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23.01.2019 Críticas  
Una sufrida y desgarradora Madama Butterfly

El Gran Teatre del Liceu programa esta temporada el gran éxito de Puccini, Madama Butterfly. A pesar de que hoy es una de las óperas más valoradas del compositor, en su estreno en La Scala de Milan en 1904, el fracaso fue estrepitoso.

Los comentarios y burlas fueron tan punzantes que el mismo Puccini retiró la partitura y la revisó por completo varias veces tras multitud de estrenos. La que podemos disfrutar en el Liceu es la que se conoce como la versión definitiva fechada en 1907.

Puccini no quería volver a fracasar con esta ópera y la revisó una primera vez para unas funciones que realizaba en Bresnia en 1094, tras ello, la volvió a revisar antes de su estreno en el Metropolitan de Nueva York en 1906 y, la volvió a revisar en 1907, para fecharla como la versión definitiva para su estreno en París.

Es en el mismo 1907 que la ópera realiza unas funciones en el Teatre Bosc de Gràcia en Barcelona. En ese mismo año, la ópera viajó al Teatro Real de Madrid. Y años más tarde, 1909, el Gran Teatre del Liceu la recupera y la estrena en la ciudad condal; compartiendo cartel con Tristan und Isolde en plena efervescencia wagneriana. Las crítica fueron aceptables llegando a indicar que «la historia ya se encargaría de juzgarla»; comparando la partitura con la ópera Tosca.

En sí, a tiempo presente, disfrutar de Madama Butterfly en el Gran Teatre del Liceu es un lujo. Y, reitero, lujo, porque encontrar una butaca libre para disfrutar de tal espectáculo es prácticamente imposible. Según Puccini esta es su ópera más romántica y emotiva; pero a la vez, la más sufrida y desgarradora.

Aprovechando el gran interés de Occidente de la época (segunda mitad del siglo XIX) por el mundo asiático y, en concreto, por el misterioso y exótico Japón, Puccini plantea una historia de amor que nos destroza.

En 1904, B. F. Pinkerton, un oficial de la Armada estadounidense a bordo del USS Abraham Lincoln, toma una casa sobre una colina en Nagasaki, Japón, para sí y su prometida, la quinceañera Cio-Cio-San, apodada Butterfly. Por intermedio del casamentero Goro, el marino ha arreglado su matrimonio con la muchacha. Ella ve ese vínculo como un compromiso de por vida, pero para Pinkerton sólo se trata de una aventura fuera de su país. Como las leyes de divorcio japonesas son muy laxas, su secreta intención es divorciarse de la joven nipona una vez que encuentre la esposa estadounidense adecuada. Ella, por su parte, tiene una visión diferente a la suya.

El Gran Teatre del Liceu de Barcelona ha sido muy inteligente en programar una ópera que en su última visita, hace 5 años, agotó entradas en el mismo teatro. Una apuesta segura que hace que veamos como «normal» no poder conseguir entradas. Por otro lado, uno de los grandes reclamos de esta ópera son sus interpretes estrella: Lianna Haroutounian y Jorge de León.

La primera, una experta en el papel protagonista (Cio-Cio-San) presenta un personaje de gran valía dramática. Destacando los momentos de ensoñación y juventud en los inicios y la transición al drama a partir del segundo tercio, al ver el motivo de la vuelta del oficial. Víctima de un comportamiento machista y egoísta e incapaz de enfrentarse a quien la ha traicionado y causado gran dolor, Haroutounian nos enamora con una registro deslumbrante, un control exhaustivo y una proyección vocal sin igual. ¡Brava!

Por su parte, Jorge de León interpreta el papel del oficial de la Armada estadounidense B. F. Pinkerton. Un hombre altivo, machista y egoísta, cuyo matrimonio con Cio-Cio-San es puro divertimento. Su paso por la ópera es corto, dado que gran parte de la historia se focaliza en lo vivido por parte de la geisha. Su talante y seguridad le dan una gran presencia en escena, aunque el personaje no lo deje brillar demasiado. Esa carencia hace que en el primer dúo célebre, «Dovunque al mondo», su interpretación sea algo excesiva.

Junto a los personajes principales, hemos de descartar a Damián del Castillo, cónsul Sharpless. Gran ejecución vocal pero parco en proyección. En algunos momentos era imposible oírle. Su interpretación como cónsul es magnífica y pulcra.

Por otro lado, el gran acierto de la ópera es gracias a la dirección de Giampaolo Bisanti, quien ha sabido llevar el sentido trágico de la historia y elevar la emoción remanente en el texto hasta hacerla explotar en un magnífico final dramático de la ópera. Algo que ayuda a una escenografía diáfana y pobre que solo varia (por momentos) en los estores de la habitación; dejando un escenario vacío que hace más difícil transmitir la emoción. Suerte de la fantástica iluminación de Christophe Forey que ayuda a atenuar estas carencias.

Madama Butterfly es una de esas ópera de apuesta segura. De las que sabes que vas a disfrutar y no te va a decepcionar; para muestra el cartel de entradas totalmente agotadas. Hace una semana que puede disfrutarla y no puedo dejar de recordar arias tan duras como «Che tua madre dovrá» o la poderosa y esperanzadora «Un bel dì, vedremo».

Crítica realizada por Norman Marsà

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