Rodríguez) confiesan sus ficciones en la infancia, y sobre su muerte. Un avión, cuatro actores acaban de embarcar para ir a representar una obra. Suena un móvil, la voz al otro lado quiere saber de qué va la obra. La llamada se corta. Y esa respuesta queda en el aire, como el propio avión.

Catástrofe es un experimento, como esos que vemos en las pelis de instituto americanas en las que comienzan a echar líquidos verdes, probetas con líquidos azules, y comienza a salir mucho humo, como aquel que provocó una Catástrofe real, aquella socorrista de piscina que echó ácido clorhídrico con sulfato de sodio (o eso creyó), e hizo una reacción que flipas y empezó a salir un gas amarillo, y vamos que la lió parda. Y eso han hecho este grupito de científicos teatrales, liarla pero bien, en un montaje indescriptible e inenarrable, y más críptico que ciertos capítulos de la season 3 de Twin Peaks.

Cómo lograr conectar El Jardín de las Delicias de El Bosco, con un encuentro fortuito a las puertas de un Cash Converters con un X-Men, mientras un futbolista del Osasuna se somete a un estudio sobre su calvicie, en clínica de Turquía, al tiempo que el lider cósmico de una célula yihadista se marca una coreografía digna del talent show “So You Think You Can Dance”: no es ya hacer encaje de bolillos, sino un entramado de ficciones, conectadas por conductos invisibles, que relacionan la realidad actual, con una realidad paralela en la que otro yo vive esa vida que alguna vez has soñado, o en días de resaca, te has llegado a plantear qué hubiese sido de ti si hubieras dicho eso que te callaste.

Catástrofe son pildoras de realidad (alternativa) que van desde el drama, al terror, la comedia hilarante y la tragedia. Es un tríptico donde el pasado, el presente y un oscuro futuro convergen, y uno puede verse la cara con un amor del pasado, tu miedo más primario, o ese tu de un furuto alternativo, que tuvo la osadía de continuar por el camino que nunca te atreviste. Nada más comenzar el espectáculo se nos avisa que este solo puede ser representado por esos actores, a los que pertenecen las historias que se van a relatar, aunque estos sean unos mentirosos. La ficción dentro de la ficción, gravitando sobre la realidad y el tiempo actual: o como ellos mismos lo definen, “estructuras abismadas que se desbordan”.

Los cuatro actores están espléndidos en sus papeles, y por momentos parece que estamos presenciando una creación de Charlie Kaufman, con ese desdoblamiento al que deben someterse ellos, o sus personajes siendo ellos. que a su vez son ellos mismos en otra realidad. Irene Ruiz, a la que ya pude disfrutar en la excelsa Furiosa Escandinavia, se luce en todas sus facetas: ya sea ella misma confesando su miedo a la muerte, o el brillo en sus ojos al decir que quiere ser madre, o como esa experta en desastres que acude a un programa sensacionalista, y que en apenas 2 minutos, congela el aliento de la sala con el perverso viraje al que es sometida. Mikele Urroz, fascinante eusko psiquiatra, y emotiva abuela entonando “Txoria Txori”: cómo consigue hacer pasar de la sonrisa a la lágrima en un instante es calidad y lujo.

En el sector masculino del elenco Ion Iraizoz, fantástico terrorista accidental, compañero que rompe el montaje, o futbolista en busca de algo que tuvo, y que ha empezado a desaparecer: su retrato de hombre herido en lo sentimental (ay ese beso…) y en lo personal, tanto en estética como verse superado por un andaluz (desternillante esa escalada y ese choque Norte-Sur): ¿por qué no te he visto más veces, Ion? Debo estar pendiente. Jose Juan Rodríguez, aka Jota, una vez más es magnífico verle en escena. Es un todoterreno actoral que haga lo que haga, lo saca con nota, y una naturalidad, que ya quisiera yo en mis clases de interpretación.

Íñigo Rodríguez-Claro pone en escena el texto de Antonio Rojano, creado entre los seis (“(…) mundos imaginarios de cuatro cerebros desorbitados, ordenados y contados por dos cerebros desorbitados.”). Se nota la buena química entre todos ellos, signo del intenso trabajo desde el laboratorio de investigación al que todo dio origen, hasta estas funciones en la sala Cuarta Pared, y lo bien que defienden esta gamberrada escénica, tan difícil de acometer si uno no reconociese esas historias como propias, es gran parte del éxito de Catástrofe. Yo no tengo muy claro si la recomendaría a todo el mundo: quizás no, a riesgo de provocar que esa persona te bloquee por el Whatsapp y emprensa una campaña de desprestigio sobre tus gustos teatrales, por Twitter. Catástrofe no es para todos los públicos, o al menos no para ese público que disfruta las obras que cierto crítico puntúa los viernes, cierto suplemento de un periódico de gran tirada, con, al menos, cuatro estrellas. Rojano es el Dabid Muñoz de la escena actual, y la sala Cuarta Pared es el DiverXo.

Crítica realizada por Ismael Lomana

Volver


CONCURSO

  • COMENTARIOS RECIENTES