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30.01.2019 Críticas  
King Desire

El Mercat de les Flors nos ha regalado una ocasión única para disfrutar del trabajo de Marlene Monteiro Freitas con la programación de Bacants – Preludi per a una purga. Un espectáculo extraordinario en el que ocho bailarines y cinco músicos interactúan y cooperan conjuntamente en lo que se convierte en algo parecido a un espasmo culminante y catártico.

Tomando como base Las bacantes de Eurípides, se consigue adaptar la tragedia a un contexto posmoderno y captar, principalmente a través de los cuerpos y el sonido, la perplejidad del ser humano contemporáneo. El impacto simbólico de lo que contemplamos dentro y fuera de escena es difícil de explicar. No de sentir, experimentar, disfrutar y celebrar. Los intérpretes nos sitúan desde el primer momento en un espacio intrínseco donde la libertad sensible explosiona de un modo que supera nuestra capacidad (incluso necesidad) de explicarnos con palabras. Lo que no somos capaces de expresar verbalmente no solo existe sino que nos acerca a nuestra identidad más auténtica.

Esto no sería viable sin una puesta en escena capaz de captar y convertirse en recipiente de este espacio imposible de limitar mediante una frontera física. Un lugar donde existe esta liberación pero que al mismo tiempo debe simbolizar la incapacidad y encadenamiento perenne a la necesidad de trascender nuestro afán insaciable del deseo más apasionado y desaforado. Un espacio que podría recordarnos al de una interfaz en la que los distintos lenguajes tienen cabida. Un lugar blanco en cuyo pavimento podemos discernir dos enormes fragmentos amarillos de línea discontinua. Atriles que también podrían ser los pies donde se aguantan los botellones de suero fisiológico. Ausencia de partitura que altera el uso de los objetos al mismo ritmo que el estado trastornado de los cuerpos y las almas. El uso de la pantalla y la proyección de un parto en un momento muy determinado consigue plasmar esta necesidad de la purga. Dar vida como sinónimo de expiar todo lo turbio y corrompido que hay en nuestro interior. Intérpretes que son también espectadores.

Rostros y máscaras. Esconderse y mostrarse a través de un uso maravilloso del maquillaje y la caracterización. También de la secreción. Nombres propios que debemos mencionar y que nos mantienen en un estado en el que la hipnosis y la capacidad psicosomática de los convocados se mantiene y se despierta hasta conseguir una convivencia radical y total. Rítmicamente, el trabajo de Monteiro Freitas, Andreas Mark, Betty Tchomanga, Cookie, Claudio Silva, Flora Détraz, Gonçalo Marques, Guillaume Gardey de Soos, Johannes Krieger, Lander Patrick, Miguel Filipe, Tomás Mortal y Yaw Tembe es excepcional. De la fusión de bailarines y músicos se engrandece el resultado final de la propuesta. Lo mismo sucede con la interpretación musical. Instrumentos normativos y otros improvisados. Cacofonía y somatismo. En los cuerpos y en los sonidos. El trabajo y coordinación de los trece es apabullante y entusiástico. Su interpelación hacia el público a través de la coreografía y su riquísima y explosiva gestualidad expresiva, excepcionales. Y la catarsis llega a través de la que probablemente sea la más salvaje interpretación (íntegra) del Bolero de Ravel. Impresionante.

Precisamente, entre la arbitrariedad aparente del delirio y la locura, discernimos esta re-interpretación del pulso entre dominio y liberación que que ya perfiló Eurípides, también ante la captura y aprisionamiento de la idea de divinidad. Una coreografía ejecutada con un talento incontrolable para el constante transformismo por parte de todos los intérpretes. Tanto a nivel individual como colectivo consiguen generar y mantener un lenguaje interno para una pieza en el que será imposible establecer una verdad definitiva. No es habitual conseguir un espacio sonoro y lumínico tan alocado y a la vez acorde a los requerimientos e identidad de la pieza. El volumen alterado (magnífica localización de los micrófonos) y el fantástico uso de la luz estroboscópica consiguen plasmar el ritmo del latido de cada momento (brutal el momento en el que oiremos el palpitar de uno de los bailarines). De eso se trata. De escuchar el latir, el palpitar y el vivir de todas estas pulsiones. Y gracias a estos virtuosos, lo escuchamos de principio a fin. Un fin que no llega, ya que permanecemos en estas bacantes, probablemente, para siempre.

Finalmente, y como sucede cuando nos encontramos ante una obra maestra, salimos cambiados al salir de la sala. Un proceso de reflexión tan insólito como aprehensivo nos invade durante y después de Bacants – Preludi para una purga. Una exploración/expiación de la angustia e incertidumbre connatural al individuo que creemos ser también a través de nuestra animalidad. Impulsos y pasiones. Ironía y congoja. Sin duda, Marlene Monteiro Freitas y el espectacular elenco han sabido captar y plasmar nuestra necesidad de expirar (una y otra vez) a través de la manifestación de nuestras pasiones más recónditas. Un momento escénico único y excepcional imprescindible para nuestra salud mental.

Crítica realizada por Fernando Solla

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