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23.01.2019 Críticas  
Esperando a Godot… con asesinos

La Compañía El Montacargas lleva al madrileño espacio off del mismo nombre la obra El Montaplatos, de Harold Pinter. Dos sicarios, en una asfixiante habitación prácticamente vacía, dan vueltas al absurdo mientras un montaplatos es su única conexión con el exterior ¿Crítica social? ¿reflexión existencialista? Un Esperando a Godot con cierre en interrogante.

Los actores Manuel Fernández Nieves y Nacho Marraco dan vida a dos personajes sumergidos en un bucle sin salida. Están en algo parecido a un sótano, mientras uno lee el periódico desde una pose relajada el otro se muestra inquieto. Las conversaciones banales y vacías se suceden sin control mientras el espectador se pregunta quiénes son y qué hacen ahí. La búsqueda de porqués no obtiene respuesta al completo. Solo se sabe que esperan recibir órdenes para efectuar un nuevo asesinato. Ese es para ellos otro de tantos encargos que aceptan siempre sin cuestionar nada.

Siendo una de las primeras obras del dramaturgo británico Pinter (fechada a mediados del siglo XX) El montaplatos, cuyo título original es The dumb waiter, es un texto complejo que al no requerir grandes escenografías puede ser representado en principio en cualquier lugar. Pero ojo, porque la aparente facilidad de la puesta en escena mínima requerida junto a un diálogo, que parece surgir sin pensar e ir a ninguna parte, conforman un arma de doble filo. Tanto la construcción de personajes como el sin sentido planificado de Pinter puede llevar a lo más alto o al fango de la incomprensión total del trasfondo de la obra. El desarrollo de Pinter esconde mucho más de lo que se aprecia en superficie. Cierto es que la versión que se puede ver ahora en la sala El Montacargas se enreda en las enormes dificultades de dar ritmo, luz y sobre todo cierre a toda una construcción que es a la vez comedia y drama, a la vez ácida crítica y espejo deformante.

La naturalidad del actor Nacho Marraco juega un papel favorable a en este montaje sencillo y sin pretensiones cuya dirección (y traducción del original) firma Eduardo Fuentes. Cierto es, eso sí, que no se consigue la profundidad y la redondez (si a veces cierto grado de tensión) que la obra precisa pero es que el reto es sumamente complicado. La riqueza de El Montaplatos reside en la ambigüedad extrema de un mensaje que se presta a numerosas interpretaciones ¿Acaso esos dos matones de poca monta, ciegos al exterior dentro de un agujero, no pueden representar al ser humano que se mueve por inercia acatando órdenes de absurdos poderes invisibles? El montaplatos situado al fondo de la escena no para de mandar a los sicarios comandas cada vez más rocambolescas. En él los asesinos colocan cosas sin ton ni son que desaparecen en cada viaje hacia arriba o son devueltas junto a una nueva petición insólita. Cada comunicación provoca un abanico de emociones entre los dos hombres que hacen lo que hacen solo por dinero.

El hecho de que nada tenga sentido y de que la función se doble sobre sí misma volviendo al inicio ¿no puede contener acaso una feroz crítica hacia la sinrazón de la vida y del bucle en el que vive el hombre? La metáfora del sistema social en el que vivimos está ahí, bajo un punto de vista ácido que a la vez juega con dejar en shock, desde el comienzo, e ir acrecentando la sensación de desconcierto. La dinámica del autor es sacudir al público y dejarlo solo ante sus propias reflexiones.

Crítica realizada por Raquel Loredo

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