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18.01.2019 Críticas  
Max Estrella, el primer trapero

Nuevo estreno en Nave 73, por tiempo limitado (y queda poco), Valle InTrap, actualización de ‘Luces de Bohemia’ de Valle- Inclán, traido a los bajos fondos del Madrid actual.

Max Estrella (Mario Alonso) se ha quedado sin pasta y la casa en su corrala madrileña se le cae encima, asi que diciendo adios a su mujer Madame Collet (Susana Álvarez) y a su hija Claudinita (Katia Braun), se pierde en la noche y se quema en la playa de las luces estroboscópicas de los antros de la capital, junto a su amigo Latino de Hispalis (Mateu Bosch).

El Madrid del 2019, poco ha cambiado desde el de los años 20, marco del original, en esta adaptación de Kees Harmsen. La suciedad, lo turbio y lo sórdido es una constante de la ciudad, que en esta actualización gamberra los Pan Y Vino Producciones han querido demostrar que tristemente, en la actualidad tampoco un artista puede llegar a vivir de  su don, sin pasar penurias o ser castigado por la autoridad ante pequeñas insurrecciones.

El valor de Valle InTrap es enorme, y hay que reconocerle el mérito a Kees Harmsen para adaptar este “intocable” del teatro español, en un reboot a ritmo de trap y rap. El éxito en esta empresa es difícil, tanto por cierto exceso confianza en el resultado final, como por las carencias que le detecto: son muy buenas (e interesantes) intenciones, pero mal ejecutadas, o al menos, falta de rodaje.

Sospecho, y si no, sirva esto como recomendación, que este proyecto ha surgido, o ha salido de la calle, como todas esas rutas que se realizan por la capital siguiendo los pasos de Max Estrella, aquí convertido en un “party monster” con un maravilloso look e interpretacion de Mario Alonso. Compro todo: su abrigo de piel, su pecho al aire, sus gafas de ciego, y su transporte en un carro de supermercado con patas de dinosaurio; hecho en falta su protagonismo total, donde es Mateu Bosch, dándole la réplica, el que toma el testigo y roba todo el show. El resto del elenco queda diluido en la resaca de GHB y la neblina del vapeador de Latino.

Las transiciones en escena tienen unos tensos silencios, que restan fluidez a la propuesta, y hacen temer por (eternos) segundos, que algo pasa, o alguien ha perdido el pie de su parlamento. Es en estos “cortes” donde parece que sale a la luz que este Valle InTrap, en formato ruta teatralizada, es o puede llegar a ser una propuesta muy interesante, y de gran éxito, para acercar las últimas horas de Max Estrella al público joven, reforzando, eso si, el trap del título, pues solo los trapeos de Mario Alonso, potenciados por su actitud e imagen, funcionan en escena, y justifican esa elección.

Hecho en falta potencia, en general, a las escenas, o a la entrega de los “secundarios”; todos tenemos un mal día, y hay una epidemia de gripe asolando las calles de Madrid, y recluyendo a sus ciudadanos en casa, pero aquellos kamikazes que decidimos salir a comernos la noche, como Max, decididos a poder decir al día siguiente “no me acuerdo, no me acuerdo (palmada), y si no me acuerdo, no pasó”, qué mejor que empezar con una función que nos despierte el gusanillo de disfrutar de la noche, a la vez que criticamos la situación actual, y lo precario de nuestra existencia, y clamando al cielo “a ver si me muero”, entre cerveza y cerveza; y en esto es en lo principal que falla Valle Intrap. Un refuerzo en llevar aún más allá y caer en el exceso es el empujón final que le falta para pasar de crear estupor y desorientación a ser el pistoletazo de salida para salir deseando que quizás esa sea nuestra última noche, pero ¡jo, qué noche!

Crítica realizada por Ismael Lomana

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