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28.01.2019 Críticas  
Sofá para dos

¿Y si la película romántica comenzara en ese beso que siempre el cine suele colocar al final? Todos los jueves, hasta el 21 de marzo, la sala Lola Membrives del Teatro Lara acoge Entreactos, la historia de amor de Julia y Elena: un espejo universal en el que se refleja la cotidianidad, frustración y contradicciones de la madurez.

El sofá de una casa preside la escena. Él es el testigo mudo de la intimidad de una pareja a lo largo de 10 años. Y todo comienza prácticamente en ese beso que da inicio a la relación entre ambas y que se produce justo ahí, junto a ese sofá. En el libreto de María Inés González y Miguel Ángel Cárcano no es casualidad que la pareja sean dos mujeres que acaban de cumplir los treinta. La propuesta es plasmar ese viaje hasta la cuarentena lleno de choques entre expectativa y realidad. Los personajes de González y Cárcano inician un camino, no solo como pareja sino como compañeras, en esa etapa en la que ya se es totalmente independiente pero, por regla general, no se han alcanzado muchos objetivos vitales (laborales, económicos, familiares…) y además se sufren las presiones típicas de pensamientos auto flageladores del tipo “esto no es lo que debería haber conseguido ya”.

Una sucesión de cortas escenas permiten avanzar lentamente en la evolución de la relación: la química, los juegos, la confianza, las pequeñas luchas de poder, los celos, el distanciamiento… Cierto que al diálogo de Entreactos puede faltarle peso al parecer sobrevolar la situación sin profundizar (o más bien sin explorar las múltiples posibilidades que se adivinan al planteamiento), pero también es cierto que la obra compone una clara invitación a la reflexión. Un principio de algo que quizás poder redondear en nuevos libretos.

Entreactos es una verdad de ritmo pausado que, si bien pierde dinamismo sobre todo por su cadencia y por el excesivo tiempo transcurrido entre cuadro y cuadro, también destila naturalidad gracias a la interpretación de sus dos protagonistas. En este sentido, Noelia Castaño se lleva al público desde el primer instante. Silvia Campos logra ese momento de empatía al plasmar el desencanto de una madre primeriza sobrepasada por las cárceles, inevitables, de la maternidad. Ambas muestran las caras de todas las exigencias a las que una mujer se somete a sí misma en el comienzo de su etapa de plenitud.

Y todo termina donde empezó: en ese mismo sofá del que a ambas ya les cuesta desprenderse porque simboliza una etapa que ya tienen que dejar atrás. Curioso como a veces hasta los objetos pueden doler cuando los cargamos de significado.

Crítica realizada por Raquel Loredo

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